A saltos de Rayuela

1. Recomendación de Rayuela (por si se pierde)

El argumento principal de Rayuela -un argentino ocioso convive en París con su amada; tras su desaparición, regresa a Buenos Aires, donde en vano intenta olvidarla- hubiera dado para muchas novelas convencionales, y tal vez alguna buena. Sin embargo, en este resumen se pierde lo mayor y hasta lo mejor de la obra. Se advierte al principio que este libro es muchos libros, y se dan pautas para sacarle el mejor provecho, de las cuales la más importante tal vez sea la de aprender a leer como quiere el enigmático escritor Morelli: como nos dé la gana, pero aceptando ser sus personajes más activos y olvidar esas novelas que se leen de principio a fin “como un niño bueno”. Para ayudarnos, a las dos partes de la novela se une una tercera con “capítulos prescindibles”: episodios secundarios, diferentes perspectivas de la trama o una miscelánea de reflexiones sobre todo lo imaginable y con las formas y las fuentes más insólitas. Este uso lúdico de la literatura y el lenguaje (que llega al máximo en el empleo del “glíglico”, lenguaje de palabras inexistentes), ya anunciado en el mismo título, conlleva una rebeldía universal por vía también del juego: la lógica, el orden, la convención, la realidad estorban a Horacio Oliveira, protagonista de Rayuela entregado a la reflexión filosófica y poética, al lado de su fascinante Maga, y a largas veladas de whisky y música de jazz junto a sus demás compañeros del cosmopolita “Club de la Serpiente”.

2. Recomendaciones de Rayuela

Rayuela es, por suerte, muchos libros, y encima uno tomado como un juego. Por eso no hay que dar mucha importancia a perderse (en) algunos de sus episodios y pasajes, no más que la que se da a cuando perdemos en cualquier juego. Yo, cuando lo recomiendo, lo hago pensando sobre todo en unas cuantas casillas que valen cada una por una perfecta obra completa: variados poemas en prosa de amor variado  en 7, 32, 68, 93, la apología del jazz en 17, la equívoca aventura de Oliveira con la lastimosa pianista en 23, el discurso banal de contenido o tono que vela una situación terrible en 29, la lectura crítica y distraída que hace Oliveira del novelón decimonónico en 34. O bien las morellianas reivindicaciones de la risa y la evasión (71), del placer de la escritura (82), de la lengua viva y no decorativa, el diccionario como cementerio de palabras (112), o del lector cómplice frente al lector hembra (79, 97, 109) que confieso para mí más agradable de teorizar que de practicar. O, de postre, el proyecto de gobierno mundial de Ceferino Piriz (129, 133), las similitudes sugeridas entre literatura y jardinería (134) y un etcétera que me llevaría demasiado esfuerzo reunir porque ocupa partículas de capítulos, se prolonga por más de uno (siempre el natural encanto de la Maga entre tanto compañero podrido de literatura, cultura y otras turas), o requeriría de una relectura atenta que me impide el estar escribiendo estas líneas en la salita de mi casa y con la tele encendida.

Igual que hay autores que suscitan antologías de sus mejores textos, hay libros de los que desearíamos a veces una edición aparte de sus mejores páginas. Mejor resistir la tentación, porque nos cerraríamos a la posibilidad de hacer nuevos descubrimientos si la vida nos volviera a llevar a ciertas páginas olvidadas.

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