Gálvez el de las máscaras

Las máscaras del héroe

Juan Manuel de Prada alumbra nueva novela , sobre esas Filipinas coloniales que tan poco han interesado a la literatura española (excepciones en el siglo XX: el dúo Fernández de la Reguera-March, que no sé qué tal sería, y Jorge Ordaz con sus muy apreciables La Perla del Oriente y Perdido Edén).

La noticia, y un par de papeles oportunos a mano, me llevan a otro extremo. O sea, del extremo oriente y principios del siglo XXI a la primera narración larga de Prada, Las máscaras del héroe (1996). Por razones diversas, a veces incluso literarias, al autor aún no lo habían borrado de la lista de promesas de la intelligentsia cultural hispana. Además, el tema histórico-literario de moda no era en ese momento ni el desastre del 98, ni el maquis, ni la represión de posguerra, ni la División Azul, ni la Transición, sino la bohemia madrileña. Es decir, que las librerías se abarrotaban de ediciones sobre una pléyade de extravagantes escritores, conocidos en los años 20-30 pero que luego eclipsaron otros nombres en los manuales de literatura, y ya no recordaron más que cuatro eruditos que ocasionalmente se dedicaron a rescatarlos.

Es lo que hizo Prada con Las máscaras, libro que a mí me pareció insatisfactorio pero espléndidamente escrito (el estilo es el hombre, se ha dicho, pero ese hombre no siempre es novelista). Entre todos los personajes reales y ficticios que pululan por la historia, en todo caso, es difícil de olvidar el sombrío retrato protagonista, el poeta y periodista Pedro Luis de Gálvez. Hiperbólico y abyecto, criminal y simpático, lo certera que podía llegar a ser la semblanza de Prada* me lo reveló años después la lectura de un testimonio real sobre Gálvez. Está en el diario de un novelista y diplomático mexicano, Federico Gamboa (de quien tendré que hablar más otro día), que registraba en Bruselas el 18 de marzo de 1913:

Irrupción inopinada, en mi gabinete de trabajo, de Pedro Luis de Gálvez, periodista madrileño y benévolo crítico de mi Reconquista, a la que juzgó el año de 1910.

“¡Maestro, buenos días!”

Y con nerviosa charla recuérdame que nos vimos en Madrid; ¡me participa que se halla camino de Rusia!; me muestra su pasaporte; me confía al fin su odisea; una estupenda historia de abandono conyugal por parte de su esposa, joven y “extraordinariamente bella”, a la que Gálvez amaba y ama con locura –cuyo paradero ignora y mucho se alegra de ello-, pues, de saberlo, iría a matarla; me habla de un duelo con el seductor, a quien hirió de gravedad…

¿Será cierto?

Traíame una carta (…) huele a timo, que apesta.

Y celebra conmigo una interviú en toda forma, con preguntas y respuestas que Scribe en su carnet; lee el prólogo de  La confesión de un palacio; alaba mi gabinete de trabajo; se fuma un pitillo egipcio que le brindo: infórmame de la crónica matritense. (…)

Qué sé yo cuánto más me charla… necesita que yo le ayude en Amberes, donde contaba hallarse con un giro; nada…

En cantado, y aun a trueque de pasar por primo, le doy un modestísimo billete de 20 francos.

-Éstos, se los devuelvo a usted yo…

-Van sin devolución, hombre, para que corra usted el temporal…

Y no obstante que asegúrame marcharse mañana, promete venir, antes, a despedirse…

¡Desengaño inmediato! Sé, esta misma tarde, que mi simpático Gálvez se acercó, con idénticos fines y narración idéntica en lo sustancial, ¡al secretario de la legación argentina!

¡Ah bohemios madrileños incorregibles!

Don Federico Gamboa

Don Federico Gamboa

Pedro Luis de Gálvez

Pedro Luis de Gálvez

* (Tanto, que llegué a enviarle a Juan Manuel de Prada una copia del texto de Gamboa,  preguntándole que si ya lo conocía de antes. Me contestó que no).

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