Doña Bárbara, western

Al a izquierda, doña Bárbara. A la izquierda... miss Barbie. (Foto de cieloalatierra.wordpress.com)

A la izquierda, doña Bárbara. A la derecha… miss Barbie.
(Foto de cieloalatierra.wordpress.com)

Años antes de ser víctima pleonástica del cáncer, un presidente de Venezuela se dirigió desde su show al de los Estados Unidos llamándole “mister Danger”. No vi que ningún medio no venezolano (tampoco leí tantos) captara la alusión al cuatrero gringo que es uno de los principales personajes de Doña Bárbara; será por lo escasas que son las referencias literarias en el cotidiano discurso político.

Esta popular novela de Rómulo Gallegos se lee con placer si uno es indulgente con el costumbrismo (no a todo el mundo le gusta el documental pintoresco metido en la narración) y el narrador empeñado no solo en explicar, sino en interpretarlo todo. Los personajes son atractivos y la trama interesante. Sin embargo, qué cosas, a mí lo que más me gusta de Doña Bárbara es que parece un western. Una rama más del tronco –de raíz hispánica- de la ganadería montada, con tribulaciones y maneras de vida semejantes, además de un común destino (realizado o no, siempre postizo en todo caso) de ser el germen de una nación.*

A un territorio que, en violenta primera fase, el hombre blanco ha dominado por la fuerza, llega un día inesperado el forastero con enérgica voluntad de cambio. Su proyecto es instaurar la paz, la racionalidad y el derecho en ese mundo que no ha dejado de ser salvaje. Se le recibe con hostilidad, por supuesto, incluso entre sus mismos aliados reticentes a abandonar su vida de siempre. Como el Santos Luzardo de Doña Bárbara son los personajes que interpretaron Gregory Peck en The Big Country (Horizontes de grandeza en España) y James Stewart en El hombre que mató a Liberty Valance. Por otra parte, tanto el antihéroe de esta última como el héroe de la novela venezolana acaban flaqueando en sus convicciones pacifistas y caen en la tentación de triunfar por la violencia a costa de sacrificar sus ideales (de lo que se verán redimidos de manera similar: ¿conocería John Ford Doña Bárbara?).

La civilización acaba por vencer y la barbarie es destruida, incluso por su propia mano, de una manera que podríamos sospechar no debe tanto al talento y la personalidad del héroe como al propio avance arrollador de la modernidad. Detrás del pulcro hombre de estudios –algunos vaqueros lo intuyen- se agazapan la vida sedentaria, el asfalto y el motor, papeles registrando y regulando cada paso de la vida.

 Liberty Valance

* Este espíritu fundacional me parece una clave de las películas clásicas que ha tendido a olvidarse. Parte de la culpa se la echo a ciertas producciones europeas que no veían en el género más que una densa ensalada de tiros, y suplían con historietas y novelas de quiosco una conciencia histórica que les resultaba ajena. Desde este punto de vista, el primer western “auténtico” de Sergio Leone habría sido el de C’era una volta il West –pomposo título español: Hasta que llegó su hora-, coronado por la soberbia imagen final de la construcción de las vías del ferrocarril y la población que empieza a crecer junto a ellas.

[Aquí la tienen: véase desde el minuto 3:20. Está doblada en alemán pero con subtítulos para que se entienda. Recomiendo que no intenten traducir el título, que es peor todavía que el de España].

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