Un caníbal en casa

Han estado rodando hasta hace unos meses en Granada la película Caníbal, filme que promete ser terrorífico a juzgar por lo que leo (en esto de aterrorizar, aunque hoy día a golpe de películas, los españoles no lo hacíamos tan bien por lo menos desde el siglo XVI).

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La ciudad ayudó mucho en el rodaje, que desde luego merece el interés, más unos granadinos que otros. Mi familia, en concreto, estaba sin caber en su epidermis: el principal escenario de la película es la casa que, para nosotros pedazo de elegidos, ha sido durante décadas “la casa de la abuela”.

La mía es una generación nacida en hospitales, así que el concepto de “casa natal” le suena antiguo, como monumental. Hemos ganado sin duda en salubridad, aunque perdido en cohesión biográfica. Yo aquí puedo presumir: la casa natal de mi madre (entre otros parientes cercanos), y primera a la que me llevaron después de haberme tomado la molestia de nacer (como a otras parientas cercanas) fue Carrera del Darro, 17.

La Carrera es la calle más bella de Europa, en confiable opinión del profesor de la UNAM Alejandro González Acosta*. Se asoma desde su largo pretil al hilo de agua del Darro, que sigue corriendo tan contento entre las moles de la Alhambra y el Albaicín. Igual que las casas de este barrio, las de la Carrera del Darro llevaban encaladas como un siglo, hasta que una restauración de 1991 reveló, tras la capa de pintura blanca, colores ocre y almagre que fingían una arquitectura ostentosa sobre el modesto ladrillo de las fachadas.

De tripwow.tripadvisor.com

De tripwow.tripadvisor.com

En las fotos de la Carrera del Darro, el portal 17 nunca sale. Apenas se asoma a veces el perfil de unas rejas o un alero. La casa está demasiado metida para adentro, esquina con la cuesta de Santa Inés y frente al puente desde donde suelen tomar los fotógrafos sus vistas generales. Una lástima, o tal vez una suerte para quien llega ante esa fachada y se sorprende al descubrir la más elegante de toda la Carrera.

Pues esa fue también mi casa. Era tan divertido –ay, vanidad- llegar cuando había enfrente un grupo de turistas que miraba boquiabierto primero la fachada, y luego a ti, como no pudiendo creer que detrás de esas tres filas de balcones pudiera habitar nadie, que aquello pudiera en verdad ser una vivienda y no un museo ni un hotel ni una pieza más del Monopoly de la Junta de Andalucía. Atravesando un portón digno de un castillo, con enorme cerrojo de hierro que cada noche había que descorrer. El zaguán empedrado, el llamador de campanilla, la puerta que una cuerda permitía abrir desde arriba, para recelo de visitas nocturnas (pongamos que repartidores de pizza) que poco menos que esperaban ver a Drácula bajando a recibirles. El fresco patio de piedra, con su pila de mascarón y su fronda de maceteros, y la sala baja, que llegaron todavía a acoger botellones en el siglo XXI. La escalera de peldaños desiguales que subir a cuatro patas hasta una edad indecorosa. El último tramo que llevaba a la azotea, o sea la Torre, para tomar baños de sol o estrellas y vernos tan cerca del bosque y de los torreones de la Alhambra. Veranos al fresquito y penumbra del interior, y tardes tibias asomados al balcón mientras el estrépito de los vencejos hacía resonar la calle entera. Inviernos de días pegados al brasero, noches de bolsa de agua, viejo Belén de arcilla y madrugón de Reyes Magos. Procesiones de Semana Santa en primera fila de balcones -siempre los balcones-, cuando por todas partes se te presentan amigos que invitar.

Y yo querré ver Caníbal, con lo aprensivo que soy para ciertas historias, y tendré que esforzarme –confiaré en el talento ilusionista de Martín Cuenca- por aceptar como casa ajena y no sé si siniestra esa puerta, ese patio, esa escalera y esas salas que yo sé que en la realidad dan forma a uno de los lugares más hogar y acogedores que existen en el mundo.

Carrera del Darro, 17

*En la entrevista comparten la opinión Martín Cuenca y Arafat, pero yo sé a quién doy autoridad.

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6 pensamientos en “Un caníbal en casa

  1. Me encanta, recuerdo las tardes estudiando en esa casa, tus hermanas enseñandonos pasadizos secretos, todos apiñandos alrededor de un brasero, y luego en verano fresquitos. Con mucho orgullo al pasar por la puerta con algún conocido presumia yo “Esta casa es de una familia de amigos mios”, con el pecho hinchado, jajaja. Preciosa la casa, preciosas las vistas, mas preciosa la gente que dentro habitaba. Un abrazo desde el recuerdo del pasado

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  2. Como siempre, cuando escribes de algo tan cercano a nosotros, termino con el pelo de punta y lágrimas en los ojos…
    Un beso, hermano

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  3. Gracias a ese anónimo por tener tan buen recuerdo del sitio y las gentes que tanto quiero, no sé por qué, quizá sospecho que pueda venir de tierras jienenses.Yo tambien te recuerdo con cariño aunque no haya disfrutado de esas veladas con vosotros. Al autor qué decirle, no esperaba menos de él, sólo que Dios lo bendiga, como se merece. ¡Qué pena tenerlo tan lejos!

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