La Odisea, poema de la hospitalidad

(Pedazo de conferencia en el Ilustre Colegio de Abogados de Piura, el pasado 26 de mayo)

Ulises y los pretendientes (de ual)

De los poemas de Homero, la Iliada es un texto de ecos culturales más antiguos que su presunta continuación. En el poema de la guerra de Troya y de la cólera de Aquiles, los dioses se muestran no diré que desinteresados del destino de los hombres, pero sí que interesados en él de una manera caprichosa. Podríamos ver allí un reflejo del paganismo más esencial, en que las fuerzas naturales son tan indiferentes a la interioridad del ser humano como implacables al reclamar lo que les corresponde.

De la Odisea, aventura particular frente a la gran empresa “nacional” de Troya, nos interesa en cambio que los dioses aparecen como garantes de la moralidad, las leyes y la convivencia. Ya no son meros ejecutores de un arbitrario destino superior a sus fuerzas, ni tampoco indiferentes al peso moral de las acciones humanas. En el primer canto del poema, donde los dioses deciden de común acuerdo favorecer el retorno de Ulises, el propio Zeus se lamenta de la siguiente manera:

¡Ay, ay, cómo culpan los mortales a los dioses! Pues de nosotros, dicen, proceden los males. Pero también ellos por su estupidez soportan dolores más allá de lo que les corresponde.

Aunque entre los personajes de la Odisea surge ocasionalmente el temor a los dioses arbitrarios de la Iliada, hasta el final se impone el criterio de una divinidad que procura el bien y aprueba que los hombres busquen vías de solución justa a sus conflictos. Se demuestra en el último episodio del poema, cuando los familiares de los pretendientes ajusticiados por Ulises acuden a vengarse. Cuentan los últimos versos:

Se lanzaron sobre los primeros combatientes Odiseo y su brillante hijo y los golpeaban con sus espadas; y habrían matado a todos y dejádolos sin retorno si Atenea, la hija de Zeus portador de égida, no hubiera gritado con su voz y contenido a todo el pueblo:

«Abandonad, itacenses, la dura contienda, para que os separéis sin derramar sangre».

Así habló Atenea y el pálido terror se apoderó de ellos; volaron las armas de sus manos, aterrorizados como estaban, y cayeron al suelo al lanzar Atenea su voz. Y se volvieron a la ciudad deseosos de vivir.

Gritó horriblemente el sufridor, el divino Odiseo y se lanzó de un brinco como el águila que vuela alto. Entonces el Cronida arrojó ardiente rayo que cayó delante de la de ojos brillantes, la de poderoso padre, y ésta se dirigió a Odiseo:

«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, contente, abandona la lucha igual para todos, no sea que el Cronida se irrite contigo, el que ve a lo ancho, Zeus.»

Así habló Atenea; él obedeció y se alegró en su ánimo. Y Palas Atenea, la hija de Zeus, portador de égida, estableció entre ellos un pacto para el futuro, semejante a Méntor en el cuerpo y en la voz.

La diosa Atenea interviene, como tantas veces a lo largo de su viaje, para salvar a Ulises, pero también para contenerlo: el rey ya ha recuperado lo que es suyo y debe por tanto reinar la paz, para lo cual se establece un pacto de convivencia bajo garantía divina. De otro modo, el ajuste de cuentas por la violencia, nunca con saldo a gusto de ambos litigantes, podría haberse prolongado indefinidamente, pero en algún momento es necesario poner punto final.

Retrocedo hacia otro aspecto del derecho en la Odisea, tal vez el más importante.

Los poemas homéricos reflejan una sociedad pequeña y aristocrática. El mayor rey es rey de una ciudad, pero al mismo tiempo ara sus campos. Gobernar un pueblo no se aparta tanto de gobernar una hacienda o una familia, así que una de las primeras normas de la comunidad, el primer deber y el primer derecho que se asume hacia los demás es el de la hospitalidad. El huésped es sagrado; al forastero se le acoge y da socorro. La Odisea, poema de un largo viaje, donde la condición del hombre es la de un perpetuo forastero, es también y en consecuencia poema de la hospitalidad y los valores familiares.

Recorramos por encima la historia relatada: Telémaco halla hospitalidad en la corte de Menelao y en la de Néstor; Ulises en la de Eolo o en la de Alcínoo. Este último caso es especialmente importante porque Ulises se presenta entre los feacios sin dar a conocer su identidad, solo y desnudo, y sin embargo se ofrece un banquete en su honor. El festejo se interrumpe cuando el rey Alcínoo descubre al invitado inesperadamente triste: no sabe que, en medio de la alegría general, ese náufrago que por no tener no tiene ya ni nombre ha escuchado al poeta cantar el episodio más glorioso de su vida, la destrucción de Troya:

Escuchad, caudillos y señores de los feacios. Que Demódo­co detenga su cítara sonora, pues no agrada a todos al cantar esto. Desde que estamos cenando y comenzó el divino aedo, no ha dejado el huésped un momento el lamentable llanto. El dolor le rodea el ánimo.

«Vamos, que se detenga para que gocemos todos por igual, los que le damos hospitalidad y el huésped, pues así será mu­cho mejor. Que por causa del venerable huésped se han prepa­rado estas cosas, la escolta y amables regalos, cosas que le entregamos como muestra de afecto. Como un hermano es el huésped y el suplicante para el hombre que goce de sensatez por poca que sea.

La última hospitalidad que recibe Ulises, bajo la apariencia de mendigo, es la de su propia casa, donde hasta el visitante más humilde merece la atención del rey que mantiene viva su digna esposa Penélope.

Por el contrario, los personajes antagónicos de la Odisea no son hospitalarios: hay trampas escondidas tras el agasajo de Circe o de los lotófagos; Calipso más bien se pasa de hospitalaria (retiene a Ulises a la fuerza y le llega a ofrecer la inmortalidad). Los pretendientes abusan de su condición de invitados al consumir la hacienda de Ulises e ignorando la autoridad de Penélope y su hijo Telémaco. Por último, la máxima vulneración de los derechos del huésped reside en el enemigo más conocido de Ulises: el cíclope Polifemo. El héroe y sus compañeros, exploradores perdidos, se introducen en la cueva donde habita y guarda sus rebaños el gigante. Este los hace prisioneros con el fin de devorarlos, aunque la mayoría se salvará gracias a la astucia del rey de Ítaca. Este ofrece vino a Polifemo y sostiene, en el momento crítico de la borrachera del cíclope, la siguiente conversación:

“Dame más de buen grado y dime ahora ya tu nombre para que te ofrezca el don de hospitalidad con el que te vas a ale­grar. (…)

Así habló, y yo le ofrecí de nuevo rojo vino. Tres veces se lo llevé y tres veces bebió sin medida. Después, cuando el rojo vino había invadido la mente del Cíclope, me dirigí a él con dulces palabras:

“Cíclope, ¿me preguntas mi célebre nombre? Te lo voy a decir, mas dame tú el don de hospitalidad como me has pro­metido. Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman mi madre y mi padre y todos mis compañeros.”

Así hablé, y él me contestó con corazón cruel:

“A Nadie me comeré el último entre sus compañeros, y a los otros antes. Este será tu don de hospitalidad.”

Ante una respuesta como esa, no cabe duda de que Polifemo se merece cualquier cosa que le pueda hacer Ulises. El cíclope falta a la ley más sagrada del hogar, la hospitalidad, y además hace escarnio de ella.

Pero, ¿quiénes son los cíclopes? En el imaginario popular, son feroces gigantes dotados de un solo ojo en mitad de la frente. Quien esté un poco más versado en la mitología griega, tal vez tenga la idea de que se trata de colosos sometidos por los dioses, identificados con las fuerzas primordiales de la naturaleza. Sin embargo, Homero nos los presenta en la Odisea de una manera distinta:

… llegamos a la tierra de los Cíclopes, los soberbios, los sin ley; los que, obedientes a los inmortales, no plantan con sus manos frutos ni labran la tierra, sino que todo les nace sin sembrar y sin arar: trigo y cebada y viñas que producen vino de gordos racimos; la lluvia de Zeus se los hace crecer. No tie­nen ni ágoras donde se emite consejo ni leyes; habitan las cumbres de elevadas montañas en profundas cuevas y cada uno es legislador de sus hijos y esposas, y no se preocupan unos de otros.

Como podemos apreciar, en un mismo discurso se nos refiere cómo los cíclopes son un pueblo atrasado –subdesarrollado diríamos hoy-, que vive de lo que recolecta porque no sabe cultivar la tierra, que habita en cuevas porque no sabe construir casas… y este atraso está inseparablemente unido al hecho de tratarse de un pueblo “sin ley”, que no rige ni gobierna más allá de quienes ocupan su caverna ya que no son capaces de reunirse en una comunidad más grande, de formar un ágora en la que poder discutir los asuntos de interés común y tratar de darles orden y solución. No puede ser hospitalario quien no está civilizado, porque esta cualidad supone antes que nada, repito, “preocuparse unos de otros”.

Mosaico Ulises Polifemo

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