El patriota inculto

ZUBIAURRE-R.-Shanti-Andia

Por culpa de la recomendación que hice del Shanti Andía, quiero recordar aquí un fragmento de la novela de los muchos que se me quedaron clavados desde pronto:

Soy también patriota a mi modo, sin sentido tradicional alguno. No conozco la historia de España, y realmente no me preocupa gran cosa. Si me preguntaran quién fue Wamba o Atanagildo, me vería en un gran aprieto; pero, a pesar de no conocer nada o casi nada la historia de mi país, cuando después de un largo viaje he visto desde lejos la costa de España, he sentido siempre una gran impresión.

El recuerdo de la patria, y sobre todo de Lúzaro, de este rincón de la costa vasca donde he nacido y donde vivo, ha estado siempre presente en mi espíritu. No lo considero como un mérito; no tengo esa tendencia exclusivista de las gentes de mi pueblo. La tierra para el labrador, el mar para el marino. Discutir si esto es mejor que aquello, me parece una tontería.

La cita se trataría de otra muestra del escaso arraigo del nacionalismo español incluso en la que en teoría fue su primera generación nacionalista, la del 98. Tiene la abierta honestidad de reducir el patriotismo a lo puramente sentimental, sin más complejidad que la paisajística. Hay quienes hacen construcciones mucho más elaboradas para integrarse afectivamente en su comunidad, basadas sobre todo en el conocimiento de su versión preferida de la historia. Otros escogen sus propias  versiones más bien para construir futuribles y justificar cierto rencor porque el pasado no ocurrió como les gustaría, y se dan golpes en el pecho con la facilidad de quien lo siente, en el fondo, como ajeno.

La traigo aquí pensando en una normativa peruana de Migraciones (no sé en realidad cuán nueva pero sí que a mí no me la aplicaron) para obtener la nacionalidad. Incluye al parecer una especie de test cultural sobre historia y geografía, sin el cual, supongo, no hay quien tenga derecho a considerarse auténticamente peruano.

La medida reviste diversos grados de injusticia, creo. En el primero, admito que me hace sentir mal que otros tengan que estudiarse un examen para obtener lo que a mí solo me costó dar fe de que mi matrimonio no era de conveniencia. En segundo, que se le exijan al aspirante a peruano unos conocimientos de los que, probablemente, muchos peruanos nativos (¿incluso tal vez la mayoría?) igualmente carecen.

Me dirán que esa no es la cuestión, porque los peruanos que no saben ubicar el Colca en el mapa, o en el tiempo a Billinghurst y a Sinchi Roca, deberían saberlo y son tan solo víctimas del deficiente estado de la educación nacional y de la televisión y el internet que hace que los chicos de hoy no lean, etc.

No estoy de acuerdo. Lo hubiera estado hace años, desde mi postura de estudioso de la literatura, de aficionado a la divulgación histórica y de escudriñador de mapas. Entonces, cuando me pasmaba que un universitario español pudiera ignorar qué fue el Motín de Aranjuez. Me apeó de la burra no solo la edad, sino cierto consejo en una lección de técnicas pedagógicas que, sin embargo, estaba lleno de sentido común: Enseñen a sus alumnos las cosas de la manera que las aprendieron, y no como se las enseñaron.

Yo me la traduje de esta otra manera, que ayuda mucho a poner los pies en la tierra y la mirada en los demás: ¿Por qué sé lo que sé?

Entonces me doy cuenta de que la escuela tiene un papel secundario. O, mejor dicho, básico. Que lo que recuerdo aún porque lo aprendí en el colegio logró interesarme lo bastante como para que me agradara releerlo por mi cuenta, o encontrarlo y hasta buscarlo y ampliarlo en otros sitios. Que mi recuerdo del Motín de Aranjuez debe más a  los Episodios nacionales que a su breve mención en el manual de 8° de EGB, y mi capacidad de ubicar el río Júcar es menos fruto del examen para el que lo estudié que del mapa que colgaba de la pared del aula y del que yo no apartaba la vista. Y así podría seguir poniendo ejemplos. ¿Por qué sé lo que sé?

Todo ese conocimiento sobre España, que me podría haber parecido esencial, ahora en Perú no me sirve para nada. En el mapa del Perú me pierdo y en su historia tengo lagunas que ni el Titicaca. Pero el caso es que me da igual. Según mi ritmo, estilo y necesidades, voy aprendiendo. Soy, por otra parte, sujeto consciente de derechos y deberes, educador y cliente de peruanos, esposo y padre de peruanas… ¿qué más se puede pedir, que importe?

 Coda. Estaría tentado de añadir que, encima, me desenvuelvo perfectamente en la lengua nacional, pero hasta eso me parece relativo. De hecho, a quien le oí hablar por primera vez del “examen de peruanidad” era a un norteamericano que apenas hablaba español. El examen le pedía más culturilla que dominio del idioma oficial… el cual, bien mirado, tampoco es para tanto. Por lo dicho anteriormente, y porque al fin y al cabo hablando solo inglés tiene tantas posibilidades y hasta alguna más de hacerse entender en su nuevo país que tantos compatriotas de tierra adentro que solo hablan su lengua indígena, la misma que otros bilingües usan tan solo como lengua familiar, y ciertos políticos como lengua de exhibición.

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