El trono y la aventura

La historia europea del siglo XIX produjo dos tipos humanos trascendentales. Uno pasivo: el del príncipe de encargo. Miembro de rancia y fecunda dinastía, asciende a un trono recién creado a fin de lograr el consenso entre los intereses de los poderes locales y las grandes potencias. Aquel nuevo invento de las repúblicas era todavía demasiado inestable (los experimentos, con gaseosa); ante el demostrado revuelo continental que podía levantar la coronación de un advenedizo como Bonaparte, mejor dejarlo en manos de individuos sanguíneamente preparados para empuñar el cetro. Sobraban en Europa tanto naciones emancipadas como príncipes sin trabajo, Leopoldos para Bélgica, Otones y Jorges para Grecia, Fernandos para Rumanía, Amadeos para España…

El segundo tipo que propongo es activo, de los que hacen historia para que se beneficien, a veces, los primeros. Me refiero al aventurero que fija sus sueños y ambiciones en las tierras vírgenes (de la explotación del hombre blanco) y consume allí su vida. No se harán llamar reyes, pero a veces actúan y hasta se sienten como ellos. Como a tales los llegarán a mirar los nativos de África y Asia, que les sirven con temor y reverencia. Cecil Rhodes, Henry Morton Stanley, los rajás de Sarawak, Charles George Gordon… una estirpe larga que cierran ya en el siglo XX Lawrence de Arabia y, con menos brillantez pero más eficacia, Glubb Bajá. La ficción la expande y multiplica, sin embargo, con ejemplos como los del Daniel Dravot de Rudyard Kipling (“El hombre que quiso ser rey”) o el tenebroso Marlowe imaginado por Joseph Conrad.

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Gran película, por cierto

Por su lado, América acogió a un personaje histórico intermedio entre ambas categorías: el archiduque Maximiliano de Austria, emperador de México. Vivía la pasión del viaje, y podría haberse dedicado a ser tenaz explorador como lo fue luego el italiano duque de los Abruzos, pero también quiso reinar. No es este su único rasgo inquieto y fronterizo: liberal en Austria pero conservador en México (menos para los perplejos conservadores que le ciñeron la corona), visionario de un nuevo México o títere de Napoleón III, encarnación germánica del ideal bonapartista de “latinidad”, monarca que dictó para los indígenas mexicanos leyes más benévolas que la ferocidad igualadora del Estado liberal. Ambicioso y con grandes proyectos personales pero supeditado a intereses en México y París. Tanta paradoja no garantiza mucha estabilidad.

En el panteón nacional mexicano, tan rico en figuras malditas, ha sido la única capaz de configurar un mito. Presidentes y caudillos ha habido en el país que ya quisieran haber dejado, con más apoyo y más arraigo, la huella que este en buena medida enigmático príncipe de barbas de oro. Para empezar, en la literatura, que hace pervivir el mito incluso por someterlo a crítica en nuestros mismos días. Hay también lugares de México que le deben su singularidad, como los jardines de Borda, en Cuernavaca, y en la capital la avenida de la Reforma o el palacio de Chapultepec. Por último, está detrás la estampa universal del mariachi y su luminoso traje de charro, que, dignificando la indumentaria campesina, se hizo confeccionar Max para mostrar su adaptación a la nueva patria (mientras, los prohombres liberales, indios o mestizos, se empeñaban en llevar levita y chistera a la europea).

Fusilamiento de Maximiliano de México, por Monet (de http://www.elarteporelarte.es)

 

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