Musto pleni

Pentecotésd, por el Greco

Viene en el segundo capítulo del libro de los Hechos. A los discípulos se les habrá pasado ya el embobamiento de la Ascensión (“¿Por qué siguen mirando el cielo?”); la cara que ahora tienen probablemente sea un mudo “Y ahora, ¿qué?”. La misma que tres de ellos debieron de tener cuando bajaban del monte Tabor. Y pocos días después, el Espíritu que irrumpe. Viento, lenguas de fuego sobre sus cabezas. Se les abren los labios y el entendimiento, y así salen no solo hablando idiomas extraños, sino sobre todo sabiendo ya qué es lo que tienen que anunciar al mundo. Y, más raro todavía, se les debe de ver locos de alegría, puro entusiasmo en esa babel donde ya todos se entienden. Tanto que muchos que los miran se burlan y dicen de ellos que “están llenos de vino”.

Se suele hacer difícil escoger una lectura del Nuevo Testamento para los matrimonios. Es muy socorrida 1 Corintios 13, extrapolando el amor al prójimo al amor de los esposos: un amor que en cambio no basta a muchos para tolerar Efesios 5, que hay oídos muy delicados. Puestos a extrapolar, unos amigos míos eligieron para su boda el pasaje de los Hechos que he contado. Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. Llega y todo se ve ya claro. Todos borrachos de felicidad. Cómo decir mejor que así empiezan los esposos una buena vida juntos.

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