Iohannes S.A.

A Umberto Eco, in memoriam

Los mitos medievales más populares de hoy día, como la tierra plana o la persecución de brujas, deben su permanencia a tener más de fabulaciones modernas que de medievalismo.

Primera imagen conocida de Arturo y compañía (catedral de Módena)

Otra figura mítica conocida es la del rey Arturo. Esta feliz falsificación, auspiciada por unos reyes de Inglaterra que querían presumir de ancestros a la altura del Carlomagno de los francos, nació en las cortes del siglo XI. Desde allí, los poetas lo difundieron por toda Europa, donde fue acogido como un símbolo de pasada grandeza por una nobleza feudal que empezaba su declive. Tras siglos de olvido, otros poetas lo resucitaron en el siglo XIX a mayor gloria de los gentlemen británicos que, inspirados por las gestas de Cecil Rhodes o las prosas de Rudyard Kipling, se querían comer el mundo en tiempos de Victoria y Eduardo. El resto, o sea su descenso de mito cultural a leyenda audiovisual, lo fue haciendo Hollywood a lo largo del siglo XX.

Enésima puesta al día

En un grado muy superior al de Arturo, el rey imaginario que transformó la imagen del mundo fue el Preste Juan de las Indias. Frente al paraíso perdido y la nostalgia artúrica, el Preste Juan representaba promesa y utopía: papas y reyes de Occidente demandaron noticias de aquel misterioso príncipe cristiano que reinaba más allá de los dominios del Islam. Muchos viajeros lo buscaron y hasta creyeron encontrarlo en el corazón de Asia; más tarde, por mar, se hicieron las mismas ilusiones  los navegantes portugueses y  Colón. Aquella búsqueda —históricamente cierta, no como lo del Grial— no rindió los fabulosos resultados que se esperaban, pero a cambio reveló a los europeos un mundo de límites más amplios y definidos que aquel del que partieron: los tártaros de Asia, el imperio de Etiopía (cuyos reyes, por su parte, afirmaban descender de Salomón), América como última sorpresa.

Un ideal que latía bajo el mito del Preste Juan y ha ido perdiendo su vigencia era el de la monarquía universal por derecho divino. Otro, también de dimensión universal, era el del alcance de la predicación de Cristo, que ha ido adquiriendo formas diferentes y por suerte cada vez más tolerantes con la diversidad cultural, tan ostensible en aquel Imperio de las Indias que lo poblaban naciones de toda condición, no todas formadas por humanos. Sin embargo, en una ojeada a la apócrifa Carta del Preste Juan que en el siglo XII engañó a todo Occidente, un rasgo sí se me antoja de ingrata actualidad. Tras la prolija enumeración de sus inmensas riquezas y las de su reino, el fabuloso rey-sacerdote da a conocer la sobrecualificación profesional que reina dentro de su corte:

Nos sirven cada mes siete reyes (cada cual por su turno), sesenta y cinco duques y trescientos sesenta y cinco condes. (…). Retenemos abades tantos como días hay en el año para el servicio de nuestra capilla. Nuestro despensero es un primado y rey; nuestro mayordomo es un arzobispo y rey; nuestro gentil-hombre es un obispo y rey; y nuestro cocinero mayor es un rey abad.

En lo cual cuántos magnates de hoy en día no podrían, de conocerlo, equipararse al Preste Juan gracias a la feroz competitividad y baja exigencia del mercado laboral. Que no en vano podemos encontrar licenciados lavando platos en McDonald’s, empresas ufanándose del vasto CV de sus trabajadores a los que tienen tal vez afilando lápices, y exgobernantes en la nómina de las compañías más millonarias. No nos damos cuenta, pero maravillas así no las concibió ni Marco Polo.

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