La nación y otros achaques

s comunes

En Perú no logro pasar por peruano, ni aun después de pasado un cubo de años (33). Tampoco es que lo intente: con mi DNI me basta. Sin embargo, como español creo que a veces tampoco resulto muy convincente, y que me pasaba incluso antes de zambullirme en el cubo susodicho. En Piura se extrañan, entre otras cosas que atañen más al carácter y me callo, de que no beba café ni fume ni me interese el fútbol, y en España también no pocas veces. Allá, donde tanta importancia se da a la patria chica, quienes me conocen justifican tal o cual anomalía en que al fin y al cabo tampoco soy de allí, o sea que andaluz en Asturias pero asturiano en Granada (será esta mezcla familiar de “la luz del sur sagrado / y la septentrional melancolía” que escribió Martínez Mesanza). En cuanto a quienes no me conocen, alguno me ha abordado por la calle preguntándome si hablaba su idioma (que era el mío), y aún creo conservar testigos de cuando en un bar cierta muchacha me dijo con todo aplomo y convicción al cabo de dos frases: “¡Tú eres mexicano!”.

Todo esto, que durante años he estado considerando como una seña de identidad paradójica pero ni buena ni mala, inesperadamente lo encontré ascendido al rango de virtud. Concretamente, de signo de prudencia, por vía de relectura de Baltasar Gracián, el intrincado filósofo barroco sobre quien se me ocurrió el otro día abrir la boca:

9. Desmentir los achaques de su nación. Participa el agua las calidades buenas o malas de las venas por donde pasa, y el hombre las del clima donde nace. Deben más unos que otros a sus patrias, que cupo allí más favorable el cenit. No hay nación que se escape de algún original defecto, aun las más cultas, que luego censuran los confinantes o para cautela, o para consuelo. Victoriosa destreza corregir, o por lo menos desmentir estos nacionales desdoros: consíguese el plausible crédito de único entre los suyos, que lo que menos se esperaba se estimó más.

Hay también achaques de la prosapia, del estado, del empleo y de la edad, que si coinciden todos en un sujeto y con la atención no se previenen, hacen un monstruo intolerable.

(Oráculo manual y arte de prudencia)

Atención al último párrafo: qué poco persona debe de parecer aquella en quien, juzguémosle por donde sea, no descubramos más que una confirmación de los lugares comunes que circulan sobre su tierra, su edad, su oficio, su apellido, su sexo, sus infinitos etcétera en que se le pueda clasificar. O qué monstruosamente vulgares nos sentimos al notar que nuestros vicios no son ni siquiera nuestros, sino repetidos de una eterna multitud de congéneres, colegas o compatriotas.

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2 pensamientos en “La nación y otros achaques

  1. Bueno para algunos es un motivo de tranquilidad el poder echarle la culpa a tu tierra, tu edad, tu oficio, tu apellido, tu sexo, tus congéneres o tus colegas. Descarga de responsabilidad.

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    • Claro, el famoso “España y yo somos así”… Por otra parte, eso probaría algo que le leí una vez, no sé en qué entrevista, a Álvaro Pombo: lo que nos iguala son nuestros vicios y lo que nos distingue nuestras virtudes.

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