El vinagre itálico

Dos médicos romanos discuten muy comedidamente (de "Asterix en Helvecia")

Dos médicos romanos discuten muy comedidamente (de “Asterix en Helvecia”)

No me refiero al de Módena que está tan de moda. De esa manera –italum acetum- era conocida en su tiempo la ruda franqueza y aguda mordacidad con que se trataban los antiguos romanos, que no se detenía ante amigos ni tan siquiera ante superiores jerárquicos. Un libro de la primera mitad del siglo pasado* le dedica un divertido y entero capítulo. Allí encontré coherencia para un par de cosas que sabía de la cultura romana: por ejemplo, los feroces diálogos de las comedias de Plauto, en que los personajes no dejan de zaherirse e insultarse con toda naturalidad, o las impertinencias que se gastaban con César sus propios soldados en plena marcha triunfal (“¡Ciudadanos, escondan sus esposas que aquí llega el calvo libertino!”- lo que avergonzaba al emperador era la alusión a la calvicie, claro). Paoli recuerda esta anécdota y otras cuantas; vence esta que ocurrió en los funerales de Vespasiano, a propósito de la avaricia del augusto difunto (quien quiera la fuente original, que lea a Suetonio):

… el archimimo de la corte, Favor, seguía al féretro imitando bufonamente (…) los movimientos y el habla de Vespasiano. Y de cuando en cuando, acercándose a los tesoreros del príncipe y simulando un aire preocupado, preguntaba en alta voz: “Pero, en fin, este gran funeral, ¿cuánto cuesta?” Ellos respondían: “Cien mil sestercios”. Y el seudo Vespasiano se ponía a chillar desesperado: “¿Cien mil sestercios? ¡Dádmelos en seguida, y luego tiradme de cabeza al Tíber, si queréis!” (p. 353)

Sobre los apodos que, basados en defectos físicos, podían acabar cristalizando en nombres (Suetonio Tranquilo, Valerio Flaco, Ovidio Nasón), la lista que da el libro supera mis expectativas: Balbus (“tartamudo”), Plautus (“con las orejas colgantes”), Varus (“patizambo”), Valgus (“piernas torcidas hacia fuera”), Verrucosus… Que el linaje de los Brutos se llamara así no es una crueldad de la evolución del latín, sino que significaba lo mismo que en español; existía también con igual carga el apellido Bestia y, aunque sí se halle libre de culpa el nombre de Burro, existía en cambio el de Asinio con el mismo significado que sugiere el otro.

No es que los romanos fueran un pueblo descortés ni mucho menos. Pero, para ellos, la delicadeza y la diplomacia no formaban parte de los miramientos que había que tener, en público o en privado pero nunca en voz baja, con el amigo, el pariente o el vecino. Paoli atribuye a la costumbre una finalidad didáctica (corregir al otro de su hipocresía), y su origen a las maneras campesinas que la expansión de la Urbs no había llegado a refinar. Puede ser. Yo pienso en cómo encajaría, en semejante entorno social, ese mínimo contenido del evangelio de Mateo (5, 22: … cualquiera que diga necio a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego),** y me explico, no sé si las persecuciones, pero desde luego sí alguna hostilidad cultural. Se ha hablado poco de esto: los gladiadores y las orgías llaman más la atención peliculera.

*Ugo Enrico Paoli, La vida en la Roma antigua, trad. de J. Farrán y Mayoral / Natividad Massanés, Barcelona, Iberia, 2000.

** Recurro a la versión de Reina-Valera que, de las que tengo a mano, es la que lo dice con más gracia (con minúscula).

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