Cuando pedí su muerte

La liturgia del Domingo de Ramos prescribe una lectura completa de la Pasión de Cristo. En ella, es frecuente –aunque creo que no prescriptiva– la lectura a varias voces: la del evangelista por un lado, y por otro la de los diferentes personajes. Al sacerdote corresponden las palabras de Jesús, repetición que se une a la cotidiana del rito de la Eucaristía.

Esta pequeña dramatización rapsódica la llevo escuchando toda la vida, a veces con hermosas variaciones como aquella vez en Roma, cantada en latín por un coro que si no era gregoriano lo parecía (según cierto dicho familiar, los de mi estirpe paterna tenemos en vez de oído una madreña). La mejor tomó una forma, sin embargo, mucho más discreta, en Santa Ana de Granada que es la primera de las muchas parroquias de mi vida.

Allí se repartieron hojas entre los feligreses, para que nosotros mismos leyéramos al unísono las palabras de los personajes secundarios. Un método sencillo que, superados los primeros desajustes de ritmo, se reveló muy eficaz. No solo por lograr, vista desde fuera, una mayor participación en la misa de toda la comunidad: Si ya conmueve después de tantos siglos el tremendo clamor de “Crucifícale”, cómo no va a hacerlo más aún si oyes que sale de tus propios labios, si comprendes la maldad del papel que estás asumiendo y, por último, te acabas reconociendo en él como hecho a tu medida. Se convierte en una recomendable cura de humildad; tal vez esa era la idea.

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