Sobre España y sus héroes

“No conozco ningún héroe español”, me declaró cierto alumno con un tono que invitaba a contestarle que no importa, que fuera del Perú tampoco conoce nadie a Miguel Grau. Pero es mejor morderse la lengua y reconocer que, efectivamente, en relación con la dimensión cultural y política de España a lo largo de su historia, sus héroes son más bien poco conocidos. Hasta para la misma España.

Afirmaba en el artículo del otro día que la literatura española no creó la novela de aventuras porque le faltó sincronizar el siglo de la novela con el de la expansión colonial. Leyendo Poder y gloria. Los héroes de la España imperial de Henry Kamen (Madrid, Espasa, 2010), doy con otra posible razón: España no es un país que se haya dedicado históricamente a glorificar héroes

En España (…) no ha existido jamás una ética del patriotismo y, normalmente, al héroe se le ha negado un papel reconocible. En realidad, algunas de las figuras históricas que aparecen en este libro han sufrido el persistente vilipendio de muchos ciudadanos del país al que prestaron sus servicios, porque muy a menudo los españoles han preferido depositar su confianza en figuras míticas a hacerlo en las reales. Con la misma frecuencia y sobre todo en el siglo XX, los ciudadanos han confiado en general más en las ficciones ideológicas (por ejemplo, en figuras como El Cid) o en la literatura antiheroica (es el caso del ficticio Don Quijote o del género picaresco) (p. 11).

Quizá provenga, de rebote, de aquella carencia de nacionalismo que les metía en la cabeza que “nadie es más que nadie”.

En su libro, Henry Kamen se dedica a desmitificar elementos de la historia imperial de España, de cierta resurrección popular a partir del éxito de El capitán Alatriste. En algunos casos, no ofrece muchas sorpresas al lector de cierta cultura general (cuyo meridiano de referencia, por supuesto, establezco en la mía propia): por ejemplo, que los ejércitos de Cortés y Pizarro estuvieran integrados por miles de indios y solo unos pocos centenares de soldados españoles no profesionales, mientras que los grandes ejércitos que paseaban sus banderas por Europa también eran españoles solo en su menor parte, y en la mayor alemanes e italianos, mercenarios todos ellos. Es llamativo que el ejército “español”, como el propio imperio de los Austrias, fuese multinacional; más aún que cuando dejó de serlo, o sea desde el siglo XVIII, España perdiera tanto interés como capacidad por meterse en los asuntos de otros territorios. El “imperio” era ya muy poco imperialista.*

Sí me ha sorprendido más que Kamen le quite importancia a la revolución militar tradicionalmente atribuida al Gran Capitán, es decir, a la introducción de la infantería equipada con arma de fuego. Decepciona un poco: ¡para un español que citaban las historias militares británicas! En su libro, el historiador atribuye la gran fama obtenida por el ilustre andaluz más bien a la exaltación que hicieron de su persona los italianos, con Maquiavelo a la cabeza.

Yo ni quito ni pongo rey, que me faltan saberes para eso. Estos historiadores que se meten a desmitificadores siempre son necesarios, aunque hay que admitir que a veces se dejan llevar por el frenesí demoledor y profundizan poco o meten la pata. Kamen, por ejemplo, suele argüir como prueba contundente de la poca estima de España por sus héroes el escaso número de retratos que hay de ellos. Pero, ¿y si ocurriera que, sencillamente, no había una tradición artística del retrato en España? Tengo por aquí la referencia a una carta de Fernando el Católico a su hermana “excusándose por no corresponder a los retratos que esta le había enviado, pues –aseguraba el rey- no había en la corte pintor capaz de realizarlos”**.

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En vista de lo cual, tan de fiar puede que sea una imagen como otra del propio rey… tanto monta.

Sobre Cortés, por desmentir el rumor no comprobado de que fue universitario en Salamanca, da por bueno el dato de un tal Pagden de que el conquistador “no era un hombre culto y apenas hay indicios de que supiera leer con fluidez” (p. 44). Lo cual tendrá que desaprobar quienquiera que haya tenido ocasión de disfrutar sus elegantes Cartas de relación… o simplemente de leer páginas adelante al propio Kamen, quien con extraña memoria de pez se refiere a dichas cartas como bien escritas y hasta “brillantes” (59). También reprocha a Cervantes que no mencione “explícitamente” a D. Juan de Austria en el Quijote (159), como si tuviera alguna obligación de hacerlo en una obra de ficción, además tan antiheroica, o como si se pudiera detectar algún desdoro –o alguna ambigüedad- en la expresión “el hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria”. Esta no se encuentra en el Quijote, por cierto, sino en las Novelas ejemplares, pero en su obra maestra Cervantes sí se acuerda de uno de los artífices de la victoria de Lepanto, don Álvaro de Bazán (I,39)***. A ver qué más quiere.

Supongo que lo que sucede es que la época en que España más se dedicó a glorificar a sus héroes fue el siglo XIX, es decir, cuando llegaron las ideas de nación y nacionalismo a toda Europa (con éxito desigual, como tenemos dicho). Una época en que España era ya una potencia de segundo orden y sus hazañas bélicas eran visiblemente más modestas. Cuando, en vez demandar mercenarios de todo el mundo a medirse con las mayores naciones de Europa, castigaba con tropas nativas reclutadas a la fuerza (la nación en armas, ese gran invento de la modernidad) a las anárquicas tribus al pie del Rif o de los Pirineos. Gestas mezquinas que parieron más estatuas de generales que todos los siglos anteriores, supongo que con la suerte  –también ahora- de que pocos las recuerdan.

Fuente: http://jonkepa.wordpress.com/2010/01/03/la-batalla-de-castillejos-1-de-enero-de-1860/

Batalla de los Castillejos: Prim lucha por un puesto en el callejero de Madrid

*En cierta celebración patriótica escolar (encima), no hace mucho tiempo, tuve que escuchar una voz cretina que por megafonía afirmaba que el ejército español, vencido por los patriotas en Ayacucho, era “el mejor del mundo”. Supongo que por no decir de la galaxia. Lo peor es que no solo lo debí de escuchar yo, sino también decenas de estudiantes que mientras nos entretenían con sus desfiles paramilitares. Y que se lo creerían.

** Falomir Faus, Miguel, “De la cámara a la galería. Usos y funciones del retrato en la Corte de Felipe II”, en D. Maria De Portugal, Princesa de Parma (1565-1577) e o seu tempo. El resto de la referencia está fuera de la fotocopia, pero seguro que anda por Google.

*** Llama al marqués de Santa Cruz “rayo de la guerra” -Cervantes era poco variado en sus elogios-, “padre de los soldados”, “venturoso y jamás vencido capitán”. Por su parte, Henry Kamen no le dedica capítulo, ni apenas mención, dentro de su libro. Dios sabrá por qué.

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Un pensamiento en “Sobre España y sus héroes

  1. Con esto de los desmitificadores, más que vocacionales, profesionales, me has recordado a Fernando García de Cortázar. Su libro de 2003 “Los mitos en la historia de España” tiene un ingenioso punto de vista sobre la escasa categoría mítica que los españoles dieron a sus reyes, que paradójicamente habría permitido la supervivencia de la monarquía española. Sin embargo, en su afán justificado por debelar los mitos de los nacionalismos regionales (últimos refugios, según él, del pensamiento mítico en España), llega a tribuir al franquismo y al separatismo vasco la mitificación histórica del general carlista Zumalacárregui, la cual deja en un lugar más bien equívoco a autores españoles liberales como Pérez Galdós o Benjamín Jarnés, que ya a finales del XIX y principios del XX se dejaron cautivar por el mito del caudillo legitimista.
    Por otra parte, no parece reparar en los mitos vigentes durante la España democrática, como la Suárez o la Transición. si se hubiera publicado una década más tarde, podría haber incluido también el resurgimiento o re-creación izquierdista de su memoria histórica. En cambio, muyy en la línea de la época de Aznar, reivindica bastante la Restauración.
    Todo esto, dejando aparte Libro cuyo principal lastre es el estilo, rimbombante, a veces cursi y a veces expresivo pero en todo caso inapropiado para un ensayo histórico, por muy ensayo que sea. Lo campanudo de su prosa debí sospecharlo cuando supe que Zapatero le había plagiado a Cortázar lo de “La libertad os hará verdaderos”.

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