Vicios y remedios de la novela histórica

Se reprocha frecuentemente a la novela histórica que revela mucho más la visión del mundo del novelista que la del mundo que recrea. A fuer de frecuente reprochador yo también, reconoceré que este juicio muchas veces trata de ocultar la decepción porque la novela no coincide con la visión del mundo del propio crítico. Además, es una crítica demasiado fácil de hacer, puesto que se pronuncia sobre un defecto inevitable. El historiador, como anota en sus Escolios Nicolás Gómez-Dávila, “obviamente no estudia el pasado, sino datos presentes con que lo imagina”, así que con el novelista habrá que ser aún más indulgente: junto con la imaginación, tiene la licencia de la invención. Sobre el juego que hace el hoy con elementos del ayer discurre Borges, tan bien como él suele, en el prólogo a Luna de enfrente:

No hay obra que no sea de su tiempo: la escrupulosa novela histórica Salammbô, cuyos protagonistas son los mercenarios de las guerras púnicas, es una típica novela francesa del siglo XIX. Nada sabemos de la literatura de Cartago, que verosímilmente fue rica, salvo que no podía incluir un libro como el de Flaubert.

En una palabra: el lector que quiera revivir la guerra de las Galias de la manera más auténtica, deberá ‘conformarse’ con Julio César. Cualquier otra versión, desde cualquier otro punto de vista, puede que resulte hasta más verosímil, pero desde luego mucho menos verdadera. Que agradezca el grado de convicción que esta le pueda suministrar, por ejemplo gracias al sabor arcaico, que en realidad es arqueológico, de la prosa de novelas como Sinuhé el egipcio de Waltari, En busca del unicornio de Eslava Galán o Los Idus de marzo de Wilder. Muy preferible (vamos al otro extremo) a la lapidaria frase “Cómo está la tía. ¡Y en pelotas!” que saludaba el descubrimiento de América en Cienfuegos de Alberto Vázquez-Figueroa.

Pajares Colón

Los tiempos se prestaban a ello

 

Con otras caídas del género histórico me suelo sentir menos indulgente. Por ejemplo, cuando la acumulación de datos históricos acaba primando sobre la historia y el estilo. A esto se puede oponer la famosa perspectiva de preferir el vaso medio lleno (de erudición) al medio vacío (de calidad literaria), o bien la práctica de saltarse las digresiones copiadas de manual, como yo hacía con las descripciones de la puñetera catedral de Los pilares de la tierra de Ken Follett.

Otro tipo de acumulación, tal vez más grave, es la de episodios históricos hilvanados por la presencia de un mismo héroe, en el lugar preciso y el momento oportuno para “hacerse la foto”, cual Forrest Gump, con todos sus protagonistas de los momentos estelares de su tiempo. Es lo que pasaba, por ejemplo, con mi antes elogiado Sinuhé, el médico egipcio que no solo se codea en privado con varios faraones, sino que es testigo de privilegio de sus problemas políticos y privados y visita como sin proponérselo a los hebreos, los babilonios, los amorritas, los hititas y los cretenses para repetirnos lo que ya dicen de ellos los libros de historia, o reinterpretarnos lo que dicen los de mitología. El recurso, con moderación, es pasable, pero corre el peligro de resultar demasiado artificioso: me hace imaginar un collage con aspiraciones de mural de Diego Rivera, pero que se queda en portada de Sargent Pepper’s. A Forrest Gump, por lo menos, no había que tomárselo en serio.

Flashman

A este ubicuo héroe, tampoco

Por supuesto, para todo puede haber justificación narrativa, si el autor le pone talento y empeño. Tolstoy multiplicó personajes por decenas para no hacer depender de un solo héroe el panorama de Guerra y paz. La “nueva novela histórica” latinoamericana (de la que hemos hablado alguna que otra vez) ha prescindido del intermediario de ficción, y da protagonismo a los propios personajes históricos. Otros extienden sus límites mediante la fantasía, como bienhumoradamente Galdós en la quinta serie de sus Episodios nacionales. También hay quien se concentra en marcos geográficos y temporales menores y episodios poco conocidos (pongamos que las clásicas Ivanhoe o El señor de Bembibre) , lo cual puede resultar muy efectivo si se evitan demasiadas alusiones al contexto de la época.

El grado mayor y más grato para mí de esta modestia de pretensiones es el de recurrir a la intrahistoria. Convertir en héroes no solo a personajes de importancia menor, sino con preocupaciones íntimas y cotidianas: los europeos del siglo XII sabían conversar de otras cosas que de las Cruzadas; y apuesto a que muchos españoles del XVII jamás vieron ni de lejos a su rey, a Velázquez ni al gran inquisidor de turno. Vuelvo a contraponer la literatura histórica con la literatura antigua: mientras que el capitán Alatriste (de confeso afán pedagógico), o sus referentes los Tres Mosqueteros no paran de codearse con los prohombres de su tiempo, estos se asoman mínimamente en el Quijote o el Lazarillo. En este sentido, Una hora de España de Azorín, dejando aparte su esencialismo hispano, es para mí un relato histórico ejemplar, cuyo sabio “tempo” y falta de alardes eruditos (ni se nota lo bien documentado y ambientado que está) creí reencontrar en el relato “Memento mori” del libro La casa escondida.

Por último, no ocultaré que entre mis preferencias está la de salvar la literatura y la historia, pero sacrificar la novela. He usado antes la expresión “momentos estelares” con consciente evocación de Stefan Zweig, novelista que, cuando quiso narrar la historia, tuvo el buen sentido de no meterse en la ficción: sus brillantes biografías y ensayos históricos valen más, narrativamente, que la mayoría de las novelas del género.

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Un pensamiento en “Vicios y remedios de la novela histórica

  1. Me pregunto si será posible, como ejemplo de lo que dices, parece, una ficcionalización de la batalla de Lepanto sin que el autor caiga en la tentación del cameo de Miguel de Cervantes.

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