Dos cameos de don Quijote

De caminosdispersos.wordpress.com

Solaris, de A. Tarkovski (en caminosdispersos.wordpress.com)

En 1972, el cineasta ruso Andrei Tarkovski filmó una estancia: cuadros y libros, araña  colgante de cristal y muebles de madera. El único reducto de belleza acogedora dentro de una estación espacial. Se reúne allí un pequeño grupo de científicos, poco dados a comunicarse después de años en el cosmos, lejos de una Tierra en la que han perdido demasiadas cosas que importan. Kelvin apenas se está empezando a acostumbrar a la presencia de Harey, la mujer que tanto amó: ella se había suicidado por su causa pero, bajo el misterioso influjo del planeta Solaris, se encuentra a su lado nuevamente. Sartorius, mayor y desaliñado, ojea con desdén el libro que Kelvin tiene entre sus manos: “Pura basura”, gruñe botándolo al suelo. Busca otro, y hace leer a su colega estas palabras:

…solo entiendo que, en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño (…) que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte…

-Nunca te he oído hablar, Sancho, tan elegantemente como ahora… remata Sartorius. Una cámara fija revela poco después la inconfundible estampa del hidalgo loco y su escudero, y también fugazmente cuando, suspendida la fuerza de gravedad, todos los objetos de la sala giren en torno a Harey, sueño hecho realidad, y a Kelvin, el hombre sufriente que elige finalmente construir su hogar, lejos en el tiempo y el espacio, con sus recuerdos más queridos que reviven. Descubrimos la verdad clara e hiriente pronunciada por Sartorius tras la cita quijotesca:

Lo que queremos no es conquistar el espacio. Queremos extender la tierra indefinidamente. No queremos otros mundos; queremos un espejo. Buscamos un contacto y nunca lo conseguiremos. Estamos en la necia situación de quien busca la cadena que teme y no necesita. ¡El hombre necesita al hombre!

También en busca de un hombre, de una vida totalmente cumplida, y sin escudero con quien conversar o dama que soñar, se lanza al camino otro héroe del cine, Alvin Straight. Interpreta su andadura un viejo actor, eterno secundario, llamado Richard Farnsworth, en su última salida antes de dejarse vencer por la tristeza. Straight va a reunirse con su hermano enfermo, con quien se peleó hace años y que vive a miles de kilómetros: no le han revalidado su permiso de conducir, así que emprende el viaje en un irrisorio cortacésped a cuyo manejo se irá habituando tras una humillante caída en la cuneta, a poco de salir de casa, insuficiente para apagar sus ánimos.

Si el Quijote ha sido para algunos la primera road story, este insólito trasunto norteamericano ameniza también su ruta conversando con variados personajes que, con su costal de problemas, recorren larguísimas carreteras y se nutren del buen juicio y la experiencia de nuestro aventurero, quien piensa antes en su voluntad de camino que en los obstáculos posibles. Don Quijote, personaje literario, es un hombre sin pasado; Alvin prescinde también de ese pesado lastre, olvida viejas rencillas y salva la perdurable fraternidad. Y, al ciclista que le pregunta por lo peor de su edad, responde tajante y sentencioso: “Bueno, lo peor de ser viejo es recordar cuando eras joven”[3].

The Straight Story

The Straight Story, de David Lynch (1999)

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