Madre de cautivo

La cautiva

La cautiva

Los manuales escolares, herramientas que garantizan la historia oficial, ofrecen un pobre esquema narrativo de indios contra blancos o de americanos contra españoles, más allá del cual hay una historia riquísima. Ahí está la de la caída del Tahuantinsuyo o de Tenochtitlán ante ejércitos de indios, y luego tantas posteriores alianzas entre blancos e indios contra otros indios y otros blancos. Si en algún momento de la historia los indios de verdad pensaron que los españoles eran dioses –a mí me suena, insisto, a historia oficial–, ciertamente tuvieron siglos después para percibirlos como una simple tribu más, de costumbres algo excéntricas, a la que odiar y temer o con la que contar para hacer la guerra a sus vecinos, que es al fin y al cabo lo que a todos los revelaba como igualmente humanos e hijos de Caín.
Las fronteras son siempre territorio de intercambio, y el imperio español (lo escribo con minúscula porque nunca existió con ese nombre) era una pura frontera a lo largo de toda su extensión disparatada, nada que ver con la racional expansión británica o portuguesa. Ahora bien, fue en sus extremos norte y sur, o sea las grandes praderas y las grandes pampas, donde el terror al malón se convirtió en parte de la vida cotidiana. La hueste india entraba en territorio cristiano (o, en América del Norte, en territorio indio, que había muchas tribus para escoger) en busca de botín y prisioneros. Sin escrúpulos raciales, dicho sea en su honor, tomaban a sus cautivas como esposas o educaban a los muchachos.

Mucho western clásico (John Ford) y buena literatura argentina (Echeverría, Hernández, Mansilla, Borges) se ha inspirado en esta forma de violencia que duró hasta muy entrado el siglo XX. Ahora, que no he encontrado actitud más heroica que la de estos párrafos que son, increíblemente, de no ficción:

Al consumar sus asaltos, los salvajes mataban a los hombres, vejaban a las mujeres; a los niños pequeños los estrellaban contra el suelo y a los mayorcitos los reservaban para la guerra: los adiestraban y utilizaban como combatientes.
-Si llegan a venir -aleccionaban mi madre-, no te preocupes: a nosotros nos matarán, pero a ti te vestirán de gamuza y plumas, te darán tu caballo, te enseñarán a pelear y un día podrás liberarte.
(…) Si vienen los apaches y te llevan consigo, tú nada temas, vive con ellos y sírvelos, aprende su lengua y háblales de Nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros y por ellos, por todos los hombres. (…) Lo demás se irá arreglando solo. Cuando crezcas un poco más y aprendas a reconocer los caminos, toma hacia el Sur, llega hasta México, pregunta allí por tu abuelo, se llama Esteban (…); te presentas, le dará gusto verte; le cuentas cómo escapaste cuando nos mataron a nosotros… Ahora bien, si no puedes escapar o pasan los años y prefieres quedarte con los indios, puedes hacerlo; únicamente no olvides que hay un solo Dios Padre y Jesucristo, su único hijo…

(José Vasconcelos, Ulises criollo)

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