Lector a dieta

Mientras que conozco algún que otro exquisito para quien los placeres físicos y los intelectuales ni retóricamente se pueden comparar, a mí en cambio me suelen resultar comparables, idénticos y vecinos hasta el suspiro final.

El arte es alimento, y la sensibilidad admite variables gustos e intensidades: para unos el almuerzo sólido y completo, para otros la cena que hace una fiesta de la noche, para otros el buffet variado y ambulante, para otros el picoteo de papitas y almendrucas.

Del mismo modo, ocurre que en la asimilación de cultura (aquí, de letra impresa) se cambia no solo de gustos, sino también de necesidades. En mi caso, he atravesado un periodo lejos de alimentos refinados, o sea de lectura literaria, lo cual debe ser grave en quien se dedica a lo que yo me dedico. Culpo a la falta de tiempo para su cocina, paladeo y digestión. A ver quién se lee un Plinio o un Roth a ratos antipáticamente breves y siempre amenazados de interrupción, cuando uno espera demorarse en matices de concepto y de lenguaje. Armado del inevitable lápiz, por supuesto, para dialogar apasionadamente con cada página.

El lector marginal y hasta furtivo debe buscar soluciones. Hay una que ya ensayé otras veces: abordar lecturas en la que no hay pretensiones (o expectativas) de estilo y profundidad, pero sí de puro entretenimiento. Bestsellers varios, obras “de género”… Sin embargo, ha dejado de funcionarme. Debo de haber desarrollado alguna variante del síndrome de Stendhal que me provoca mal humor, e incluso incomodidad física, ante el texto que juzgo de estilo plano o descuidado. O será que he asumido mi condición de hombre casado hasta el punto de que, en literatura, también aspiro solo a relaciones sólidas y perdurables, en lugar de aventuras pasajeras con libros que, una vez conocido el final y perdido un largo tiempo para llegar a este, ya no querré volver a ver.

La solución la he encontrado en otro tipo de libros que consumo con voracidad y, sobre todo, digestiva rapidez: manuales, estudios, ensayos más o menos eruditos… con la condición de que no tengan que ver con mi actividad profesional. Pongamos que historia, mejor si más remota, o cine o catolicismo. Me explico: prefiero el Asimov divulgador de Constantinopla, el imperio olvidado, que no me hace pensar más que en Constantinopla, antes que el cientificticio de Yo, robot con sus sorpresas rutinarias (un robot se comporta raro — los humanos lo observan y discurren — tachán, así que era eso).

Como digo, ahora sí que he vuelto a devorar libros. En cualquier momento y lugar vuelvo a tener uno a mano, y ya despreocupado de desentrañar símbolos o de dar con un vocabulario insípido. Confiando a mi sola memoria una información que me encanta obtener pero que no necesito para nada, y saltándome cada fragmento que me aburre.

Eso sí, siempre con un lápiz a la mano. Por si acaso.

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