“La casa encendida”: recomendación anecdográfica

(La serena y oficial se encuentra aquí)

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Mi reducida experiencia me sugiere que, salvo casos excepcionales más comunes de lo que parecen, el descubrimiento de la poesía como arte, vocación o cosa seria en todo caso empezaba con la lectura escolar de Bécquer y algunos poetas del 27 (pongamos que Salinas o el Lorca y el Alberti neopopularistas), y quienes no se quedaban allí daban su siguiente paso con Neruda, sobre todo sus Veinte poemas. Mi caso, en ese sentido, de excepcional tiene muy poco. Fue el paso siguiente el que fue más personal, para mí medio epifánico.

Aunque con un preludio gris: mis primeros manuales escolares de Literatura, que eran poquita cosa, destinaba a cada apartado de la historia literaria española un par de lecturas, una breve exposición general y un aún más breve listado de autores y títulos representativos. El tema de poesía española contemporánea, o sea posterior a la Guerra Civil, se despachaba en una página, gran crueldad teniendo en cuenta lo superpoblada que está  siempre la cima del Parnaso terrestre hasta que la guadaña y el reloj hacen su pequeña aportación a las antologías. Pugnando por aprenderme la listita de marras, con grave riesgo de desinteresarme de la poesía para el resto de mi vida, se me atrancaba un “Luis Rosales: La casa encendida” hasta que mi madre me reconvino: “De este te tienes que acordar, que es de Granada”.
El argumento chiquipatrio funcionó, hasta para despertarme cierta curiosidad por el poeta en cuestión. De momento me satisfice con alguna anécdota familiar que no viene al caso, y alguna vaga noticia sobre la implicación de Rosales en las circunstancias del asesinato de Federico García Lorca.
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Lectura apasionante

La misma curiosidad me llevó a detenerme años más tarde en las páginas de una plomiza antología, al reclamo de idénticos nombre y título: “Luis Rosales, La casa encendida“, y allí empecé a leer: Porque todo es igual y tú lo sabes…

De estos fragmentos pasé a buscar el libro entero. Interrumpía largos ratos de estudio en la biblioteca de la Facultad por quedarme clavado en un rincón leyendo y releyendo La casa encendida, completa o a trozos, y de paso también algunas de sus Rimas. La admiración rítmica y de vocabulario o la sintonía existencial que me habían despertado aquellos primeros fragmentos eran, avanzada la lectura, de emoción hasta la lágrima.
Me dejé regalar una edición de La casa encendida impresa en tinta roja, detalle que a alguno de mis maestros le parecía hortera (la palabra española que más se acerca al significado de huachafo), aunque en este caso concreto a mí no me desagradó que la imprenta reforzara la sugerencia del título.
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Como de otros escritores, me convertí en incansable propagandista conversacional de Rosales y hasta le gané algunos lectores, en España y luego en Perú. Aquí en Piura, el lugar menos propicio, hasta le dediqué por su centenario una conferencia en el Club Grau, en la que pude sustituir el “buenas noches a todos” de apertura por un saludo individual a todos los asistentes, uno por uno.
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La otra anécdota: Un sincero ¡oh! femenino se oyó en toda la sala, y un l.apicero se puso a copiar velozmente.

Ahora añado al pago de mi deuda con el poeta de Granada esta recomendación escrita de La casa encendida. Y eso que a los pocos años vendrían a competir por mi interés poetas más actuales, neoclásicos, figurativos, tranquilos, de la experiencia o como se les llamara, pero esa es otra historia. De la obra de Rosales conservo la querencia particular por La casa encendida (cantos I y IV sobre todo), y por bastantes poemas del resto de su obra (a veces con títulos que son casi micropoemas: “Sigue siendo actual como una profecía”, “De cómo y por qué causas cuando un amigo se enamora nos parece un columpio descompuesto”…) que de vez en cuando me vuelven a acoger hospitalarios.
Guardo además de aquellos mismos años encendidos de poesía (en los que también descubrí los Hijos de la ira de Dámaso Alonso, La lentitud de los bueyes de Llamazares o los primeros libros de José Manuel Gutiérrez) la arraigada preferencia por la música del verso largo. En un homenaje que dedicamos hace poco al poeta Marco Antonio Corcuera, se dio la casualidad de que yo preferí siempre recitar los poemas en versículos o endecasílabos, mientras que mi compañero de recital se había decantado por los de arte menor. “¡Eso solo sirve para hacer folklore!”, le gruñí.
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