Mío Cunqueiro

Las crónicas del sochantre

De lo más o menos mucho que leía cuando estudiaba, tuve tres autores predilectos hasta el punto de convertirme en tenaz propagandista suyo, e incluso ganarles algunos nuevos y agradecidos lectores.

Eran los tres más o menos coetáneos y españoles, pero bien distintos: Álvaro Cunqueiro, Luis RosalesEnrique Jardiel Poncela. A este último lo interpretaba a mi manera en mi maceta anterior; en cuanto al primero de la lista, he vuelto a él la misma semana pasada, al cometer la osadía de recomendarlo al público peruano. No sé qué tantas ediciones españolas del vate de Mondoñedo llegarán hasta estas latitudes, pero al menos sé que en nuestras librerías de viejo, como en las de España, no es imposible hallar algún ejemplar de Las crónicas del sochantre, en la fea edición de Salvat/RTVE de los años 70.*

Ese mismo, hallado en una biblioteca de familia, fue el primero que leí, con inquieta curiosidad que procedía de mi etapa escolar. De cuando en las clases de literatura española del siglo XX, el nombre de Álvaro Cunqueiro aparecía –apenas mencionado–como el de un cultivador de la pura fantasía, algo que contrastaba demasiado con el panorama general de boina calada hasta las cejas que parecía ofrecer la novela española de posguerra.

Cuando terminé las Crónicas, no sabía muy claramente qué pensar: aquello no se parecía en nada a cuanto hubiera podido leer antes. Más bien, andando el tiempo, he ido leyendo fantasías en prosa y verso para las que mi primer elogio ha sido cuánto me recuerdan a Cunqueiro.** No estaba muy seguro de haber disfrutado el libro a fondo, pero aquel lenguaje que tardé en darme cuenta de que se trataba, antes que nada, del de un poeta, era un gozo leerlo solo por escucharlo, aunque fuera mentalmente. Estaba además todo aquel humorístico aluvión de anécdotas y personajes estrafalarios, que rebosaban de la narración hasta llenar un índice final de personajes (técnica que volví a encontrar con regocijo en varios otros de sus libros), muchos con calidad de micropoemas y microrrelatos.

En fin, que la extraña novedad de aquella literatura no implicaba obligación, sino tentación de relectura, de modo que me lancé de cabeza a un nuevo título, Las mocedades de Ulises, que fue el de mi definitiva rendición ante la fantasía cunqueiriana. El mayor encanto de aquel Ulises gallego, con respecto al Sochantre, estaba en el divertido y premeditado anacronismo de la historia (algo que practicaron también los artistas de la Edad Media), y en su héroe, que con el de Homero compartía el ingenio, sobre todo, para mentir y fabular: Ulises fingía una identidad, contaba una historia y, al mismo tiempo, reflexionaba sobre su puesta en escena, lamentaba no tener una hoja dorada que dejar caer del bolsillo al evocar un otoño lejano, y con esto creo que digo y recuerdo bastante.

Otras prosas de Cunqueiro no son ni narrativas, y revuelven erudición auténtica y falsa en densos “jardines de flores curiosas” (otra tradición literaria anterior a nuestra racional modernidad), de los que recuerdo sobre todo cierta Tertulia de boticas en que enumeraba y describía los productos sanadores de las farmacias de la corte de Hamlet, del califa de Bagdad o del Preste Juan de las Indias entre otros muchos. No extraña que tantos de sus coetáneos menospreciaran la obra de Cunqueiro por escapista, y tampoco que a algunos de los míos yo les haya oído decir que, como clásico, Cunqueiro le parece poco trascendente. En fin, hay utilitarismos materiales como los hay morales y espirituales: quien no quiere encontrar en la obra literaria un manual de agitación política, muchas veces es porque aspira a utilizarla como guía de pecadores. Sin embargo, la lectura no vale nada si no empieza por bastarse a sí misma con toda su alegría y su sabor (que a Cunqueiro le sobran), si no se recibe con el mismo entusiasmo con que lee un niño de los que leen.

Y creo que el mundo de la infancia está muy próximo a la fantasía cunqueiriana, pese a sus densos y cultos contenidos pero gracias a su gran libertad… y a que su desvanecimiento final es siempre cosa del paso del tiempo. La niñez y juventud de sus personajes son “obsesión personal” del autor (como se fija José María Merino, al igual que, sin reproche, en la ausencia de conflictos morales en la obra del gallego). Sus héroes son ágiles, casi ubicuos, por ende cosmopolitas: “Mientras viajes, no serás un hombre viejo. Pero el día en que decidas descansar, aunque sea mañana, lo serás”, le advierten al protagonista de Un hombre que se parecía a Orestes (III, 3). Sin embargo, Ulises termina dulcemente su aventura al comprometerse con Penélope, umbral de la vida adulta; de manera más triste, la ceguera de Simbad frustra definitivamente su último viaje tanto tiempo esperado, ni nadie reconoce a Orestes cuando, al fin, tras años de divagaciones, decide retornar para hacer realidad su venganza. Quienes narran o evocan los relatos de Álvaro Cunqueiro, parecen testigos de un tiempo de maravillas que ya no habrá de regresar.

*Aquí una jugosa semblanza de esa colección, físicamente tan mal envejecida pero en la que hemos hecho tantos descubrimientos literarios.

** Me arriesgo y suelto algunos: Italo Calvino, el Sánchez Ferlosio de Alfanhuí, la poesía de Gastón Baquero, Historia de Todos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s