Lo importante, no aburrirse

 

Recuerdo cómo uno de mis tíos, veterano profesor de Educación Física en un renombrado colegio de Granada, rezongaba en los últimos días del verano. Empezaban las reuniones preparatorias del curso, y a la dirección le había dado por introducir innovaciones pedagógicas: ya era cosa del pasado la gimnasia de flexión, tensión y estiramiento, y también al parecer el veloz deporte de balón y de carrera. En cambio, les daban una pelotita no sé si de tenis o de trapo y les enseñaban a enseñar a los niños a pasársela y hacerla bailar, unos a otros o bien en solitario. Tantos años de cancha para aquella disciplina tan poco muscular (por no llamarla de otro modo), aunque apostaría a que las calificaciones de los chicos empezaron desde aquel año a subir espectacularmente.

No sé si se hubiera consolado de saber que, medio siglo antes, el ejército británico había entrado en la Segunda Guerra Mundial con una filosofía parecida del adiestramiento militar:

El instructor de Educación Física era un joven pulcro con el cabello engominado, trasero ancho y ojos raramente brillantes. Desempeñaba sus grandes hazañas de fuerza y agilidad con un aire de sangre fría felino y, para Guy, de lo más ofensivo.

– El objetivo de la E.F. es relajarse – dijo-, y contrarrestar los efectos agarrotantes de la anticuada instrucción. Algunos de ustedes son más mayores que los demás. No fuercen. No hagan más de lo que vean que pueden hacer. Quiero verles disfrutar. Empezaremos con un juego.

Estos juegos tenían un efecto deprimente incluso en los más jóvenes. Guy se puso en fila, cogió el balón cuando vino a él de entre las piernas del compañero de delante, y lo pasó. Se suponía que una fila competía con la otra.

– Vamos – dijo el instructor-, les están dejando ganar. Yo estoy con ustedes. No me defrauden.

Tras el juego vinieron los ejercicios.

– Háganlo suave y con gracia, caballeros, como si bailaran un vals con su mejor chica. Eso es, señor Trimmer. Así, con ritmo. En el pasado la instrucción militar consistía en permanecer en posición de firme largos periodos y en pisar fuerte. La ciencia moderna ha demostrado que pisar fuerte puede lastimar seriamente la columna vertebral. Esa es la razón por la que el trabajo diario acaba con media hora de relajamiento muscular.

Este hombre nunca lucharía, pensó Guy. Se quedaría en su resplandeciente nave, desarrollando sus músculos, caminando con las manos, saltando los aparatos como una pelota de goma, aunque se le viniera el cielo encima.

(Evelyn Waugh, Hombres en armas, trad. de Carlos Villar Flor, Cátedra, pp. 171-172)

Ahora bien, para afirmar que esa fue la causa de que, durante tres años, las tropas inglesas estuvieran recibiendo tortas de los alemanes hasta en el cielo de la boca, creo que tendré que acabar de leerme la interesante trilogía de Espada de honor, a cuyo primer volumen pertenece este fragmento.

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