Nada se está quieto

(Manuel Ballesteros, Saberlo antes, Barcelona, Alrevés, 2010. 127 pp.)

Conocía yo de hace tiempo la buena poesía de Manuel Ballesteros (desde sus libros Invitación al viaje, de 1995, y El amanecer de la alabanza, con el que ganó el premio Ateneo Jovellanos de poesía)*, y cuando llevaba tanto tiempo sin saber de él, heme aquí repasando un nuevo libro suyo, pero de cuentos, al que debo deliciosas horas de vuelo hace unos meses, entre el Cusco y Piura.

La mayor parte de los cuentos que integran Saberlo antes corresponden al género fantástico: partiendo de una apariencia de realidad, crean situaciones insólitas e inexplicadas/bles que a menudo se salvan de tornarse horribles gracias a un sereno sentido del humor. Por ejemplo, en el que da título al libro: un hombre sabe claramente cuándo (pero no cómo) va a morir, un plazo de pocas horas a lo largo de las cuales convive con su familia y ajetreo cotidiano en una paz que, dadas las circunstancias, se parece demasiado a la indiferencia. Sin embargo, el ambiente esquiva crueldades kafkianas, aquí como en otras asombrosas situaciones domésticas que nos brindan varios relatos más.

Muchos recurren al tema de la confusión de identidad: la común sospecha de que nadie es quien parece ser, aquí se convierte en  certeza frecuente porque el narrador nos sitúa, en primera persona, al reverso del misterio. Ballesteros recombina posibilidades sorprendentes del personaje del Döppelganger**, de manera que individuos corrientes enfrentan al cambio en los aspectos que más definen la identidad: se ven sustituidos por inquilinos de espejos o pinturas (morada que algunos hemos soñado alguna vez), o bien sustituyendo -para su sorpresa no siempre desagradable- a otros desconocidos igual de corrientes, o bien escindidos, con la lógica de los sueños, entre los papeles testigo y protagonista de un mismo episodio.

Cuando se llega a relatos que extienden indefinidamente este motivo (“Desaparecidos”, “Maldición”), podría pensarse en cuánto no habrá de crítica a cierta mentalidad posmoderna. Si tanta gente existe que suspira por una continua inestabilidad, que tiembla con solo imaginar una situación definitiva, los personajes que en cambio sí se ven sujetos a esa tentadora antirrutina suspiran más bien por un mínimo de permanencia dentro de sus vidas. Aunque, ciertamente, el arraigo pueda convertirse también en una desventaja -como en el breve relato “Reseña de un incendio”-, esta se contrapone a la conciencia de haber disfrutado una vida plena y fructífera. (Me permito aquí añadir un lejano recuerdo personal de la presentación en Oviedo de Invitación al viaje, donde uno de los presentadores citó, creo, a Maeztu: “No envidio al pájaro que vuela donde quiere, sino al árbol que muere donde nace”).

Ese deseado punto fijo de estabilidad está, más que en lugares, en personas. Frente a la misantropía y el egoísmo que reducen a la insignificancia o el desquiciamiento (“Robos silenciosos”, “La confesión”, “Un viaje en el tiempo”), aflora la necesidad del otro ser humano, de la compañía y del vínculo afectivo, por muchos sacrificios que puedan exigir. Esto es especialmente llamativo en los cuentos más “realistas” dentro del conjunto, como “En mi ausencia”, “La puerta abierta” y “En la galería” (los dos últimos, con un acertado sentido del suspenso). El autor es, en fin, hombre de familia como confirma la solapa del libro, y no hay espacio más natural que ese para entregarse gratuitamente y verse reconocido sin condiciones. Incluso, como se muestra en “El fugitivo” (el más misterioso de todo el volumen) cuando esa entrega y ese reconocimiento se ven mal correspondidos.


 * El currículum completo, aquí.

** O el doble, o el sosias, sobre el que ha reflexionado finamente Javier de Navascués).

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