Humildad

Desde hacía muchos años, la indicación del Jardín del alma, “Ponte en presencia de Dios”, se había convertido para Guy en un mero acto de respeto, como firmar en el libro de visitas en una embajada o en el palacio del gobernador. Solía presentarse en su puesto diciéndole a Dios: “No te pido nada. Estoy aquí por si me necesitas. No creo que te pueda ser de ninguna utilidad, pero si hay algo que pueda hacer, házmelo saber” y lo dejaba así.

“No te pido nada”, esa era la esencia mortal de su apatía. (…) El entusiasmo y la actividad no bastaban. Dios exigía algo más: había ordenado a todos los humanos que pidieran.

(Evelyn Waugh, Rendición incondicional. Trad. de Carlos Villar Flor)

 

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