Amar y mirarse

No sé ya dónde de la red, me he vuelto a encontrar hace poco  con uno de los aforismos más celebrados de nuestra civilización. Aunque no está en El Principito, vi que se lo atribuían a Saint-ExúperyAmar no es mirarse el uno al otro, es mirar juntos en la misma dirección.

Yo lo aceptaba incondicionalmente hasta que leí la novela, tan brillante como breve, de La muerte de Iván Ilich. En concreto, aquella cita del capítulo III que explicaba (ay, estos realistas) la verdadera razón de la mejora en las relaciones entre el protagonista y su esposa, cuando tras años de mutua hostilidad o indiferencia él recibe un ascenso y emprenden la mudanza a la típica casa de sus sueños:

Y ahora, cuando todo quedaba resuelto tan felizmente, cuando su mujer y él coincidían en sus planes y, por añadidura, se veían tan raras veces, se llevaban más amistosamente de lo que había sido el caso desde los primeros días de su matrimonio.

Iván y Prascovia encuentran la armonía conyugal cuando miran en la misma dirección, es decir, cuando un objetivo común les distrae al uno del otro*. No se aman, pero son dizque aliados; cumplido el objetivo, alcanzada la dirección en que miraban, vuelve la mutua indiferencia. Imagino que les hubiera ido mejor pasándose la vida mirándose, reconociéndose mutuamente como su meta respectiva. Pero cuando Iván enferma, ya es tarde: ella no tendrá otro remedio que mirarle, pero como un estorbo; y él a ella con odio.

Los condes Tolstoy, mirando en una misma dirección (foto tomada de amsaw.org)

*Rayos, otro dilema de género: ¿quién es el uno y quién es el otro? ¿A la una del otro? ¿Al uno de la otra? Estos escrúpulos es que me matan la prosa.

2 pensamientos en “Amar y mirarse

  1. Yo no sé si tu argumento desmiente categóricamente a Saint-Exúpery. Pero sí lo hace para el caso de la familia Golovin, que son personajes de ficción pero muy verosímiles, y por tanto creo que sí sirve para acentuar nuestra desconfianza hacia todos aquellos que pretenden confinar universos enteros en la sola línea de una afirmación general.

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  2. Encuentro en las páginas de “Anna Karenina” (VII,23) una posible clave, o la revelación de que esa mutua cooperación en la indiferencia se trataba para el conde Tolstoy de una idea fija: “Para emprender algo en la vida familiar es preciso que exista entre los cónyuges una separación total o un acuerdo basado en el amor. Cuando las relaciones entre los cónyuges son indefinidas y no existe ninguna de estas dos cosas, nada puede llevarse a cabo”.

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