“Match Point”: citas y ecos

Crimen y castigo

Más difícil que mi desdén por el cine bélico es confesar que no he disfrutado tanto de las películas de Woody Allen que he llegado a ver. Habré tenido mala suerte, pero en materia de ocurrencias me parece un artista demasiado por debajo de su admirado Groucho Marx; y en hondura reflexiva, de una superficialidad como de Santiago Roncagliolo (tómese como un elogio para el novelista peruano). Quiero decir que, por ejemplo, para las moralejas que ensarta al final de Hannah y sus hermanas (si te angustia la existencia, vete al cine) o de Zelig (sé tú mismo y no quien te digan), creo que no hace falta la hora previa de metraje: hay series infantiles que llegan a la misma conclusión en menos tiempo.

En la misma superficie chapotea el gusto de Woody Allen por las referencias culturales: el cameo de Susan Sontag o de Marshall McLuhan para hacer un chiste, los disfraces de Groucho para que se vea que lo admira, su mención del cine sueco para que se note que prefiere el cine europeo me sugieren ese tipo de erudición de película comercial en el que, para identificar como “culto” a un personaje, se le hace soltar un latinajo a lo rosa rosae en el momento adecuado (o menos inoportuno), y sentada esa base, a otra cosa mariposa.

De esto no se escapa ni Match Point, y escribo ni porque es una de mis favoritas, tan seria como es. En ella, no basta que el advenedizo tenista que interpreta Jonathan Rhys Meyers se deshaga limpiamente de su amante y de paso también de su vecina. Tampoco la simulación de robo con que encubre el crimen, ni el sentimiento de culpa que luego lo persigue. No: tiene que aparecer leyendo previa y ostensiblemente Crimen y castigo.

Yo otras referencias que prefiero de Match Point, porque vienen sin cita explícita, son a Hitchcock. Me acordé de Llamada fatal* (algo también de Extraños en un tren) por su identificación entre el mundo del tenis y el arribismo social, y también, sobre todo, porque el crimen se ve resuelto gracias a una “iluminación” antes que a un riguroso análisis de las pistas.

En la película de Alfred Hitchcock, el novelista Mark Halliday (interpretado por Robert Cummings) propone al extenista Tony Wendice incriminarse para salvar de la pena de muerte a su esposa Margot (Grace Kelly, la falsa culpable de turno). Este debería fingir haber contratado a un asesino para entrar en la casa y asesinar a Margot, y ella lo habría matado en legítima defensa. Tan retorcido plan es digno de las novelas de misterio que escribe Halliday, pero se da el caso de que (como sabe el público, y también Wendice que escucha con cara de Ray Milland, o sea de cínico imperturbable) coincide con la exacta verdad de los hechos.** De manera que nos quedamos más inquietos por el acierto que, a lo que se ve, el propio novelista cuando va intuyendo que su fantasía dio en el clavo. Solo lo separa de su demostración un pequeño objeto que será la prueba definitiva: el duplicado de la llave que Milland habría facilitado al frustrado asesino.

La intuición tan certera como inverosímil la pone en la película de Allen el detective Banner (James Nesbitt), que irrumpe en la oficina hecho un eureka y reconstruye ante su compañero, de carrerilla, la ejecución y móvil del crimen que están investigando. Claro que en este caso, salvo para el espectador, la verdad seguirá oculta: el pequeño objeto y prueba definitiva, en este caso un anillo que formaba parte del botín del falso robo, acaba en el lugar equivocado y desviando la sospecha del auténtico homicida.

Cabe, por supuesto, la posibilidad de que el parecido no sea implícito como digo, sino más bien inconsciente (en un autor a quien tanto preocupa el psicoanálisis, como por cierto al propio Hitchcock de una manera menos cómica). O que haya sido meramente casual, y yo esté aquí haciendo un ejercicio de imaginación crítica al estilo del escritor Hallyday y el detective Banner. En todo caso, mejor alumbrar sospechas sobre el acogedor mundo de la ficción que incubarlas día a día sobre la más aún criminal realidad.

Match Point

*Crimen perfecto en España: cualquiera de los dos títulos aventaja al inglés Dial M for Murder.

** Nuevamente, ante la invocación de Woody Allen comparece Jardiel Poncela:

EL LECTOR: ¡Atiza!

EL AUTOR: ¿Ocurre algo?

EL LECTOR: No, nada… Que esas casualidades no se producen más que en las novelas…

EL AUTOR: ¿Y esto qué es? ¿Un libro de álgebra?

(De ¡Espérame en Siberia, vida mía!)

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Un pensamiento en ““Match Point”: citas y ecos

  1. “ese tipo de erudición de película comercial en el que, para identificar como “culto” a un personaje, se le hace soltar un latinajo a lo rosa rosae en el momento adecuado (o menos inoportuno), y sentada esa base, a otra cosa mariposa”…
    se me hace raro mezclarla con Woody Allen, pero me has hecho recordar “La Roca”, y el “Timeo Danaos et dona ferentes” con que Sean Connery saluda a Nicolas Cage. Este entiende la cita y eso les ayuda a congraciarse, aunque luego se les ve más ocupados repartiendo mamporros que comentarios a Virgilio.

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