La vuelta a Martín Fierro

Masrtín fierro piel

Los políticos de la Casa Rosada todavía no revelaban como en el siglo XXI todo su torrencial talento para arruinar naciones prósperas. Por tanto, los restaurantes argentinos eran aún raros en España. Sin embargo, yo crecí en un retazo de Asturias sembrado de parrillas con nombres de eco bronco, como “La Fusta” o “Gaucho Fierro”.

De este último personaje me seguía topando referencias tentadoras, por ejemplo en las páginas de Petete, revista infantil auspiciada por García Ferré, ese Walt Disney criollo. O en aquella bella edición con tapas de cuero labrado en casa de mi padrino. O las tiradas de coplas hernandianas que ocasionalmente nos recitaba José Antonio Noval, inolvidable profesor de Latín y Literatura en secundaria.

Finalmente piqué, y como consecuencia, de tentado me convertí en apologista. El examen de la Universidad donde me cayó el Martín Fierro como pregunta 2 (¡la 1 fue sobre Bernal Díaz!) debe de haber sido el más brillantemente resuelto de mi vida. Como profesor de Literatura Hispanoamericana –hace mucho, o sea-, lo he recomendado a mis alumnos, y todos los que se han atrevido con él lo han terminado con un placer que ni esperaban cuando, al abrirlo por primera vez, me venían a gruñir desconfiados que aquello “estaba en verso”.

Por tanto, recomiendo una vez más.

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