Lo malo que es marcharse

—¡Qué tristeza en la frente, querido Octavio de Roméu; qué lejanía en el mirar! —Estoy convaleciente de un viaje.

[Eugenio d’Ors,  Hambre y sed de verdad (1920), en Nuevo glosario]

Regresas de una larga y lejana ausencia al paso veloz de quien reconoce el lugar al que pertenece. Sientes sin embargo un vértigo de extrañeza ante cada diferencia que vas encontrando. Puede que halles a Papá aguardándote en el camino mismo a casa, para recibirte como si nunca hubieses estado fuera, pero siempre contarás en su cabeza unas cuantas canas más. Quizá Mamá no haya permitido que se mueva uno solo de los cojines de tu cuarto, pero fuera de esa realidad cristalizada, con más ya de decorado que de habitación, la vida ha proseguido su rodaje igual que lo ha hecho dentro de ti. Faltan muebles que ya no servían y encuentras nuevos cuadros. Muchos amigos se han marchado igual que tú, cerraron las tiendas y los bares de más toda la vida. Los niños están altísimos, pero han nacido otros.

Todo lo contrario sucede en la convalecencia, esa otra forma de regreso. El dolor es un largo viaje, escribió Luis Rosales. Sales del sufrimiento físico moviéndote con cautela y suavidad, tomando cada objeto con la delicadeza de quien teme hacerse añicos, o que estrena nuevas carnes que le vienen algo holgadas. Percibes con alarma cada pequeña tensión dentro del cuerpo, esa recién revelada bolsa de inmundicia donde ya conoces los estragos que puede causar la porción más pequeña de materia. Y miras todo a tu alrededor con una torpeza que es quizá incredulidad, porque ahí sí que todo parece seguir igual que estaba antes de enfermarte, que la entera naturaleza de las cosas ha permanecido indiferente a las terribles pruebas por las que ha pasado tu organismo.

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Un pensamiento en “Lo malo que es marcharse

  1. De Julio Ramón Ribeyro, La tentación del fracaso (diciembre 1965):
    “El dolor físico es el gran regulador de nuestras pasiones y ambiciones. Su presencia neutraliza de inmediato todo otro deseo que no sea la desaparición del dolor. Esa vida que recusamos porque nos parece chata, injusta, mediocre o absurda cobra de inmediato un valor inapreciable: la aceptamos en bloque, con todos sus defectos, con tal de que se nos dé sin su forma de vileza más baja que es el dolor. Porque éste nos recuerda nuestra más miserable condición animal: la del perro atropellado, la de la res en manos del matarife. Sólo cuando se va el dolor nos volvemos exigentes y empezamos a encontrarle peros a la vida. Pero el dolor regresa”.

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