El desorden del día

Armario

Mi compañera de fatigas culturales CVP elogió lo ordenado de la librería de mi oficina, que no parecía la de un hombre. Aunque matizó en seguida que tal vez  yo, simplemente, era un hombre ordenado, no logró evitar que me pusiera a pensar en voz alta. Tal vez ocurría que la estantería de mis libros la uso poco; que esta encierra a mis espaldas, tras sus vidrios, la ilusión de una vida universitaria cuyas horas las ocupe, en su mayor parte, el estudio intenso y dedicado. Frente a mí, en cambio, está mi diaria realidad: una mesa cubierta de muchos papeles, la computadora (llamarla “ordenador” sería broma cruel) y algunos libros de los que no puedo olvidarme, aquellos que vivo dejando todos los días para mañana, y no a menudo para algún otro día indefinido. Una mesa que, esta sí, vive en varonil desorden.

Escritorio

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