Los héroes cansinos

La isla negra (Hergé)

La narración moderna y posmoderna de aventuras nos ha proporcionado personajes más ricos que los de antaño. Menos perfectos en su maldad e incluso en su bondad, con sus debilidades y sus ambigüedades, con su sistema de valores peculiar que los aparta incómodamente de la sociedad en que se mueven, y ocasionalmente los eleva sobre ella. Se trata a menudo de individuos de conductas reprobables, pero aun así sin la doblez de aquellos poderosos a quienes, sin ser mucho mejores que los otros, una vida afortunada los convierte en “oficialmente” buenos.

Esta complejidad del héroe o antihéroe la celebrarán siempre quienes disfrutan tanto de las acciones trepidantes como de los protagonistas con personalidad propia. No obstante, para mí la celebración termina cuando los susodichos nuevos héroes abren la boca para hablar de sí mismos. Cuando no les basta la expresividad de sus propios actos y él o el narrador que lo maneja nos recitan un discurso, o tal vez un rosario de frases sentenciosas, siempre dando vueltas a cuán dignamente llevan su marginalidad y desprecian los valores establecidos. Para eso, prefiero volver al “actante”, al personaje cuya falta de profundidad tan solo nos recuerda aquello que representa: dinamismo, la aventura en estado puro. Llámese -no todo va a ser novela- Tintín o Indiana Jones, o no se llame nada como en la trilogía dolaresca de Sergio Leone.

Ya Borges advertía en su prólogo a La invención de Morel contra lo inverosímil y pesado que puede llegar a ser el psicologismo, reivindicando en cambio la limpieza narrativa e intelectual de la novela detectivesca o de aventuras. Yo me remito por mi parte al solo ejemplo de una de las obras maestras del género: el gran personaje, real y complejo, de La isla del tesoro es John Silver, simultáneamente (ser)vil, generoso, traidor, osado, feroz y afable. Queda a nuestro juicio cuáles de esos rasgos del pirata son auténticos y cuáles postizos; tampoco él nos confiesa un solo juicio sobre su relación con Dios y con los hombres. Aun así, cualquier lector con entendederas reconocerá en Silver un carácter a cien codos por encima de los relamidos “buenos” de la historia (el doctor, el hacendado y el capitán); pero a mil codos asimismo, si bien se examina, de Israel Hands, el ebrio timonel que sí se entretiene en discursearle al joven Jim Hawkins (cap. XXVI) sobre su escepticismo acerca del bien y el mal, de la vida y de la muerte (talmente uno de los repetitivos héroes perezrevertianos). Tratándose Hands, en definitiva, tan solo de un mindundi cuya única razón de existir es que Jim celebre su bautismo de sangre al volarle la cabeza en dos pistoletazos.

De prints.rmg.co.uk

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