Sombreros

Chalán

El sombrero es una prenda que siempre me gustó en cabeza ajena. Tendrá la culpa mi formación sentimental a base de películas norteamericanas de los años 30-50 (la “Primera sesión” de los sábados en TVE-1). Aun así, crecido como hube en una generación sinsombrerista, jamás se me ocurrió ponerme uno: creo firmemente en el lema de George Brummell de que la elegancia consiste en no hacerse notar (cómo me cuesta a veces que lo entiendan mis alumnos). Así vivía yo hasta recibir advertencia médica de protegerme del sol. El cáncer y todo eso. Empecé entonces, cada vez que quería salir a la calle, a embadurnarme la cara de protector solar con más minucia que un Pierrot, pero al cabo de un tiempo comprobé que no bastaba. Tenía que protegerme la coronilla, que la edad no ha llegado a desbrozar lo bastante como para poder untarme, pero sí para que los rayos solares me la dejen más roja que la boina de Franco, perdón, digo de Chávez.

Estos días de calentura de cascos acabaron coincidiendo con aquellos en que la autoridad civil recomendaba a los ciudadanos de Piura, con el éxito habitual, que se protegieran de las letales radiaciones, y en los que también, qué coincidencia, mi distinguida colega Diana Aguirre empezaba a difundir sus fecundas investigaciones sobre el arte del sombrero en la región de Piura.*

De modo que cedí a la presión ambiental y, a la primera ocasión, me hice con un recio sombrero de ala ancha para mis fines de semana, al estilo del chalán o ranchero folclórico de estas regiones. Así salvaba mi pellejo capilar fuera de horas de trabajo, pero no durante ellas: mi campus tiene amplias áreas despejadas, pero la mezcla de sombrero campesino y corbata me resultaba impresentable. Me buscaba en el espejo y solo lograba encontrar la antipática imagen ora de un millonario texano, ora de un candidato al Congreso en pos del voto agrario.

Además, George Brummell decía y con razón, o sea que pasé aún largas semanas friéndome los cascos con la cabeza bien alta, hasta que un oportuno regalo hizo aterrizar cariñosamente en mi coronilla un liviano sombrero de ala más pequeña, que se ha convertido en mascota inseparable. También en parte de la familia, que cuando me hallo a resguardo del sol brinca a las cabezas de mi esposa o de mis hijas y se adapta con gracia al estilo de cada una. Llego a casa, y se posa alegremente en su percha hecha con asta de venado del desierto, donde se queda, como un pulpo enamorado, prendido en tierno abrazo de su hermano mayor el sombrero de chalán.

El nombre del modelo lo desconozco; en la Universidad me han llovido analogías con personajes de los happy twenties y del son cubano. Por mi parte, yo me encuentro misteriosamente de vuelta a mis raíces: a quien evoco ahora fugazmente en tal o cual escaparate es cualquiera de aquellos señorones gijoneses que fueron mis antepasados, cuando no a las obras plásticas de Eduardo Úrculo, que son más sombrero que individuo y, sin embargo, cuánta personalidad que les infunde, y de paso les ha infundido a algunos rincones de Oviedo.

Williams B. Arrensberg por Eduardo Úrculo

De floresypalabras.blogspot.com

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*De las que me limito a señalar una cosa: los mundialmente famosos sombreros de Panamá no se confeccionaban en Panamá, sino en Ecuador o en el norte del Perú. De esta región, quien empezó a forrarse con ellos fue Calixto Romero, un soriano que fundó en Catacaos su empresa familiar y acabó sus días de vuelta en España, en esa ciudad de buen vivir que es Logroño.

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