Del corazón al árbol

Casa de los Tiros (Granada, España)

Casa de los Tiros (Granada, España)

Escoger lo que Ortega y Gasset hubiera llamado un “proyecto vital”, es una clara ayuda para dar orden y sentido a cuanto encontramos en nuestra existencia. Hay que comprender, sin embargo, que no todos tienen valor, medios o fortuna para sacar adelante el tal proyecto; también, que muchos tardan bastante en descubrirlo, o en descubrir que mejor lo cambian por otro.

Pienso en esto al venirme a la memoria, cual enganchadas cerezuelas, dos viñetas de mi particular comedia humana:

MJBC me hablaba en la oficina de sus múltiples vocaciones. Artísticas sobre todo, para las que ninguna universidad piurana prometía tierra fértil –ni aún ahora, la verdad. A fuerza de novelas y viejas películas americanas, productos poco menos que gourmet para su entorno, a la vez avivaba y aliviaba aquellos sueños. A falta de un interés académico decidido, emprendía carreras sucesivas de las que no tardaba en aburrirse. A las asignaturas de Humanidades sí asistía con interés, aun a aquellas a las que no se matriculaba.

Yo, poco curtido aún como profesor y menos aún como tutor, solo acerté a echar mano a un libro que tenía cerca y ofrecérselo. El autor, J.R.R. Tolkien. MJBC arrugó la nariz: no le iban esas historias de fantasía y espadas. Tranquila, le dije, “Hoja”, de Niggle no tiene nada que ver con la Tierra Media, con batallitas ni con monstruos, tú léetelo.

Me lo devolvió al poco tiempo, con otra cara. Agradecida. Ya no recuerdo lo que hablamos sobre el relato; mi intención, en todo caso, había sido ayudarle a pensar que el valor de lo que hacemos no se revela hasta el final. Lo cual podría resultar algo desalentador, pero no tanto si lo acompaña la conciencia de que el alcance de nuestra obra puede ser mucho mayor que el que podemos llegar a imaginar en el largo y diario presente.

Niggle levantó la vista y se cayó de la bicicleta. Ante él se encontraba el Árbol, su Árbol, ya terminado, si tal cosa puede afirmarse de un árbol que está vivo, cuyas hojas nacen y cuyas ramas crecen y se mecen en aquel aire que Niggle tantas veces había imaginado y que tantas veces había intentado en vano captar. Miró el Árbol, lentamente levantó y extendió los brazos.

“Es un don”, dijo. Se refería a su arte, y también a la obra pictórica; pero estaba usando la palabra en su sentido más literal.

Siguió mirando el Árbol. Todas las hojas sobre las que él había trabajado estaban allí, más como él las había intuido que como había logrado plasmarlas. Y había otras que solo fueron brotes en su imaginación y muchas más que hubieran brotado de haber tenido tiempo. No había nada escrito en ellas; eran solo hojas exquisitas; pero todas llevaban una fecha; nítidas como las de un calendario.

Pasaron los años después de aquello y finalmente MJBC no acabó ninguna carrera; ahora tengo noticias de que vive, y bien activamente, entre pinturas y otras artes pláticas. A su modo, como Niggle. Y en una ciudad blanca, por cierto.

 Mucho tiempo después estuvo el caso FCP, otro estudiante memorable por su interés en las clases de Literatura, y en la Literatura fuera de las clases. Uno de esos con los que sigues hablando después de haberles dado su calificación. Llevaba un tiempo sin verlo, cuando una noche nos encontramos. Al preguntarle por cómo avanzaban sus estudios de Derecho, que yo calculaba casi terminados, me comunicó que los había abandonado: al cabo de años en la brecha, y no con malas notas, se había dado cuenta de que aquello “no era lo suyo”, y se pasó a la mucho menos popular carrera de Educación.

Demasiados chicos llevo vistos llevando a cuestas la cruz de unos estudios tal vez más prácticos o prestigiosos (para la sociedad o su familia), pero por los que no sienten vocación alguna. De manera que felicité a FCP sinceramente por su decisión. Añadí que ni se le ocurriera dar por tiempo perdido el que había pasado en la Facultad de Derecho, en que se había empezado a formar como estudiante y como mayor de edad: esa experiencia, aunque no fuera en materias de examen, sin duda le iba a ayudar enormemente.

Esto último le chocó, pero a su gusto. Nadie le había dicho nada parecido, hasta los que más le apoyaban le decían que lástima de años en Derecho… Yo insistí, por mi parte, en que como lo digo lo pienso.

Cuánto se pierden la Universidad los que la entienden solo como una escuela técnica o de oficios, frente a quienes acuden a ella con el fin primordial de aprender y luego ya veremos. En otros terrenos soy poco sentimental, pero en este intelectual, asumo como divisa el lema que preside la puerta de la Casa de los Tiros. El que manda, manda.

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