El mundo es un tartán

Mi teleliteratura aventurera de los años 80 halló en Escocia un rincón fascinante. Entre el gran volumen que ocupaban las historias de vaqueros, exploradores o proscritos varios, se distinguían las de aquellos aldeanos que, aunque llevaran falda y se hicieran llamar jacobitas, a la menor provocación se ponían en pie de guerra. Armados con espada y rodela se arrojaban ferozmente contra los fusiles de los casacas rojas ingleses, a cuyo rey Jorge no reconocían por seguir al desterrado pretendiente de la vieja dinastía de los Estuardo.

Son fantasías que me quedan ya un poco lejos. En materia de cine, incluso, lamento tener más presente al melenudo y medieval Braveheart que a Secuestrado, Rob Roy o El señor de Ballantrae.

Son estilos diferentes, hay que reconocerlo

Sin embargo, me las volvió a recordar el hallazgo de un curioso personaje histórico del entorno del “Gran Pretendiente” Jacobo Estuardo. Se trata de don José de Rozas, conde de Casteblanco, natural de la ciudad de Lima.

Miren qué pinta de criollazo.

(1666-1722) Miren qué pinta de criollazo.

Rozas, próspero comerciante, ocupó diversos cargos administrativos en las Indias y llegó a ambicionar el más alto posible: el de virrey del Perú. Hubiera sido el primer americano en conseguirlo, pero no le cayó esa breva por más que intrigó contra el titular del momento, marqués de Castell-dos-Rius (por cierto, primer catalán en ocupar el cargo, y también el primer virrey nombrado por Felipe V).

Con tal fin, el conde viajó a Madrid y también a Versalles, desde donde el anciano Luis XIV luchaba por mantener a su nieto Felipe como rey de España, y allá en Francia trabó buenos contactos con la pequeña corte británica que en el exilio permanecía leal a Jacobo. Se casó sucesivamente con las hermanas Drummond de Melfort y Wallace (ahí es nada) y recibió del rey sin reino el título de duque de San Andrés, de tan escocesa resonancia. A cambio del lustre nobiliario, como suele ocurrir,* don José invirtió parte de su fortuna en los planes del Gran Pretendiente para recuperar su legítima corona.

El resto es historia: es decir, las fracasadas rebeliones escocesas en favor de los Estuardo y contra los sucesivos usurpadores de Londres. Las cuales resulta que estuvieron en parte financiadas con capital peruano. Es que el mundo es un pañuelo (en este caso, a cuadros).

*La niña quería un marido, / la mamá quería un marqués. / El marqués quería dinero: / ya están contentos los tres.

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