La primera es la que cuenta

o Un Greco revisado

El Escorial

Me gusta el monasterio del Escorial, más allá de lo anecdótico de festivos cursos de la Complutense -tinto de verano- o invernales días de sol frío -tinto a secas-, por su mezcla de monumentalidad y recogimiento. Coloso de granito en pueblito estepario, que prefiere el huerto al jardín versallesco, la recta y la arista al floripondio barroco. Que progresa de la fachada ciclópea al cuarto de estudio, del rey al hombre y, finalmente, a la osamenta; de la losa de mármol al baldosín de loza castellana. Me gusta por la manera en que se mimetiza en el paisaje, llanura con sierra al fondo que emana un frío cortante igual que sus esquinas. Me gusta porque, denostado por tantos autores (ejemplo), más por su historia que por su arquitectura, ha merecido luminosos versos de poetas caribeños, quién lo dijera.* Por último, me agrada por algunos de sus tesoros, la sala de los mapas o ciertas pinturas del Greco que tan poco agradaron, dicen, al rey constructor.

Contemplo a veces el cuadro del Greco que fue conocido como “El sueño de Felipe II”. Desde el día que lo descubrí me fascinó su composición: el coro de ángeles y de nubes intranquilas que rodeaba el radiante anagrama de Cristo, la multitud devota, las fauces infernales a la derecha devorando la legión de condenados, y en primer plano, un rey pálido, arrodillado y empequeñecido bajo la gloria del nombre ante el que “se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos” (Filipenses 2:10). 
Sueño de Felipe II
Han pasado los años y lo que más bien atrae ahora mi atención de este cuadro es el recuerdo de aquel primer impacto visual. Vuelvo a él con mirada más serena, alguna vez lo he hecho directamente en el mismo Escorial, y se me hace mejor la idea que la ejecución. El rey me parece demasiado grande, la multitud demasiado chata, el cielo demasiado bajo. 
Quizá algún día me decida a alterármelo por photoshop, a ver qué tal queda.
En fin, supongo que tanto me conmovió la primera vez, que lo vi como no era. Me debí de ver condicionado por el título místico-onírico de la pintura, que en realidad se le asignó tan tarde como en el siglo XIX, impregnado de emotividad romántica. Sin embargo, en el XVII se la había conocido por el puramente religioso “Adoración del Nombre de Jesús”, y actualmente se la considera,  oh decepción, una alegoría de la Liga Santa contra el turco: morcilla política (como la de la invención de Arturo que contaba el otro día) que para mí achaparra el sentido del cuadro al igual que sus figuras.
Digamos que ya no me parece tan genial, pero quiero que lo sea. Me gusta volver a él, de cuando en cuando, y pensar en lo que el Greco podría haber pintado. También en cómo, según decía Julián Marías, la primera impresión no es la que cuenta, pero que inevitablemente cuenta.
 
*Digo Gastón Baquero, Cintio Vitier  (p. 285 y ss.) y Álvaro Mutis. Este, como bogotano, no era caribeño en sentido estricto, pero me da igual. Su cosmopolitismo estaba volcado al mar –Colombia tiene dos para elegir- y hacia el Occidente del Viejo Mundo.
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