“El polvo de las sandalias”: diario y literatura

Para mayor comodidad, transcribo.

Para mayor comodidad, transcribo.

Publica nuevo libro Víctor Hugo Palacios, notable escritor y filósofo piurano, profesor en la USAT de Chiclayo. Una nueva muestra de un género que cultiva con especial maestría y profundidad: el diario.

Muchos no suelen considerar el diarismo como “literatura”, quizá por entenderlo como un mero registro de actividades cotidianas, especie de agenda retrospectiva que solo interesa al egocéntrico o al chismoso. Será por eso que no abundan diaristas en nuestra literatura… salvo tal vez en el blog, que hoy día es un escenario buena escritura. “El polvo de las sandalias” podría interpretarse como un blog paciente, e impreso porque el océano de internet al final solo garantiza pérdida y olvido. La presencia de las fechas, por otra parte, recuerda tanto el paso del tiempo como su relatividad: como en la propia vida, nunca se pasa página de manera definitiva.

El tema general de “El polvo de las sandalias” es el viaje. No la enumeración de lugares exóticos con que a veces se confunde la literatura viajera: de hecho, la gran mayoría son excursiones regionales, playeras o serranas. Víctor Palacios reflexiona lúcidamente sobre la importancia formativa de viajar, que no reside en la acumulación de kilómetros sino en cómo el contacto con lo imprevisto nos ayuda a conocernos. El viaje planificado, aunque placentero, no es lo mismo: sería un contrasentido hablar de “turismo de aventura” (de hecho, descubrimos frecuentemente en el libro que la frustración de planes puede conducir a inesperados placeres).

Un diario no se diferencia de la poesía o el relato en cuanto que se publica con la voluntad de ofrecer a sus desconocidos lectores la propia perspectiva de entender el mundo, en lugar de guardarla para sí o para unos pocos contertulios. Solo se guarda lo que se da, dicen los sabios y los santos; el autor nos lo recuerda en su prólogo: “no es posible poseer de lleno esos tesoros de otro modo que desprendiéndonos de ellos y arrojándolos al mundo por medio de palabras que no vuelven”. El primer capítulo identifica los dos extremos entre los que toda persona (y todo escritor, puede que más) debe buscar el equilibrio: la hinchazón del ego hasta confundirlo con la única realidad, o la pérdida de la individualidad para diluirse con un mundo que imita falsos modelos. Sobre esto último, Víctor Palacios muestra su elegante buen sentido para poner en tela de juicio lugares comunes: su elogio del mar desde las ciudades y no solo desde playas solitarias; su defensa de las fotos de puro paisaje frente a la compulsiva búsqueda del ‘selfie’, o su preferencia en plenos Andes por escuchar música moderna o por llevarse a la boca un caramelo de eucalipto en vez de una hoja de coca.

Pese a la presencia de ese punto de vista personal, en “El polvo de las sandalias” importa menos la anécdota (el autor no es ningún famosuelo cuya vida interese a las masas) que su valor objetivo para enriquecer la propia realidad del lector. De hecho, se cede la voz con frecuencia otros autores: el recurso a la cita representa todo un signo de humildad por parte de quien reconoce lo que debe a quienes encuentra, con quienes conversa… y también a quienes lee. Sobre la relación entre el hombre y la lectura, llamo la atención sobre el relato “El pequeño lector”, donde el héroe se ve abocado al fracaso por buscar en los libros el medio de apartarse del mundo y no de comunicarse con él, que es lo que hubiera hecho un “gran” lector.

La prosa de Víctor Palacios es cuidada y excelente. Quien goce de la propia plástica de las palabras tiene en estas páginas alimento de sobra, resultado a veces “tan solo” de la diestra colocación del verbo, el adjetivo o sustantivo más preciso y a la vez inesperado: “celebraba el acto de pasear”, “la convalecencia de los minutos crepusculares”, “el oxígeno irreal, lítico” de los Andes… Hay espacio, además, para la buena ficción narrativa: con más o menos arraigo en la vivencia personal, el libro reúne un buen puñado de cuentos y microcuentos como, entre otros, el mencionado “Pequeño lector”, “El primer cliente” o los que integran el “Tríptico de locos” o el “Retablo de taxistas”. Pero, en definitiva, su voluntad y altura artística se revela en la busca de magnificar las realidades efímeras: amistades breves que resultan más felices y fecundas que otras de años, o instantes de felicidad que sobreviven gracias a la palabra o el retrato. En cierto pasaje, el autor se narra intentando con su cámara que cierto paisaje “no muriera jamás”: es más o menos también lo que sucede con el diario, obra sin proyecto de acabarse porque se confunde con la vida mejor que ninguna otra.

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