El racismo en los tiempos del biberón

Princesas Saga

Échenle la culpa a La mancha humana, que como buena experiencia artística he seguido teniendo presente considerable tiempo después de haberla terminado de leer. O a que haya vuelto a tropezarme con algún folleto navideño de Saga Falabella, con aquella propaganda de niñas rubitas que provocó una polémica más estúpida que ociosa. En todo caso, comparto aquí tres vivencias del racismo que en racimo se me han venido a la cabeza, e involucran de tal o cual manera al sector de la sociedad más frágil, adorable y cuchicuchi.

1)

Domingo y verano hacen juntos una mala circunstancia para bañarse a la piscina del Club Grau. La natación se convierte en imposible, al menos en línea como que recta. La concentración de bullosa carne humana vuelve menos refrescante el chapuzón y obliga a hablar a gritos incluso en distancias cortas. Pero allá estaba yo, heroico padre, vigilando sin descanso -que bien que lo añoraba- a mi parva pero inquieta progenie.

La mayor de mis vástagas emergió para mostrarme el precioso hallazgo de unas gafas de natación, inequívocamente masculinas según los estándares peruanos (o sea, de color azul). Yo opiné, más que sugerí, que habría que buscar al dueño, y ella se lo tomó imperativamente en serio. Surcaba las aguas preguntando a cada niño que encontraba, y eran muchos, si eran suyas las gafas aquellas. Yo espiaba observaba de lejos su búsqueda implacable.

Finalmente, se interesaron por su caso un par de caballeros en quienes se notaba ese talante grave y experiencia de la vida que solo se adquieren al cumplir los diez años. Las gafas tampoco eran suyas, pero se pusieron a discurrir sobre a quién podrían preguntarle. En pleno discurrimiento, uno de los dos señaló unos metros más allá para sugerir:

— Yo creo que pueden ser del chico de allá, ese que tiene el pelo normal…

El otro se volvió para corregirlo con indignación:

— ¡Negro!

El bullicio piscinero me impidió seguir al detalle la discusión en que pasó a convertirse tanto discurrir.

2)

La gestualidad es traidora por sí misma, y no digamos ya en un diálogo intercultural. Me di cuenta cuando, ante mi incapacidad para decir en inglés “ojos rasgados como los habituales en los individuos de origen genético en el extremo oriental del Asia”, me limité a llevarme un índice a cada rabillo del ojo. Mi interlocutora estadounidense me advirtió muy seriamente que el gesto, en su país, era considerado racistamente ofensivo. Por si me había parecido exagerado, en 2008 la entonces espléndida selección española de baloncesto fue vilipendiada por la prensa anglófona a causa de su al parecer denigrante gesto de amistad a China.

Selección española en Pekín

Estas experiencias me habían puesto en guardia para el frecuente trato con estudiantes chinos en la Universidad de Piura. Pero un día que se celebraba en el Instituto Confucio la Fiesta de Medio Año, me vi rodeado de jóvenes chinas que se interesaban por mi bebé recién nacida. Yo les mostraba sus fotos y se ponían como locas de contento. Y una de ellas exclamó emocionada, llevándose cada índice al rabillo ocular respectivo: “¡Y tiene los ojos así!”.

3)

Como en el tercer caso del detective Auguste Dupin, aquí ya no hay participación personal sino solo comentario de la prensa. Es también noticia vieja: un muchacho de familia famosa armaba escándalo en el cine, y acabó intercambiando golpes con la pareja furiosa que se atrevió a reprenderles. La anécdota no hubiera tenido la repercusión que tuvo de no haberse el chico referido a sus reprensores como “serranos”, y ahí sí que dio que hablar por unas cuantas semanas.

El chico no tenía por qué ser ningún vándalo, que cualquiera tiene un mal día o un mal pronto, y es muy posible que sus padres lo corrigieran después como es debido. Pero, si la responsabilidad educadora hubiese sido exclusivamente de la prensa, la conclusión que podría haber sacado el protagonista es la siguiente: “Falta el respeto al público del cine si te place. No les dejes ver la película en paz. Ensucia y grita, llámales imbéciles, cojudos, hijos de puta o lo que sea, siempre y cuando no tenga que ver con su color de piel. El racismo es el único signo de incivilidad que atrae la atención mediática”.

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