El terapéutico Azorín

Visto por Zuloaga (y sacado de http://www.elmundo.es)

Un muy pedagógico profesor de Literatura Española en la Universidad de Oviedo, Jesús Menéndez Peláez, nos recomendó en alguna clase que, ante los estados de agobio y ajetreo cotidiano, vulgo estrés, leyéramos a fray Luis de León. “Es… terapéutico”, rubricó. Quizá fuera sugestión sobre esta inteligencia flácida, pero empecé desde entonces a degustar de otra manera los versos del venerable agustino, el dulce vaivén de sus endecasílabos y heptasílabos, con especial predilección por la Oda a Salinas (“El aire se serena / y cubre de hermosura y luz no usada”, etc.).

Lo más importante es que también comencé a manejar un nuevo orden para ciertas lecturas: las terapéuticas, eficaces sedantes (no confundir con los pesados narcóticos) que crean un mundo de serenidad con sus palabras. Estoy seguro de que existen varios escritores “terapéuticos” en mi experiencia, pero no me he puesto a hacer la lista. Por lo pronto, aparte de a fray Luis, sin dudarlo un momento solo incluyo  a Azorín. Ese autor tan borroso en la actual cultura española, y que para mí había pasado de ser un modelo de estilo descriptivo (mi primera redacción escolar alabada por un profesor creo que fue una imitación azorinesca de paisaje) a, ya en tiempos universitarios, ejemplo unas veces de pesadez (La voluntad) y otras de insipidez (La ruta de don Quijote).

Pero hete aquí que, en ocasión inesperadamente grata, me encontraba yo en medio de una reunión tempestuosa. Clima tórrido, y dentro peor: la gente se llamaba de todo, se zahería con latente crueldad, o abiertamente se gritaba por momentos. Y yo atrapado, sin más refugio a mano que un ejemplar de Castilla en el que me zambullí sin grandes expectativas y hallé santo remedio. Tronaba a mi alrededor, pero mi pulso latía tranquilo, al ritmo lento de la desnuda frase de Azorín y al más lento aún de esa prosa en la que nada ocurre, en que todo es estático a excepción del tiempo mismo .

“Azorín no escribe en castellano”, venía a decir con su ironía el gran Josep Pla. “En castellano no se escribe ‘La puerta es verde’ y punto… Eso es catalán, o francés, pero no castellano. En castellano, la frase tiene forma de pez: lomo curvado y cola de dos puntas”. (Aquí encontré una consoladora excusa a mi querencia por la frase larga: tal vez yo no sea sino una víctima de mi propio idioma).

Aunque hasta ahora no he dado segunda oportunidad a esa Voluntad o esa Ruta que desdeñé hace décadas, sí me han sentado agradablemente otros libros como las Confesiones de un pequeño filósofo (que medio elogia aquí Ignacio Arellano) o Una hora de España, inusual ejemplo de narración histórica para cuantos se sientan hartos de “collages” de batallas, inquisidores y personajes de manual. También me acuerdo del escritor ante ciertos rincones desérticos de Piura, en el campo o la ciudad. Le hubieran gustado, creo. Aquí, por cierto, descubrió Vargas Llosa la obra azoriniana, por su profesor José Robles Rázuri; otro de ellos, José Estrada Morales, dedicó a Azorín un ensayito póstumo publicado por la Udep.

En cuanto a esta breve nota, surgió en el fondo de mi gratitud al terapéutico influjo de Castilla aquella turbulenta tarde de estío.

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5 pensamientos en “El terapéutico Azorín

  1. Muy interesante el texto de Vargas Llosa que propones. Pero no sé su destaca suficientemente el hondo contenido poético de la prosa de Azorín. En su artículo “Luis Cernuda y la expresión poética en prosa” (recogido en la colección de ensayos “El pie de la letra”, 1ª edición, 1980, por donde cito), Jaime Gil de Biedma dice (pág. 322): “Y sin embargo existe por la misma época otro gran poeta en prosa, acaso el mayor y más abundante de nuestra literatura: Azorín. Libros como Castilla, Una hora de España, Pueblo y muchos otros —novelas como Doña Inés o Félix Vargas— no son en realidad sino secuencias de poemas en prosa”. Yo creo muy aguda esta visión, y muy útil para entender dónde está realmente el poder y el atractivo de la mejor prosa azoriniana.

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    • Vargas Llosa creo recordar que se lució más en elogio y análisis de Azorín en su discurso de ingreso en la RAE. De todas maneras, no es de sorprender que a nuestro Nobel peruano, águila de la narración y del periodismo pero bastante menos altivolante en la poesía, se le escape el aspecto lírico del maestro de Monóvar.

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  2. Yo no es que haya leído mucho a Azorín, pero le cogí cariño cuando descubrí que me había dedicado un libro mucho antes de que naciera…

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  3. Me encanta Gil de Biedma, es lo más grande que hubo en España después de la guerra civil en poesía, y me coge de sorpresa esa pasión suya por Azorín. Ahora entiendo mejor el poema aquel de “De vita beata”, desde luego es una escena muy azoriniana:

    En un viejo país ineficiente,
    algo así como España entre dos guerras
    civiles, en un pueblo junto al mar,
    poseer una casa y poca hacienda
    y memoria ninguna. No leer,
    no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
    y vivir como un noble arruinado
    entre las ruinas de mi inteligencia.

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