Lecciones del Escorial (y del Barroco)

Catedral de Santiago de Compostela (fachada del Obradoiro)

Catedral de Santiago de Compostela (fachada del Obradoiro)

Nos lo enseñaban a todos en Historia del Arte durante la secundaria: el Barroco, aquel estilo recargado y ostentoso en las palabras y en las formas, era el arte derivado de la Contrarreforma.

Lo copiábamos disciplinadamente en el cuaderno y ya sabíamos qué contestar si nos lo preguntaban. Todo aquel aparato artístico del siglo XVII debía proceder de la necesidad de favorecer una religiosidad emotiva, o bien de hacer accesible la explicación de una fe cuyos textos fundamentales no lo eran.

En la Universidad nos decían lo mismo, y lo asimilábamos con la misma resignación, salvo tal vez aquellos más interesados que, soñando en la matrícula de honor o en alguna tesis futura, se pusieran a profundizar por su cuenta.

Yo no llegaba a esos extremos. Por una parte, sí me planteaba un par de dudas:

a) ¿Pero es que no había un barroco de la Europa protestante?

b) ¿Por qué el monasterio del Escorial, levantado por el rey contrarreformista por excelencia, es puro ángulo recto y arista desnuda, o sea justo lo opuesto del  Barroco?

Por otra, sin embargo, no hice otra cosa para resolverlas que preguntarle al profesor de la materia. No me supo qué contestar. Pues vaya. Pero me conformé, porque mis inquietudes de investigación iban por otro lado. Quizá también embriagado del malévolo placer de haber dejado a un profesor sin respuesta (yo era entonces, si cabe, peor persona).

Muchos años después, me encuentro inesperadamente una respuesta a la (b) en las páginas del enciclopédico filósofo Eugenio d’Ors, a ratos tan brillante como oscuro. En su Novísimo glosario (Aguilar, 1946) califica el Escorial no de arte de la Contrarreforma, sino del Concilio de Trento. Para Xènius, Trento se define por ser “clasicismo puro”, por su “sentido intelectualista” y “su racional y definitorio interés por la verdad, el mejor antídoto contra la degeneración moderna de un voluntarismo” al que la Contrarreforma acabó por tender igualmente.

Como apostilla el doctor Velezmoro, mi asesor más inmediato en materias de arte, la religiosidad de Felipe II no era sentimental sino intelectual, aún influida por la devotio moderna, de la que el diseño del Escorial conserva una idea de piedad recatada, una majestad en la humildad.

La primera e inmediata sensación es el gozo del aprendizaje, es decir, de sentirme habitando un mundo un poquito más comprensible. Sin embargo, la que perdura es la convicción del peligro de los lugares comunes en la enseñanza, de repetir lo que no se entiende o no pensar en profundidad lo que se sabe. Que Dios me libre siempre.

San Lorenzo del Escorial

San Lorenzo del Escorial

* Se compendia en las glosas “Mea culpa”, “Resumen y cruzada” y “Trento no es Barroco”.

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