Sorpresa sorpresa

(Nada es lo que pareceAbril rojo y otras trampas narrativas)

Los-Ilusionistas-nada-es-lo-que-parece

Dedicarle otra entrada a una película de consumo fugaz quizá sea más de lo que esta merece, pero el otro día me dejé unas cuantas cosas en el tintero digital hablando de Nada es lo que parece (Louis Leterrier, 2013) que sigue siendo la última película de “golpe perfecto” que llevo vista. Debería haberlas añadido en la siguiente entrada, pero me distrajeron otros asuntos, películas incluidas

Lo que tenía pensado era un comentario sobre la supeditación de este género a la sorpresa final. Esta, desde la canónica El golpe (George Roy Hill, 1973) hasta Los impostores (Ridley Scott, 2003), pasando por Nueve reinas (Fabián Bielinsky, 2000) o El juego (David Fincher, 1997) se traduce en que la complicadísima intriga resulta, finalmente, ser un gran engaño urdido contra uno de los personajes. ¿Cómo nadie –dentro ni fuera de la película- pudo darse cuenta? Es curioso que esta salida, aunque menos verosímil, tenga mejor reputación como desenlace que esa otra de que “todo era un sueño”. Se me ocurre, como posible razón para su atractivo, una inconfesada necesidad de trascendencia, es decir, de sentirse menos solos en un mundo donde un poder oculto, pero igualmente mundano, guía o determina para sus fines cada paso del débil individuo. Claro que también podría derivarse de un básico egocentrismo: todo el universo aparece como gran conspiración contra un solo individuo aparentemente insignificante, como es el punto de partida (no ya sorpresa final) de El show de Truman o Matrix.

En el caso de la película de Leterrier, es probable que su título, tema y desarrollo ya induzcan a verla sabiendo (más que sospechando) que alguien demostrará ser más de lo que es. Se muestran demasiado pronto las cartas, lo cual no dice mucho de una película de magos, pero el Gran Mago que movía los hilos resulta ser al final el propio policía que interpreta Mark Ruffalo (si han leído bajo lo tachado, es su responsabilidad). Entonces, el engaño se revela ya no como un “truco” sino como una “trampa”, mayor que la que el otro día señalaba en Ocean’s ElevenSoderbergh ocultaba hechos, pero no mentía al espectador como Leterrier. Este ha contado su historia mayormente desde el punto de vista del policía, el cual se supone por tanto que en todo momento estaba representando un papel, pero… ¿también en la intimidad, lejos de la mirada de cualquier posible testigo? Cuesta aceptarlo.

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Sea culpa del guion o de la sobreactuación la trampa narrativa de esta historia,* me trae a la memoria alguna de las  que comete el escritor peruano más vendido y peliculero de la actualidad, Santiago Roncagliolo. A este le vence también la afición a las sorpresas finales, las realidades ocultas y las trampas de perspectiva. En Abril rojo, la novela con que ganó el premio Alfaguara, todavía hay que reconocerle cierta habilidad: no está claro si los recuerdos reprimidos de Félix Chacaltana (haber matado a su típico padre maltratador e incendiado después la casa les dije que no lean, curiosones) lo son solo en su subconsciente (ayudan las analogías con Psicosis) o proceden de una asombrosa capacidad de autodominio mental que permite a Chacaltana decidir qué es lo que recuerda y lo que no. Donde la trampa ya ofendía era en la anterior novela roncagliola, Pudor, que no se inspiraba en thrillers de asesino en serie sino en telecomedias: allí, en medio del máximo escándalo provocado por los anónimos amorosos que recibe la madre de familia, resulta que era ella misma quien se los escribía y escondía para luego “hallarlos” con el corazón palpitante. Fantasía amorosa que conjura una vida familiar monótona, y no está mal como idea (suena a Landero, a Onetti, a Vargas Llosa), pero que es difícilmente aceptable si previamente, desde la propia perspectiva interior de la protagonista y no desde un objetivismo de noveau roman, se ha presenciado cómo la señora duda, se altera y se ilusiona ante la notita de marras con una sinceridad que nos engaña, pero también (de manera aún más asombrosa) la engaña a ella misma.descarga (1)

La narrativa contemporánea debe mucho a autores que, como Joyce, Svevo o Woolf, han recurrido al stream of consciousness. Poner canales y esclusas a la tal corriente no es ni verosímil, ni leal con el lector. Esos juegos de perspectivas se arman para quien, con el libro en las manos, aspira a participar de la lectura y ser su co-creador; sin embargo, no faltan ocasiones en que al autor, después de tan laborioso armado, le cuesta mucho soltar su juguete.

 

*Equiparable a la de El sexto sentido, también efectista pero al menos honesta: solo el niño hablaba con Bruce Willis, quien además como fantasma carecía –éramos informados de ellos- de plena autoconciencia.

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2 pensamientos en “Sorpresa sorpresa

  1. No había un libro de Agatha Christie en el que el malo era el narrador??
    (Igual me lo estoy inventando pero me suena)
    Sobre historias tramposas (aunque muy adictivas) me he acordado leyendo tu post de “La verdad sobre el caso Harry Quebert”.

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    • La verdad es que no me suena, pero nunca he sido un gran lector de doña Agatha. El “Harry Quebert” también lo conozco solo de referencias. Una “trampa honesta” es, para mi gusto, la de “La forma de la espada” de Borges. “El Inglés” manipula la perspectiva para ocultar la clave de la historia, de una manera que sería inverosímil si no la justificara su advertencia, previamente, de que no va a “mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia”. Se entiende en la última frase del cuento, claro.

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