Ítaca concéntrica

o Todo lo que entraña armar un mueble

Odisea XXIII: Tras matar a los pretendientes de su esposa -hecho bien conocido por el vulgo- y también a las esclavas traidoras de la casa -acción menos publicitada-, Odiseo hace llamar a Penélope. Ella, por supuesto, no se fía: está tan bien informada como cualquiera de cómo los dioses mudan las apariencias. Sin ir más lejos, la de ese mismo mendigo que ahora se presenta ante sus ojos como varón triunfante y afirmando ser el padre de su único hijo, su esposo el rey al que lleva veinte años sin ver. Mujer rica en ardides, hace amago de ordenar a la anciana Euriclea que saque el lecho matrimonial de sus aposentos para que el fatigado señor de la casa pueda descansar allí mismo. Entonces Odiseo monta en cólera:

«Mujer, esta palabra que has dicho es dolorosa para mi cora­zón. ¿Quién me ha puesto la cama en otro sitio? Sería difícil incluso para uno muy hábil si no viniera un dios en persona y lo pusiera fácilmente en otro lugar; que de los hombres, nin­gún mortal viviente, ni aun en la flor de la edad, lo cambiaría fácilmente, pues hay una señal en el labrado lecho, y lo cons­truí yo y nadie más. Había crecido dentro del patio un tronco de olivo de extensas hojas, robusto y floreciente, ancho como una columna. Edifiqué el dormitorio en torno a él, hasta aca­barlo, con piedras espesas, y lo cubrí bien con un techo y le añadí puertas bien ajustadas, habilidosamente trabadas. Fue entonces cuando corté el follaje del olivo de extensas hojas; empecé a podar el tronco desde la raíz, lo pulí bien y habilidosamente con el bronce y lo igualé con la plomada, convirtién­dolo en pie de la cama, y luego lo taladré todo con el berbiquí. Comenzando por aquí lo pulimenté, hasta acabarlo, lo adorné con oro, plata y marfil y tensé dentro unas correas de piel de buey que brillaban de púrpura.

«Esta es la señal que te manifiesto, aunque no sé si mi lecho está todavía intacto, mujer, o si ya lo ha puesto algún hombre en otro sitio, cortando la base del olivo.»

Así dijo, y a ella se le aflojaron las rodillas y el corazón al re­conocer las señales que le había manifestado claramente Odi­seo.

Aparte de la habilidad manual del héroe, admira el orden del mundo odiseico: la madera en que habrá de tallarse el lecho matrimonial no se arranca de su origen, sino que sigue arraigada en la tierra de Ítaca. En torno se edifica la habitación, y alrededor de esta la casa entera, que como morada real es a su vez el centro y corazón de la isla.

El dormitorio permanece, además, como un recinto sagrado al que solo pueden acceder el hombre y la mujer (“nuestro lecho, que ningún otro mortal había visto sino sólo tú y yo”, dirá Penélope), último reducto que no han llegado a profanar los enemigos. En ese punto se consuma la salvación del reino y se restaura un orden (tierra, hogar, familia): el rey es rey porque es dueño de su casa, porque es padre y esposo.

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2 pensamientos en “Ítaca concéntrica

  1. Me apunto especialmente la última frase “el rey es rey porque es dueño de su casa, porque es padre y esposo”. Cuánto tenemos que aprender de los antiguos, no? Ahora mismo cuando en nuestro tiempo pululan los amos de casa que no quieren responsabilizarse de nada. En fin. Me sorprendió, también, lo bien explicado del proceso de confección del mueble, un fino mueble. Ya se ve que para algo más que la guerra era ingenioso Odiseo. La madera, la carpintería, el trabajo manual no como pasatiempo, sino como obra de arte.

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    • Gracias a Ikea o a Sodimac, hasta los más manazas tenemos la oportunidad de sentirnos regios señores de nuestra casa. Hay otros pasajes de la Odisea (por ejemplo, el de la ceguera de Polifemo) que dan a entender que el autor sabía algo de carpintería.

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