Forty power

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El mundo es de los cuarentones, me vino a decir en tiempos remotos el amigo, condiscípulo, periodista y escritor Saúl Fernández. Sería cuando en la TV nos rociaban con recuerdos de los años 60 (a la década siguiente empezó la serie Cuéntame que hoy va por los 80), reponían películas de Tony Leblanc, de Paco Martínez Soria y de Marisol preadolescente. Se escuchaban reversiones de éxitos musicales de la España del “seiscientos“, desde Nino Bravo hasta el Julio Iglesias que todavía no se había marchado con sus gemíos a Miami.

Hago un esfuerzo para recordar mis años preuniversitarios, y caigo en que la TV(E) también entonces había esparcido imágenes del recuerdo. Anteriores, claro: las de una España en blanco y negro, más blanco o más negro según el punto de vista: el NODO, Antonio Machín, “La noche del cine español”…
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Será por eso que ahora lo que nos inunda es el revival de los 80: TCM, canal donde yo acudía en busca de clásicos, emite películas que vi estrenar en cine: linda manera de llamarme viejo (o, mejor, clásico). Reviven el estilo de los Goonies o de las novelas de Stephen King en Stranger Things, y se resisten no solo a desaparecer sino a cambiar Stallone e Indiana Jones; se conmemoran los aniversarios de Regreso al futuro, Cazafantasmas y las Tortugas Ninja; se reciclan incluso Heidi y los videojuegos de arcade…
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Sucede, en conclusión, que al llegar al mezzo del camin entra la nostalgia, y usa todos los medios del presente para recuperar lo que se pueda del pasado, incluso aquello que nos avergonzaba una década después pero, pasadas dos, resulta singularmente lleno de encanto. De paso, algunos maldecirán seguro los tiempos que corren.
Se podría decir que es ley de vida, pero una ley que se está volviendo cada vez más rigurosa. Nuestro padres, no digamos ya nuestros abuelos, no tenían los medios que nosotros para amueblar a su gusto los palacios del recuerdo. Los segundos contaban solo con mostrarnos sus libros; mi abuela nos cantaba alguna coplilla popular que otra. Los papás tenían sus cassettes, y podían acechar la escasa programación televisiva, a veces husmear en videoclubes, a la caza de películas que ellos vieron para compartirlas ahora con nostros. De sus series en la incipiente televisión pocos se acuerdan: producían poco merchandising.
Por nuestra parte, nosotros tenemos muchas más películas, muchos más programas televisivos y muchos más juguetes que almacenar, con lo cual hemos multiplicado las mitomanías. Nadie se emocionó con Tarzán lo que cualquiera de sus hijos se haya emocionado (y el verbo “emocionar” resulta aséptico) con Star Wars. Disponemos además de tal arsenal de recursos, el principal internet, que de proponérmelo -o de permitírmelo mi santa esposa-, yo podría tener a mis hijas a casi exclusiva dieta de películas del Hollywood dorado (lo que nos metieron nuestros propios cuarentones) y de las emblemáticas producciones de Spielberg antes de que le diera por rodar La lista de Schindler. Y ellas, a mis nietos, los podrán sepultar a su vez bajo tres generaciones de archivos multimedia.
No sé si esto será bueno o será malo. En todo caso, yo espero mi turno para el televisor, y si quieren acompañarme, bienvenidas.
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“Primera sesión”

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2 pensamientos en “Forty power

  1. Quizá volvemos a lo que nos pareció emocionante de pequeños porque cuando crecemos perdemos esa capacidad de emocionarnos o quizá simplemente es que lo nuevo no es tan bueno o no es tan original.
    También es cierto que no todo era tan bueno, he visto películas ochenteras que con mis ojos de adolescente eran maravillosas y al verlas con mis cuarenta y tantos no lo fueron tanto (con “Starfighter” me pasó no hace mucho).
    Igual es una combinación de ambas cosas, la emoción desbordada de la infancia y la baja calidad de mucho de lo que se hace ahora.

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    • Donde los 80 salen perdiendo de manera más evidente es en las series de TV, y no tanto por culpa suya como porque ahí la calidad de la producción (y las cantidades que se invierten en ella) han aumentado exponencialmente en el siglo XXI.

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