Enrique y Woody

(Salió en Magenta el 2007)

              

Es más o menos sabido que Woody Allen (Nueva York, 1935), siendo ya un artista curtido en el humorismo de prensa, radio y televisión, comenzó su carrera cinematográfica en 1966 con What´s up, Tiger Lily? (exhibido en español como Lily la tigresa), un mal filme japonés de espionaje que Allen se ocupó de doblar humorísticamente al inglés, dislocando hasta el absurdo más completo sus diálogos. Tres décadas antes, el multifacético humorista español Enrique Jardiel Poncela (Madrid, 1901-1952), se había permitido la misma travesura con una serie de películas mudas cuyo reciclaje le había sido encomendado por la Fox. Aquella colección de cortometrajes, exhibidos bajo el brillante título de Celuloides rancios, fue muy celebrada por un público que ya no quería ni podía tomarse en serio aquellos viejos argumentos y actuaciones.

Siempre he encontrado paralelos curiosos entre los talentos de este escritor español y del susodicho cineasta neoyorquino. Así como este, vivo y activo, ha volcado su obra en el terreno del cine pero con fecundas incursiones en el teatro y la prosa breve, el prematuramente fallecido español se dedicó con fervor al cultivo de un teatro cómico de gran originalidad, que se supo valer de recursos propios del cine: proyecciones, escenarios fragmentados, objetos o ambientaciones insólitos (incluidos unos estudios de cine en El amor sólo dura 2000 metros)…

El humorista culto siempre halla un filón creativo en la caricatura y la sátira, dirigida al cine popular y pasado de moda en los falsos doblajes a que nos referíamos al principio, igual que a los dramones decimonónicos que Allen homenajea en La última noche de Boris Grushenko (Love and Death) y Jardiel en Angelina o el honor de un brigadier, obra de teatro luego filmada bajo su atenta supervisión y considerada por la crítica una obra maestra del cine hispano-hollywoodiense. La parodia de géneros literarios y cinematográficos se extiende a la prosa breve y humorística: quien lea las misceláneas de Jardiel Poncela El libro del convaleciente y Exceso de equipaje, y luego pase a la de Allen traducida Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, no dejará de encontrar un aire de familia basado en el buen ojo para reconocer los tópicos, y en la despreocupación absoluta a la hora de falsificarlos y exagerarlos.

Fotograma de “Angelina”

Hablando de tópicos, está bastante extendido el de que el director neoyorquino no hace más que rodar una y otra vez la misma película. Se dice con mala fe, pero también con admiración, al igual que se le tacha de egocéntrico. Sus parodias tienen, desde luego, mucho de autobiográfica e intelectual. Ser bajito y feo no quita a nadie una pizca de talento, ni tampoco para obtener un éxito sucesivo con las mujeres, tal vez para sorpresa del lector/espectador (y regodeo del genial adefesio). Esta gloria donjuanesca oculta en su reverso una obsesión sexual que se trata de un modo desenfadado: Jardiel la concentró en sus novelas, género en que gozaba de mayor libertad que en un teatro cuyo éxito dependía, en buena medida, de no escandalizar a ningún tipo de público.

Lamentablemente, las andanzas del mujeriego acaban demostrando lo inalcanzable de un amor anhelado, definitivo y salvador, y se diluyen en la insatisfacción y el pesimismo. Los personajes no podrán jamás entender el sexo opuesto ni los complejos resortes de la pasión. Jardiel Poncela huyó del matrimonio como de la peste y dirigió varias de sus sentencias más brillantes y despiadadas contra el amor y la mujer, quienes se vengaron a su vez con un torrente de desengaños que lo precipitaron a la amargura, la miseria y finalmente la muerte. Siempre aborreció a los médicos con toda su alma (“La medicina es el arte de acompañar con palabras griegas al sepulcro”), al tiempo que se interesaba por las nebulosas realidades de ultratumba, transgrediendo en varias de sus comedias los límites entre la vida y la muerte. Junto con la antigua superstición del espiritismo, estudió la moderna del psicoanálisis y el subconsciente, como resorte de intriga dramática en lo literario y de tristes descubrimientos en lo personal (el consabido complejo de Edipo).

Ante la preocupación por el final y sentido de la existencia, la cuestión de Dios llega a la obra de nuestros dos artistas. El yanqui hipocondríaco, imbuido de la tradición judía familiar, aborda con frecuencia el asunto y hasta le dedica íntegramente una obra de teatro titulada, precisamente, Dios. Jardiel, antisemita al estilo de los siniestros años treinta (aunque conocedor de su posible ascendencia hebrea), también escribirá una novela con el Creador como protagonista, La “tournée” de Dios. Aquí, el pesimismo individual se transforma en una diatriba contra la Humanidad entera, a la que un Señor bajito y con bombín echa en cara su crueldad y estupidez, al tiempo que se muestra desoladoramente indiferente ante quienes considera el único fracaso y vergüenza de su creación. No hay redención posible en la obra de Jardiel Poncela, como no sea la del arte y del humor. Así como el personaje alleniano puede olvidar sus cuitas –librarse de ellas, sería mucho decir- en una sala de cine, el carácter jardielesco logra conjurar gracias al humor (que, por escribirse con hache, es más importante que el amor) el sinsentido de la vida. Mediante un humor que va desde la agudeza verbal, el diálogo corrosivo y chispeante, hasta las situaciones disparatadas al borde del surrealismo: si Allen homenajea y hasta imita a Groucho Marx (también escritor y “amante sarnoso”), Jardiel la misma atmósfera vanguardista que éste, al tiempo que trataba y admiraba a Chaplin durante sus años en California. La ciencia ficción y el musical, la intriga criminal y psicológica, las costumbres de barrio, clase media y clase alta, el mundo excéntrico de los artistas son los ámbitos que, de un modo despiadado, tierno o ridículo, hermanan a un clásico viviente del cine norteamericano y a un clásico del teatro en lengua castellana que, sin haber rodado jamás una película, vivió también la pasión y profesión del cine.

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