SU novela favorita

A propósito de mi peregrina idea de una edición “selecta” de Rayuela, añadiré que no es poco mérito el de elaborar una versión resumida o adaptada de un gran relato. Aquella que esté bien hecha despertará la inquietud por la versión completa en el lector adecuado, y al lector con otras preferenciasle dejará, por lo menos, una idea aproximada pero fiel de su forma y contenido. Requiere maestría para meter tijera en el lugar justo y pegar donde no amarguen los recortes; también de honestidad para advertir al lector de que no se trata del texto completo. Y, por último, de resignación, porque el texto final jamás dejará contento a todo el mundo, como demuestra el eterno comentario de “pues a mí me gustó más el libro”.

Mi último gran disgusto en materia de adaptaciones literarias llegó por vía de otro canal de difusión. Llevaba yo poco tiempo en el Perú cuando cierta emisora anunciaba con gran fanfarria el estreno de un ciclo de versiones radiofónicas de grandes novelas. La noticia era intrigante, y más aún avalada como venía por la superuniversidad y también por el superescribidor cuya afición al radioteatro y otras formas de narración popular eran harto conocidas.

Aun así, la intriga no fue tal que llegara a vencer otras prioridades de mi vida, y menos mi absoluta falta de costumbre de escuchar radio. Fui dejando pasar sin pena ni más que una ligera curiosidad (digamos) La metamorfosis, Moby Dick, David Copperfield, Drácula y no sé cuántas más. Hasta un día que me encontré en sala de estar ajena y sin nada distrayente que hacer, con las orejas abiertas y en el aire la emisión de Los viajes de Gulliver, novela que conozco más o menos bien desde mi preadolescencia.

A los pocos minutos, ya noté un molesto “clic” en mi cabeza que no procedía de la emisión. Lo producía cierto diálogo en el que Gulliver se dirigía a su gigantesca “niñerita” Glumdalclitch con el apócope de “Glum”, sospechosamente gringáceo y confianzudo. Un rato después, el zarandeado protagonista se hallaba ya entre los racionales caballos del país de los Houyhnhnms , y el clic se había convertido en una densa interferencia que me raspaba la memoria y hasta el entendimiento.

Houyhnmhnm

No la producía el estar escuchando adulteraciones o adiciones al texto original de Swift. Era peor. Era que podía reconocer el origen de estas: se ve que los responsables de la radionovela, en lugar de leer el Gulliver y arreglarlo buena o malamente, se habían dedicado a calcar escenas de una pretenciosamente fiel pero en definitiva pueril miniserie televisiva de los años 90.

Puaj

Puaj

No me consoló ni pizca el comprobar que la piratería y mal gusto no eran un vicio exclusivo de nuestro mercado librero local. Más bien me indignó más todavía: juré desde aquel día odio eterno al radioteatro favorito de los peruanos y, si volví a escucharlo alguna vez de cerca, hice lo posible por marcharme o por cambiar de sintonía. También por apartar la vista cuando sus versiones comercializadas en CD empezaron a invadir los quioscos de la avenida Grau. Dudo que haya sido una invasión triunfante, ahora que lo pienso, porque me alegra decir que en los años siguientes, que ya van siendo largos, ni la emisora, ni el grupo editorial, ni la universidad ni el escribidor –que del radioteatro se ha pasado al teatro a secas- han repetido aquella experiencia anunciada a bamba y platillo. Alguien debió de escucharme allá en lo alto, donde parte de la felicidad eterna debe de consistir en que no llegan las ondas hertzianas.

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