El séptimo pasajero

Vivía yo una rara tarde de domingo. Ociosina como las de otros tiempos, de esas en las que solo me tentaba el pasármela tumbado cual caimán en plena digestión.

Sin embargo, acostumbrarse al dolce far niente cuesta más de lo que parece. A los pocos minutos me hormigueaba un vago sentimiento de culpabilidad, en forma del eco de la voz de mi mamá. Allí estaba, repitiéndome aquella sabia consigna del catecismo escolar:

“Contra pereza, diligencia”.

No pude más. Me levanté heroicamente del sofá –a ver quién dice que no a esas voces o esos ecos– y metí en el reproductor de DVD La diligencia de John Ford. Otra vez repatingado en el sofá, di al play.

Años llevaba sin volver a esta película en su día tan familiar. A los hijos de la televisión española de los 80 (que era solo Televisión Española) nos suministraban altas dosis de cine norteamericano clásico. Tal vez fuera una consecuencia del subdesarrollo del medio en nuestro país: bendito subdesarrollo.

Entre un montón de cosas más, Italo Calvino afirmó que toda lectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera, y en este sentido La diligencia no desmintió su categoría de clásico. Menos ávido de argumento, más presto a reparar en detalles, me di cuenta de hasta qué punto esta actitud alerta invertía algunos de los valores que yo más había apreciado en la película. Por ejemplo, mi memoria había sazonado de duración y vértigo extras el zoom con que John Ford, hombre de cámara casi siempre inmóvil, hacía aparecer al héroe de la historia. En cambio, muchos otros momentos mudos la película –miradas y distancias– me sorprendieron por su riqueza en significados. Cómo no me daba cuenta antes.

De los diálogos, atrajo mi atención el detalle del bilingüismo, escamoteado a los televidentes españoles por la práctica del doblaje, pero que representaba un inesperado pedazo de historia compartida: el español como lengua franca de los colonos para entenderse con los nativos, ya fueran indios, mestizos o criollos (casta esta última, que yo sepa, tan solo recordada en las rancias aventuras de “El Zorro”).

De cscottrollins.blogspot

De cscottrollins.blogspot

Y por último, de los personajes ninguno mereció en mi revisión tanto interés como Hatfield, el séptimo viajero en abordar la diligencia. Lo interpreta John Carradine, y cuesta reconocer en ese arrogante caballero al mismo actor que en Las uvas de la ira, también bajo batuta de John Ford, hacía del tierno y loco-lúcido Casy.

De doctormacro.com

Casy (de doctormacro.com)

Tras la amplia capa de Hatfield se esconden los mayores secretos de la historia: mientras que los motivos por los que cada pasajero parte de Tonto son explícitos y hasta prácticos, no queda tan claro por qué el tahur se ha unido al grupo. Evidentemente interesado por la señora Malory, su comportamiento es sin embargo el de un generoso protector antes que el de un donjuán. Pudiera ser que en ella esté buscando una compañía “a su altura”: varado en las cantinas, y a lo que se adivina jugador y pistolero afortunado, su  porte acicalado desafía el polvoriento entorno del oeste. Se va revelando luego (atención, que vienen destripoilers)* su pasado en el ejército, a las órdenes del padre de su protegida. Tal vez haya servido en las filas derrotadas de la Confederación sureña, cuya memoria reverencia, o bien haberlas abandonado antes de entrar en combate. Durante el asalto de los indios, Hatfield empuña el revólver y su rostro brilla de gozo salvaje, sin vestigio de sus delicadas maneras. Estremece también el uso desesperado que pretenderá dar a su última bala.

De www.imfdb.com (hay cada página...)

De http://www.imfdb.com (hay cada página…)

Una escena clave ha sido el reconocimiento por la señora Malory del vasito de plata en que su acompañante le ofrece de beber, donde está grabado el escudo de un apellido ilustre (Greenfield). Con cierta incomodidad, Hatfield (“Así me llaman”, es la oblicua respuesta sobre su apellido) dice haberlo ganado en una apuesta; sin embargo, las últimas palabras del jugador en su agonía intentarán un mensaje al juez Greenfield de “su hijo”.

Tal densidad de signos no resulta nada rara en John Ford, y acabará siendo particularmente sutil en Liberty ValanceThe Searchers. En algunos rasgos, el Ethan Edwards de esta última está prefigurado por nuestro marginal Hatfield/Greenfield, a quien a su vez dignifica ya como héroe (encarnado, no hace falta decirlo, por John Wayne). Este dota a La diligencia de toda su historia secundaria oculta: la de un hombre que, derrotado o desertor, vive bajo la vergüenza de haber deshonrado su apellido. En este último viaje hacia Lordsburg halla la oportunidad de redimirse, tal vez prestando un último servicio a su antiguo superior en la persona de su hija. Entre los pasajeros del carruaje más famoso de la historia del cine, John Carradine encarna a un personaje doblemente marginal, demasiado envilecido para unirse, como aspira, a la gente “bien”, pero también demasiado arrogante para juntarse con los “mal” (el alcohólico, el fugitivo, la prostituta). Quizá por ello Hatfield es el único de ellos a quien la muerte encuentra fatalmente, antes de que la diligencia alcance su destino.

*Aunque tratándose de un clásico, entiendo que todo el mundo lo sabe o debería saberlo aun sin haber visto la película. Esto no lo escribió Calvino, pero como si sí.

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