“Miradme, que pasa el mar”

Una de mis rutas más frecuentadas cuando vivía en España era la del Bus Madrid-Granada. Hoy día, como todas, esta hace su parada y fonda en algún gran restaurante-buffet, frío y reluciente en plena carretera, pero durante muchos años la línea estuvo deteniéndose para baño, bocadillo y estirarse en cierto hostal, con barra y tiendecita, en un lugar de la Mancha llamado Almuradiel. La media hora de la parada me daba tiempo para peregrinar, a paso lento, hasta el rincón para mí más curioso y evocador del pueblo: el mástil del minador “Marte” que se alzaba en un desvío como homenaje de veteranos de la Milicia Universitaria, evocando la admiración de don Quijote (que tan poco se asombraba de sus propias fantasías) ante el mar y los barcos cuando llega a Barcelona. En aquel punto de la Meseta sur, a un paso de Sierra Morena y lejísimos del mar, la carretera se desviaba hacia Viso del Marqués, sede insólita del Archivo General de la Marina española por su vinculación con mi paisano don Álvaro de Bazán, el “padre de los soldados” que lo llamó Cervantes.

A la orilla del mar, un barco encallado transmite agonía o esperanza. Depende del estado en que se encuentre (el barco, o el que interpreta). En cambio, lejos del mar se debe de imponer la definitiva sensación de nostalgia o muerte. Es lo que sucede con los restos que se descomponen en la arena que un día cubriera el mar de Aral, la mayor catástrofe ecológica ocasionada por el capitalismo salvaje (del Estado). boats-aral-seaIrónicamente, unos pocos miles de kilómetros más al este (las distancias no cuentan lo mismo en España que en Siberia), las focas del lago Baikal, rezagadas de alguna antigua glaciación y supervivientes del mortal deshielo que costaría la vida a mamuts y rinocerontes, son un irreductible símbolo de esperanza. El tenaz Miguel Strogoff, en su penosa marcha hasta las orillas del Baikal, me imagino que las tenía muy presentes aunque Verne no diga nada al respecto.
Hay veces también que a los barcos la tierra les es leve: algunos han soñado, y hecho ver a otros, embarcaciones que se internan en la tierra y cruzan territorios sin caminos. En el cine, la imagen se la debo a Werner Herzog y David Lean: el irlandés Fitzcarraldo, obsesionado por hallar en el Perú su Eldorado cauchero, desplaza a fuerza de músculos y sogas un vapor que asciende con lenta majestad entre los árboles, hasta donde no alcanza ninguno de los ríos amazónicos. Fitzcarraldo-1-600x454Al coronel Lawrence -Lawrence de Arabia-, por su parte, le revelan el final de su arriesgada travesía por el Sinaí las chimeneas de un buque que atraviesa el canal de Suez oculto entre las dunas.
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El Lawrence real, o autobiógrafo, imaginó también un navío majestuoso y mortífero en plena campaña sobre Damasco. Sus admirados guerrilleros árabes han puesto en desbandada a los turcos, que tanto desprecia; los aliados alemanes de estos, sin embargo, ofrecen a los ojos del militar-poeta una actuación que lo emociona:
… aquí, por vez primera, me sentí orgulloso del enemigo que había dado muerte a mis hermanos. Estaban a dos mil millas de sus hogares, sin esperanzas y sin guías, en condiciones capaces de quebrar los nervios del más valiente. Sin embargo, sus secciones se mantenían en contacto, en ordenada columna, navegando a través del naufragio de turcos y árabes como buques blindados, altos los rostros y silenciosos. Cuando se les atacaba se detenían, tomaban posición, disparaban a la voz de mando. Ni prisas, ni gritos, ni vacilaciones. Eran espléndidos (Los siete pilares de la sabiduría, CXVII).
Menos espléndidos podían ser los símiles navales en otros frentes de la misma guerra si cabe más sucios, violentos y estáticos. En aquellos años en que tanta inventiva derrocharon los hijos de Curunír para destruir seres humanos, la vocación naval británica bautizó a los primeros carros de combate como “cruceros de tierra”. J.R.R. Tolkien, cuyos personajes tanto habrían de soñar con el mar, no les vio esa gracia, y dicen que los transformaría en los devastadores dragones de su mitología. En cuanto a Ernst Jünger, el otro gran cronista literario de la guerra del 14 (el “uno” fue Lawrence), en Tempestades de acero (1920) se refiere a los tanques, vistos de lejos, como “torpes escarabajos” (era entomólogo), pero ya inutilizados sí les reconoce la grandeza de “elefantes bélicos” y, también, “naves encalladas”. Retoma y amplía el melancólico símil del naufragio en El bosquecillo 125 (1925):
El terreno está sembrado de numerosos carros de combate destruidos e incendiados por los disparos; parecen pequeños navíos de guerra que hubieran naufragado en el fuego.
Por encima de la vasta llanura (…) sobrenada, igual que el tesoro de naves hundidas en un huracán, un amasijo de objetos cuyo número y desorden hacen aún más honda la impresión de abandono.
Pero, por su magnitud histórica y por lo apasionante del relato, de mi colección de citas sobre naves que abandonan el mar para adentrarse en tierra, la más fabulosa es  la de Stefan Zweig en su trágico relato de la caída de Constantinopla. Cuando, en una noche largamente planeada, la flota del turco (cuatro siglos largos antes de la lastimosa debacle presenciada por Lawrence) pasó del Bósforo a la bahía del Cuerno de Oro y acabó para siempre con las esperanzas del último vestigio milenario del Imperio Romano. Un sueño hermoso si se abstrae, glorioso sin duda para una civilización pero amargo para la historia de Occidente. Me veo obligado a recortar severamente el episodio, que ocupa como un par de páginas:
sobre este inmenso rodillo, un barco tras otro es arrastrado montaña arriba por innumerables parejas de bueyes con la ayuda de los marineros. En cuanto llega la noche, ocultándolos de cualquier mirada, inician el milagroso avance. En silencio, como todo lo grande; con premeditación, como todo lo que se emprende con astucia, se consuma el milagro de los milagros. Toda una flota avanza por encima de la montaña. (…) En la noche del 22 de abril, setenta barcos son transportados de un mar al otro, sobre la montaña y el valle, atravesando viñedos, campos y bosques. A la mañana siguiente, los habitantes de Bizancio creen estar soñando. Una flota enemiga, traída como por encanto, navega, empavesada y tripulada, en el interior de su bahía supuestamente inaccesible.
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4 pensamientos en ““Miradme, que pasa el mar”

  1. Y el propio humano -puente entre la eternidad estable y el tiempo fluyente, decía Pico della Mirandola- ¿no sería otra clase de navío sobre tierra firme? ¿No estamos hechos de alas cada vez que caminamos incluso penosamente aún la cabeza erguida apuntando hacia la estrella de un sueño? ¿No es nuestra naturaleza contradictoria e inquieta un barco, un aeroplano, una escafandra submarina y otra interplanetaria escapando de su país natural, caminando sobre el agua, viajando por los aires sin caer, respirando sin atmósfera, jugando de niños a ser el grande que alentadoramente nunca seremos? ¡Sugerente racimo de citas!

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