La personalidad literaria de Enrique Jardiel Poncela

(Conferencia pronunciada en el Ateneo Riojano de Logroño el día 17 noviembre de 2001)

Jardiel

JUSTIFICACIÓN: Rescato del olvido estas palabras porque, para mi agradecida sorpresa, fueron dignas de citarse en UN BUEN ARTÍCULO ACADÉMICO (otras, en cambio, QUE ESCRIBÍ CON MÁS PRETENSIONES, han pasado inadvertidas, seguro que con razón). Obviamente fueron consultadas antes de desaparecer de la red la página que las publicaba. De manera que, además de por agradar y tal vez enseñar algo, las cuelgo en mi blog por el bien de la ciencia. Altruista que es uno.

El hecho, no sabemos si fortuito, de que los seres humanos tengamos cinco dedos en cada mano nos hace particularmente sensibles ante el agrupamiento de eventos por decenas. Esto se nota particularmente en la conmemoración de aniversarios, y no digamos ya en la de centenarios (esto es, 10 x 10 años) de cualquier asunto que valga la pena de ser desempolvado (o no la valga) y convertido en tema de conversación, análisis u homenaje por un año. Pasado el cual, lo más probable es que no se vuelva a saber del tema… hasta que llegue un nuevo centenario que celebrar.

Este año le ha tocado el turno a Enrique Jardiel Poncela: con motivo de los cien de su nacimiento, ha gozado en la prensa periódica y en las carteleras teatrales de una presencia a la que no estábamos realmente acostumbrados quienes, aun no considerándolo un autor totalmente olvidado por crítica y público, seguimos echando de menos algo de él dentro de la actualidad escénica y literaria española. Y así nos ocupamos de luchar (creo que no sin éxito) contra el olvido de Jardiel: manifestamos nuestro entusiasmo por su obra y, con mucha frecuencia, nos quejamos de la poca atención que se le presta y de los prejuicios que circulan sobre su obra.

Yo, es la segunda vez este año que dedico un homenaje escrito a nuestro autor: el mismo día del centenario, 15 de octubre (que ya es ser puntual) publiqué en la página web de Literatura Nausícaa (una de las buenas iniciativas culturales nacidas en la Rioja en los últimos años) unas páginas de crítica algo apasionadas, algo apresuradas y en las que acababa hablando bastante de mí mismo. Imprudencia que puede cometerse en el trato individual, íntimo, entre lector y autor, pero que es muy recomendable evitar cuando, como ahora, el auditorio es múltiple, y maldito lo que le importan las confidencias del conferenciante. Separación ésta de maneras de dirigirse a diferentes tipos de público que supo percibir con agudeza Jardiel Poncela a lo largo de su multifacética carrera.

Es de agradecer para todos que el tema escogido para esta conferencia sea el del perfil literario de Enrique Jardiel Poncela. Su perfil humano, aunque físicamente poco voluminoso, es sumamente amplio, complejo y atractivo (no siempre simpático), pero temo que ocuparnos de él podría llevarnos a lo que lleva demasiadas veces, es decir, a ensartar una retahíla de anécdotas de juventud y madurez, y acabar discutiendo acerca de lo de siempre: que si era franquista o no era franquista. De todos modos, no podemos olvidar nunca que Jardiel era un autor personalísimo, que se volcaba en sus textos de una manera casi confesional que trataba muchas veces de enmascarar tras una apariencia de frivolidad (un poco al estilo de su admirado Oscar Wilde). Es decir, las frases y situaciones más rotundamente mordientes que aparecen en la obra de Jardiel con frecuencia van seguidas de un rasgo humorístico, desconcertante o fácil, pero que en todo caso lo que hace es quitar hierro al malestar que hubiera podido causar entre sus lectores o espectadores.

Ejemplo de esto lo podemos ver, por ejemplo, en la primera de sus novelas, Amor se escribe sin hache. Jardiel la precede de “8.986 palabras a manera de prólogo”, y de una cita de Heine que reza Siempre es divertido hablar de uno mismo. Entre bromas y veras, el autor dedica la anunciada cantidad de palabras (admito no haberla comprobado, pero me fío de él) a hablar de su vida, de sus opiniones y creencias, de su hija Evangelina, del humorismo, del propósito del libro que ahora tenemos entre manos. Pero concluye diciendo:

Ahí acaba el prólogo. (…) Cuanto hay escrito en él, es verdad.

Sin embargo, aconsejo a mis lectores que no hagan demasiado caso de todo lo dicho. Les conviene pensar en que la verdad no es nunca absoluta. Todo puede ser verdad, pero todo puede no serlo…

Y, para terminar de desconcertarnos, añade en nota final:

La cita de Heine con que he encabezado el prólogo, no la escribió nunca Heine. La he escrito yo, y he puesto debajo el nombre de Heine como podía haber puesto el de Landrú.

Y en este indeciso punto de observación hemos de instalarnos. En que nada es lo que parece, o incluso todo lo contrario: la misteriosa mujer de mundo resulta una jovencita recién salida del colegio en una de las primeras escenas de Los ladrones somos gente honrada; el cadáver del señor García resulta estar tan vivo como cualquiera de los demás personajes de su obra, el paralítico –verdadero– Emmil Gorlitz resulta ser a pesar de ello un viajero infatigable, en su primer guión cinematográfico original (Se ha fugado un preso) los pasajeros de tercera de un trasatlántico de lujo suplantan a los de primera clase (episodio que ya le hubiera gustado discurrir al director de Titanic)… y así podríamos seguir con la cosecha de personajes y situaciones nacidas del talante escéptico de Jardiel Poncela.

En cuanto a la personalidad literaria de Jardiel, resulta también extraordinariamente vasta. Es difícil hacer una panorámica que abarque a los mil y un jardieles que nos han dejado, cien años después, una obra que disfrutar a tantos y tan distintos niveles. Su obra completa publicada abarca varios volúmenes, y sabemos que es sólo una parte de lo que llegó a emborronar hasta el momento en que quiso decidirse, seriamente, a emprender la revolución del humor escénico (y no sólo escénico) en España, a partir del emblemático 1927 (año de Una noche de primavera sin sueño, de su adaptación cinematográfica de Es mi hombre, de Arniches; de su primera selección de prosas, Pirulís de La Habana). Y el caso es que, además, no se dedicó solamente a escribir. En Jardiel tenemos una variante más del modelo de “monstruo de la naturaleza” literaria que algunas veces se encuentra en nuestras letras, semiestajanovista de la pluma y de cuanto tuviera que ver con la recepción de su obra, un mago del humor… o, mejor dicho, un genio del humor. A Jardiel, en mi opinión, no se le puede endosar la etiqueta de “mago”, ya que tiene el vicio de revelar sus secretos: no sólo porque explique racionalmente las situaciones absurdas que crea en sus comedias (no es de extrañar que acabase acercándose al género policíaco), sino porque en su edición suele acompañarlas de unas jugosas páginas donde explica de cabo a rabo el proceso creativo de esas obras. Porque a Jardiel, sin duda, le gustaba  escribir comedias, pero da la impresión de que le gustaba más todavía hablar sobre ellas y hablar de sí mismo. De ahí la libertad y la soltura de que hace gala en sus novelas, donde la comunicación –como he dicho antes– de autor y lector se presta más a la confidencia, a la reflexión, a la comunión intelectual, y donde las ataduras escénicas y meramente físicas pueden ser superadas con total impunidad. Y donde el batiburrillo de peripecias, de estilos, de aventuras halla un mejor acomodo, hasta el punto de perderse a el argumento principal, cosa que no hubiera permitido jamás el público de sus comedias, tantas veces fiel, pero siempre descontentadizo y necesitado de reclamos originales… ma non troppo.

Para formar este batiburrillo del que hablo, Jardiel bucea en todas las tradiciones anteriores sin renunciar por ello a su modernidad, a su voluntad de cambiar de rumbo con respecto a lo escrito y representado hasta entonces. Los juegos de palabras basados en el retruécano, o el tratamiento burlesco de los personajes de extracción popular lo sitúa en la línea de Arniches o de Muñoz Seca (por otra parte, los ripios de Angelina o el honor de un brigadier no dejan de recordarlos amplios recursos versificatorios de La venganza de don Mendo), la agudeza de las conversaciones “de salón” que sostienen los refinados y aristocráticos personajes jardielescos nos puede traer a la memoria tanto al mencionado Wilde (cuando se muestran más cínicos, más elegantemente amorales) como a la blanda crítica social que efectuaba en la escena, por aquellos tiempos, el Nobel don Jacinto Benavente. O, referente inmediato pero que correspondía igualmente a una generación anterior: el humor poético, las situaciones y asociaciones insólitas que encontramos en los textos de Jardiel conducen inevitablemente al maestro indiscutible del humor español de la vanguardia: a Ramón Gómez de la Serna. Para muestra, algunas definiciones ramonianas, pero de cuño jardielesco:

Ramón

CINEMATÓGRAFOS- Lugares oscuros en los que siempre hay demasiada luz.

AMOR- Sistema de espejos colocados de tal manera que, estando solos, nos parece que estamos acompañados.

CENICERO- Pebetero moderno.

PESCADERÍA- Depósito de cadáveres conservados en hielo.

VENTILADOR- Caja de pulmonías.

TAQUÍGRAFO- Traductor de su propio idioma.

MUDANZA- Infierno sin llamas.

BIBERÓN- Mamá a la que no hay que comprar abrigo de pieles.

SOMBRILLA- Ruleta con mango.

Y así como aprovecha Jardiel todas las tradiciones, y como yo he dicho antes, Jardiel no se limita a un sólo género literario… ni se limita a ser solamente escritor. Es autor de teatro, como todos sabemos: un soberbio comediógrafo. De su labor en prosa, conservamos hoy cuatro novelas largas y dos tomos de prosa breve (El libro del convaleciente y Exceso de equipaje: este último título es todo un manifiesto) materializada en cuentos, conferencias, artículos, ensayos, aforismos, “teatro para leer” que deviene en caricatura del teatro o del cine de la época… En el cine, sabemos que hizo también sus pinitos (un bosque entero de coníferas, en realidad) como adaptador y guionista, en España y en América. Como poeta… la poesía quedó como un vicio secreto para este autor, cuya sensibilidad profunda temía tal vez mostrarse demasiado palpitante ante los ojos del lector. La vena jocosa –ya que no paródica–, de todas maneras, no apagaba su observación aguda y su interiorización de cuanto le rodeaba. Un buen ejemplo de la musa lírica de Jardiel, muy de su época, lo encontramos inspirado por el descubrimiento de Nueva York, la ciudad rascaciélica y deshumanizada. Sabemos algo de lo que vieron allá García Lorca o Juan Ramón Jiménez, no mucho de lo que vieron Moreno Villa y algún otro… ¿Qué es lo que refiere el humorista en sus versos? Leamos su poema “Nueva York”, incluido en su jugosa obrita Mis viajes por los Estados Unidos:

Una ciudad con dos ríos.

Chinos, negros y judíos

con idénticos anhelos.

Y millones de habitantes,

pequeños como guisantes,

vistos desde un rascacielos.

En el invierno, un cruel frío

que hace llorar. En estío,

un calor abrasador

que mata al gobernador

–que es siempre un señor con lentes–

y a los doce o trece agentes

que llevaba alrededor.

Soledad entre las gentes.

Comerciantes y clientes.

Un templo junto a un teatro.

Veintitrés o veinticuatro

religiones diferentes.

Agitación. Disparate.

Un anuncio en cada esquina.

“Jazz-band”. Jugo de tomate.

Chicle. “Whisky”. Gasolina.

Circuncisión. Periodismo:

diez ediciones diarias,

que anuncian noticias varias

y todas dicen lo mismo.

Parques con una caterva

de amantes sobre la hierba

entre mil ardillas vivas.

Masas con fama de activas,

pero indolentes y apáticas.

“Estrellas”, actrices, “divas”

y máquinas automáticas.

Oficinas sin tinteros:

con “Kalamazoos”, ficheros,

con nueve timbres por mesa

y con patronos groseros

de cara de aves de presa.

Espectáculos por horas.

“Sandwichs” de pollo y pepino.

Ruido de remachadoras.

Magos y adivinadoras

de la suerte y del destino.

Hombres de un solo perfil,

con la nariz infantil

y los corazones viejos;

el cielo pilla tan lejos,

que nadie mira a lo alto.

Radio. Brigadas de Asalto.

Sed. “Coca-Cola”. Sudor.

Limpiabotas de color.

Cemento. Acero. Basalto.

“Garages” con ascensor.

Prisa. Bolsa. Sobresalto.

Y dólares. Y dolor:

un infinito dolor

corriendo por el asfalto

entre un “Chevrolet” y un “Ford”.

Pero, además de escritor, Jardiel Poncela es también dibujante (y junto al texto de sus novelas y prosas queda el testimonio de la gracia de sus diseños). Es también director de escena y empresario teatral (frustrado), decorador y escenógrafo, músico… y, cuando no lo es, supervisa atentamente, puntillosamente, a quienes en el montaje de sus obras tienen semejantes tareas a su cargo. Hábil en las manualidades, en el diseño de sus páginas las tijeras y el pegamento cobran casi tanta importancia como la pluma y las cuartillas (y el café y el tabaco): él mismo, por ejemplo, llegó a fabricar buena parte del “atrezzo” de su comedia sobre la vida en Hollywood El amor sólo dura 2000 metros, ante la dificultad de conseguir objetos típicamente norteamericanos en la España de la inmediata posguerra. También se entretuvo en montar –según refiere su discípulo Miguel Martín, en el libro El hombre que mató a Jardiel Poncela– la maqueta del escenario ideal para sus complejas tramoyas, que se igualan a los asombrosos trucos escénicos que por aquel entonces llevaba a las tablas Enrique Rambal. Martín describe aquella maqueta como

un precioso teatro con el patio de butacas alfombrado, la fachada iluminada, coches aparcados en el garage del sótano, calles y jardines circundantes, la entrada del ‘metro’ inmediata, los palcos y las plateas… Y, sobre todo, un amplísimo escenario con sectores giratorios, ascensores, decorados corpóreos, taller de reparaciones, un artilugio que expandería en la sala el aroma adecuado a las distintas localizaciones… lo que con el tiempo han sido los escenarios de Broadway y Londres, éstos más incompletos.

            Había realizado su sueño, pero en miniatura…

En fin: si es verdad que, como informó a nuestro escritor un catedrático tío suyo, “jardiel” quiere decir en hebreo “energía”, llegaremos a la conclusión de que pocas veces un apellido habrá casado de un modo tan exacto con una conciencia profesional. Energía, toda la energía que podía contener un cuerpo chiquitín como aquél, que no es raro que acabara desgastándose al medio siglo de existencia, consumida en fantásticos proyectos.

Jardiel es uno de esos autores que buscan un arte total que, dirigido por un artista total, lleve a cabo la obra total. Las artes que necesitan de una participación colectiva (el teatro, el cine) deben tener un mando único, la supervisión de un artista que les dé armonía y sentido. Veamos cuál es la opinión del autor sobre el cine, que él pudo ver realizada en el montaje norteamericano del filme Angelina o el honor de un brigadier (una experiencia, la de aquellos artistas españoles en Hollywood, que está esperando quien la lleve al cine como Fernando Trueba hizo en La niña de tus ojos):

El verdadero escritor no tiene ni tendrá nada que hacer en el cine mientras no asuma en sí los cuatro cargos u oficios en que se apoya una producción cinematográfica: escribir, dirigir, supervisar el “set” y realizar el montaje. (…)

Esta opinión (…) nació en mí a los pocos días de pisar y observar los Studios de Hollywood (…) en el último mes de estancia en California, comiendo una noche con “Charlot”, su novia y Pepe López Rubio en el Musso Frank, tuve la satisfacción íntima de oírle decir a Chaplin que su idea acerca del cine era la misma (…)

En cine, como en todo arte, el tema tiene que darlo el escritor, que es el que imagina; y desarrollarlo –y dirigirlo– él, que es quien lo ha imaginado; y realizar el montaje él también, que es quien tiene la película e la cabeza”

¿Que quien mucho abarca, poco aprieta? Puede ser, pero ciertamente Jardiel apretó mucho más de lo que otros hubieran podido soñar. Busca explotar al máximo las posibilidades de cada género en el que se introduce, y eso lo logra integrando en él las características de otros géneros. Vemos, por seguir con el ejemplo anterior, cómo incorpora a la puesta en escena de sus comedias recursos propios del cine (al que Jardiel consideraba, con toda lucidez y sin resignación ninguna, como el gran competidor del teatro): desplazamientos de muebles, un cigarro que se enciende solo, revelan la presencia de un ser invisible y siniestro en Las cinco advertencias de Satanás, obra que presenta también en su tercer acto un escenario dividido en dos mitades; un automóvil entra en el escenario en Los habitantes de la casa deshabitada (de ambientación muy similar a las de las películas de terror y misterio, por cierto); Las siete vidas del gato se abre con cuatro rápidos cuadros en los que tienen lugar cuatro asesinatos de mujeres…

Las novelas de Jardiel, por otra parte, incorporan referencias icónicas, visuales. No son novelas, en realidad, que se puedan leer en voz alta: su autor juega con la tipografía y el diseño de los párrafos, añade dibujos o bien llega a suprimir una y otra cosa: es bien conocido el ejemplo de la novela ¡Espérame en Siberia, vida mía!, libro de aventuras en el que, en el momento de atravesar el tren en que viajan los personajes un largo túnel de los Alpes, aparecen tres páginas en negro. O las ilustraciones que sustituyen al texto en no pocas ocasiones, ahorrando una engorrosa descripción al narrador y brindando a nuestros ojos una serie de esferas de reloj, progresivamente de mayor tamaño a medida que se acerca el momento cumbre de la situación (nada menos que la venida de Dios a la Tierra), o la portada de esa misma novela (La “tournée” de Dios) en forma de cartel cinematográfico. O bien la peculiar dislocación de los renglones de la página, acostumbrados todos como estamos a verlos paralelamente ordenados discurriendo de izquierda a derecha, pero que podemos acabar teniendo que leer de arriba a abajo (si en ese momento el personaje desciende de un árbol), o en forma de escalera descendente (si a la lánguida heroína le diera por hablar “dejando caer las palabras”), o dispuestos en forma de embudo (si transcribe las órdenes transmitidas desde un altavoz), o bien en forma de viñetas paralelas, o, incluso, teniendo que girar en ciento ochenta grados la posición del libro para poder leer cómodamente el texto (inolvidable momento en el que el donjuán Pedro de Valdivia dialoga con Luisito Campsa, oculto debajo de su cama).

En fin, el objetivo no será otro que el de exprimir cada rasgo de ingenio hasta su última posibilidad. Jardiel se exige a sí mismo hasta el máximo como autor, porque está dispuesto a que el lector o el espectador tampoco tengan un momento de descanso en el momento de acceder a su obra, y que ejerzan de continuo (y con “más difícil todavía” incluido) su capacidad de interpretar. De hecho, era partidario de la supresión de los entreactos en las obras de teatro.

Por supuesto, fue el humor el factor de unificación del talento jardielesco, el signo común de todas las maneras que eligió para expresarse, para interpretar la realidad o para defenderse de ella. También para atacarla.

El humor del chiste fácil (que no siempre, precisamente por fácil, sabe utilizar todo el mundo) no agrada a Jardiel, lo que no quiere decir que no lo emplee. Lo hará, normalmente, para poder endosar al lector descuidado por la risa fácil otro tipo de gracia de mayor calado conceptual, reflexivo o, definitivamente, absurdo: no es lo mismo, por supuesto, hablar de que la conquista de Chile fue una empresa homérica (aclarando, por supuesto, que fue homérica del Sur), o responder a la noticia de un fallecimiento por pulmonía triple con la pregunta “¿Es que tenía tres pulmones?” (con la respuesta, dicho sea de paso, de que “tenía lo que le daba la gana: era riquísimo”…), que desconcertar con una nota al pie de página, a propósito de la Rusia soviética, de la siguiente manera:

… copio a continuación un telegrama publicado en el Heraldo de Madrid (…) en el que se da cuenta de cómo los guardias rojos de la frontera rumana ametrallaron (…) a 70 campesinos rusos que intentaban escapar huyendo del hambre. Helo aquí:

UN CONOCIDO AVIADOR SE DIVORCIA

(…) el conocido aviador norteamericano Roger J. Williams, que hace algún tiempo realizó el vuelo trasatlántico de Old Orchard a Santander, ha venido a esta ciudad para divorciarse de su esposa, con la que contrajo matrimonio durante la Gran Guerra.

            Y, en nota al pie:

Como se verá, este telegrama no tiene nada que ver con la cuestión rusa. Pero a última hora he preferido incluirlo en el lugar de otro, porque éste es mucho más corto. Siempre me esforzaré por no fatigar al lector.

Ya metidos en el absurdo, veamos otro ejemplo en el interrogatorio al que somete Edgardo (un caballero que, por un desengaño, ha decidido pasar el resto de su vida metido en la cama, precedente literario que ignoro si conocía Juan Carlos Onetti) a su aspirante a criado Leoncio en Eloísa está debajo de un almendro:

EDGARDO.- ¿De dónde es usted?

LEONCIO.- De Soria.

E- ¿Qué color prefiere?

L- El gris.

E- ¿Le dominan a usted las mujeres?

L- No pueden conmigo, señor.

E- ¿Cómo se limpian los cuadros al óleo?

L- Con agua y jabón. (…)

E- ¿Qué comen los búhos?

L- Aceite y carnes muy fritas.

E- ¿Cuántas horas duerme usted?

L Igual me da dos que quince, señor.

E- ¿Fuma usted?

L- Cacao. (…)

E- ¿Le molestan las personas nerviosas, de genio destemplado y desigual, excitadas y un poco desequilibradas?

L- Esa clase de personas me encanta, señor.

E- ¿Qué reloj usa usted?

L- Longines.

E- ¿Le extraña a usted que yo lleve acostado, sin levantarme, veintiún años?

L- No, señor. Eso le pasa a casi todo el mundo.

E- Y que yo borde en sedas, ¿le extraña?

L- Menos. ¡Quién fuera el señor! siempre he lamentado que mis padres no me enseñasen a bordar, pero los pobrecillos no veían más allá de sus narices.

Claro que, como diálogo totalmente insólito, no creo que haya otro mejor que el de la conmovedora tercera y última parte del momeciclo “Las dulzuras de Escajolia”, no sé si heredero de Lewis Carroll o precursor de Julio Cortázar. Allí se entrevistan el conde Cumbro Tartasio de Berlonga y el caballero sin nombre en el saloncito de las terzodias:

El conde no tardó en aparecer. Sonreía con cambidifosidad atrayente.

–¿Quién sois? –dijo.

–Machuca –repuso el caballero sin nombre.

–¿Espardifáis?

–Siempre.

–¿En parfuletes?

–De dos filas, señor –repuso el visitante.

El conde se quedó pensativo.

–No es posible –exclamó como si hablase consigo mismo– que prefiráis un ramo.

–Y, sin embargo –susurró el caballero– lo preferí desde niño.

–¡Ah! ¡Cambises, Cambises! –dijo el conde enternecido.

–Es verdad –repuso el otro con profunda convicción.

Aún prosiguió el diálogo, esta vez figríneo:

–¿Estombes?

–¡Oh, conde! Sin cagigal ninguno. ¡Eso faltaba!

Después, el conde y el caballero sin nombre lloraron mucho tiempo estrechamente abrazados.

 Así son las dulzuras de la corte de Escajolia. El humor de Jardiel, en otras ocasiones, se manifiesta de una manera totalmente opuesta, es decir, con una lógica aplastante y precisa, pero con el sorprendente ingenio de saber establecer analogías insólitas. No resulta de extrañar: comparar dos cosas que se parecen, está al alcance de cualquiera y, en realidad, no es necesario. El observador atento sabe, en cambio, descubrir lo semejantes que son las cosas que no se parecen entre sí (al menos, a los ojos de la mayoría de nosotros, espíritus vulgares), e incluso establecer largos catálogos de tales semejanzas. El ejemplo que voy a citar a continuación, tomado de ¡Espérame en Siberia, vida mía!, requerirá algo de tolerancia y serenidad por parte del sector femenino de la audiencia, que sin duda conoce ya la poca estima que hacia las cualidades morales de su sexo –no así las físicas y fisiológicas–profesaba Jardiel:

Las bombillas osram y las mujeres eran iguales. Por estas razones:

            Porque eran frágiles.

            Porque vivían gracias al filamento metálico.

            Porque presumían de transparentes.

            Porque irradiaban calor.

            Porque aumentaban su luz cuando iban a fundirse.

            Porque eran imprescindibles en los salones.

            Porque estaban vacías por dentro.

         Porque todas podían citar el nombre de un ciudadano que les había hecho la rosca.

 El ingenio de nuestro humorista persigue, por otra parte, el ideal de lograr lo nunca visto, de la originalidad, de algo que, realmente, pocas veces se ha buscado en la historia de la literatura, y que algunos han practicado sin darse mucha cuenta. Eugenio d’Ors, con lo de que “Lo que no es tradición es plagio”, no sé si vacunó definitivamente contra la audacia a la mayoría de los autores de nuestro siglo, pero en todo caso les dio una consigna que esgrimir. Jardiel, en cambo, considera pecado mortal la falta de originalidad, meta hacia la que alcanzaría alturas nunca vistas entre nosotros, pero que en sus últimos años hace pensar un poco en el destino de Ícaro. La convención, lo repetido, lo gastado, le dan náuseas: sólo sirve como un objeto muerto y basto sobre el que dar el salto a lo inesperado. Sus personajes favoritos son inmunes al ambiente de “masa” de la sociedad que los rodea, y nada les repele más que la vulgaridad. Vemos, en Una noche de primavera sin sueño, discutir así a un matrimonio:

MARIANO- (Serio) Es decir, que me odias…

ALEJANDRA- Sí.

M- Y me odias porque me encuentras grosero y vulgar.

A- Eso es.

M- Y porque la ley te obliga a vivir siempre conmigo.

A- La ley y la moral, sí.

M- ¿Y me habrías amado si yo fuese un hombre que dijese a todas horas frases felices?`

A- A todas horas sería irresistible. De vez en cuando, y basta.

También la confidencia de Mariana a su tía Clotilde en el prólogo a Eloísa está debajo de un almendro:

MARIANA.-¿Crees a Fernando capaz de llevar una vida extraña, ajena a la vida normal que todos le conocen? ¿Le crees capaz de ocultar algo extraordinario, por ejemplo? ¿De tener un secreto muy grave no revelado a nadie jamás?

CLOTILDE.- No me sorprendería nada.

M.-(En el colmo de su ansia) ¿Lo crees así de veras?

C.- ¿Por qué no?

M.-(Estallando en un suspiro de alegría, de descanso, de profundo alivio) ¡Ay! ¡Dios te lo pague, tía Clotilde! Cuánto bien me haces… (…)

C.- (…) Pero oye, muchacha: ¿es que necesitas que Ojeda sea un hombre misteroso y que oculte algo grave y extraordinario para ser feliz? (…)

M.- Y el día que descubra que no hay nada de eso, que todo en su vida es sencillo y formal…, si no tengo valor para otras cosas peores, por lo menos, romperé con él.

C.- ¿Romperás con él?

M.- Huiré de su lado aunque esté próxima a casarme, aunque esté casada ya. Huiré de él como he huido esta noche… para ir a parar Dios sabe adónde.

 O, como último ejemplo, la crisis de pareja que presenciamos en La “tournée” de Dios (novela que se adelantó también a Cortázar en la numeración lúdica de los capítulos):

¡Y me engañaste al decir que odiabas las cosas frívolas, pues harto he podido comprobar cómo sólo lo frívolo es capaz de sacudir tus superficiales nervios! (…) ¡Y me engañaste al decir que querías huir de los convencionalismos y las mentiras del Mundo, cuando tú misma eres más mentirosa que un diplomático y más convencional que Robespierre!

Poético ideal de originalidad el de los personajes de Jardiel que acaba, por supuesto, estrellándose contra la realidad, con el escepticismo, con el relativismo y la sonrisa más o menos forzada en los labios. Al fin y la cabo (cito ahora a su primer héroe de novela, el señor Elías Pérez Seltz, alias Zambombo): “Si todo el mundo fuese original, no sería original nadie. Sólo sería original el que no fuese original. Pero como se supone que todo el mundo sería original, no habría nadie que dejase de serlo”. O, yendo a alguna otra obra, concluimos en la idea de la absoluta caducidad y vulgaridad de la creación, puesto que “hasta el primer pecado del hombre, aquel pecado marchito, repetido millones de millones de veces, desprovisto de toda originalidad, es conocido aún con el nombre de ‘pecado original’”.

Sin embargo, insisto: Jardiel nunca supo resignarse al imperio de la convención. Lo aprovechó en su favor alguna vez, supo confiar en su público a pesar de todo, y éste se lo recompensó entonces y hoy (a pesar de los pesares, del tipo de cierta crítica que no sabe reír, o simultanear la risa con la reflexión) se lo sigue recompensando, sin haber tenido la presunta necesidad de “hablarle en necio para darle gusto”.

Hablando de Enrique Jardiel Poncela, jamás podrá terminarse diciendo que “esto es todo”. Todo lo más, yo les digo ahora que hasta aquí tenía pensado llegar esta tarde, y que cedo paso ahora a la participación de ustedes. Muchas gracias.

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