La discriminación positiva: ese invento inquisitorial

Menoscabar el derecho de un individuo por favorecer el de un colectivo, con el pretexto de compensar arraigadas desigualdades, siempre me pareció un retroceso a los tiempos del Antiguo Testamento, cuando los padres transmitían culpas a sus hijos. Aunque últimamente me he ambientado algo más cerca, en la España del Santo Oficio.

Auto de fe

Antiguos alumnos becados por falta de recursos le ajustan las cuentas a los hijitos de papá

Esto requiere explicación. Sobre todo, porque los parangones cotidianos con la Inquisición suelen ser poco rigurosos. A demasiadas voces críticas o censuras personales (eclesiásticas, periodísticas, políticas…) se les suele replicar con el adjetivo de “inquisitoriales”. Algo tan fácil, impactante y vago como, en otros contextos (o no tan otros), “racista”, “radical”, “medieval”, “fascista”, “golpista”, “terrorista”, “nazi”, “caviar”… y no se me ocurren más.

Sin embargo, meto a la Inquisición en el mundo de la discriminación positiva con plena conciencia histórica. Lo hago a propósito de los famosos estatutos de pureza de sangre, que si tal vez no fueron -no me consta-un invento directo del tribunal de marras, al menos sí respondieron al mismo impulso de represión de la libertad religiosa. Mediante estos documentos, los “cristianos viejos”, que podían probar un árbol genealógico libre de antepasados judíos o musulmanes, veían favorecido su acceso a determinados privilegios, normalmente destinos en la universidad o la administración, que quedaban así vedados a los “cristianos nuevos”. Sin embargo, avanzado el siglo XVII, la disidencia religiosa ya era socialmente insignificante, los cristianos nuevos tan inequívocamente ortodoxos como los viejos, y sin embargo los estatutos seguían vigentes. Aparte de una profunda injusticia, se trataba de un grave error politico, puesto que los cristianos nuevos solían ser gente instruida, especialmente apta por lo tanto para el trabajo intelectual.

Pero ahí estaba justamente la madre del cordero: cedo la palabra a Eugenio Asensio, que sintetiza y comenta este episodio de la historia en La España imaginada de Américo Castro (Barcelona, Crítica, 1992):

No faltaban sinceros y clarividentes cristianos viejos que adoptaban una actitud equívoca y ambigua ante la cierta iniquidad y aparente oportunidad que implicaban los estatutos de limpieza. Reconociendo la injusticia teórica que suponía la exclusión de los mal llamados conversos, la acataban en el terreno pragmático. Porque aquel abusivo privilegio servía para compensar una flagrante desigualdad. Me refiero a la inferioridad de hecho en que la mayoría de los cristianos viejos se encontraba frente a los nuevos. Mientras los viejos -la enorme mayoría del país- carecían no solo de influencia social sino de medios económicos para costear sus estudios, los nuevos, por su tradición cultural , sus bienes de fortuna y su probada vocación intelectual, estaban admirablemente colocados para escalar los más altos puestos de la Universidad, la Iglesia y la administración (pp. 179-180) .

De manera que no es moda extranjera esto de la zancadilla a la brillantez, o el fomento de la mediocridad travestido de justicia. Lo llevamos en la sangre, con o sin estatutos.

Recapitulo ahora, para terminar, reconociendo que yo mismo he sido algo arbitrario (como denunciaba en el párrafo segundo) al atribuir la responsabilidad del invento a la Inquisición. Tal vez lo fuera en su creación (párrafo tercero), pero es curioso cómo luego, demasiado tarde, pretendió atenuar su rigor. De hecho, hubo inquisidores, y ministros, y hasta reyes, que intentaron relajar la política de limpieza de sangre. No lo lograron, justamente por la oposición de esa copiosa burocracia proveniente de los colegios y universidades donde se discriminaba a los cristianos nuevos.

Lo cual viene a reforzar otras dos convicciones de este pobre bloguero:

  1. No hay reforma más inútil de un sistema que la que se encomienda a sus propios beneficiarios. Pongamos que universidades y otras escuelas de mandarines.
  2. El poder real no se asienta en los tronos y gabinetes, sino en las oficinas y mandos subalternos. Podría evocar el poder de Martin Bormann, muy superior al de los pomposos jerarcas del III Reich, pero prefiero acordarme, más amable y agradecido, de cuánto me ha ayudado en mis pesquisas bibliográficas, antes que el trato con los catedráticos, la amistad con el cuerpo de bibliotecarios. Para que luego sigan dale y dale con lo importantísimo que es el liderazgo.
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