“Tom Jones”, del libro a la película

Una de las pertenencias que me traje tras mi doctorado riojano fue un ejemplar de la novela Tom Jones. Mi amigo Ricardo Mora me exhortaba a dejarme de lecturas académicas e hincarle el diente de una vez a la obra más famosa de Henry Fielding; la cual, por otra parte, mi maestro Miguel Ángel Muro utilizaba en tentadores ejemplos durante sus seminarios de narratología. Por si fuera poco, la versión cinematográfica de Tony Richardson fue ofrecida una noche por José Luis Garci, quien a inicios del siglo XXI todavía luchaba por el cine clásico antaño tan abundante en TVE.
Ahora yo no puedo menos que recomendar los dos, libro y película.

Lo que me sedujo de esta última en su conjunto, lo dicen estas pocas palabras del llorado Carlos Pujol en su introducción a la novela: “una exultación y una nostalgia, un inconcebible estallido de vitalidad, como un sueño novelesco de aventura”. Con todas sus necesarias licencias, el filme de 1963 condensaba el mismo estilo vitalista del texto del siglo XVIII, tal vez porque la época se prestaba. Como vuelve a señalar Pujol, “los contemporáneos de los Beatles descubrieron con asombro y regocijo a aquel antepasado picarón, de peluca y casaca, con el que resultó que congeniaban en seguida”. Quizá en este sentido las escenas más memorables sean las de la convalecencia de Tom bajo los gentiles cuidados de Sophia, la de la seducción de la señora Waters durante la cena (¡lo expresiva que puede ser la masticación!) o la salvación final del héroe gracias al bestia del señor Western. Años más tarde, creí reconocer un reverso melancólico de ese mismo universo en el Barry Lindon (1975) de Stanley Kubrick, rodada ya en tiempos más desengañados.

La película lograba ser también cervantina. Es cierto que a las escenas de barullo y confusión les faltaba la animada voz de Fielding, por ejemplo en la riña vecinal del cementerio (IV,8 del libro), a golpe de huesos y calaveras, que contiene una divertida parodia homérica parecida a la que en el siglo XX aparecería en el Adán Buenosayres, y afortunadamente lejos de la cursilería de La aldea perdida de Palacio Valdés. Sin embargo, el toque del narrador autoconsciente de la novela lo lograba el guionista no solo mediante una dosificación muy sabia de la voz en off, que tanto suele malograr las adaptaciones literarias, sino mediante la original supresión de la “cuarta pared”: Tom Jones (el incombustible Albert Finney),

Quién te ha visto y quién te ve, muchacho

Sophia/Susannah York y algún otro personaje miran a la cámara en momentos clave y buscan la complicidad o la comprensión del público. Lo cual nunca es más necesario que al final, cuando al deshacerse el complicado enredo del nacimiento de Tom, al espectador hay que explicárselo clarito.

 

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Un pensamiento en ““Tom Jones”, del libro a la película

  1. “los contemporáneos de los Beatles descubrieron con asombro y regocijo a aquel antepasado picarón, de peluca y casaca, con el que resultó que congeniaban en seguida”

    ahora entiendo la vestimenta dieciochesca de Austin Powers

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