El transbordo

La realidad, quiero decir la actualidad, se empeña en venir a interrumpirme al páramo. En este caso, haciendo que me sienta obligado a una nota sobre la renuncia de Benedicto XVI. Esta sorprende, por lo insólita y repentina, pero al mismo tiempo no extraña.

Me vienen a la memoria un par confesiones  del entonces cardenal Ratzinger al periodista y luego amigo Peter Seewald. En La sal de la tierra admitía que “si no soy ‘rata de biblioteca’ es, simplemente, porque no tengo tiempo”; en Dios y el mundo, sus dificultades para seguir la devoción del rosario, entre otras cosas, porque “soy un espíritu demasiado inquieto y me distraería en exceso”. Lo leí cuando ya era Papa y entonces tal vez me pareciera tan solo un pelo menos santo, pero decididamente sí lo vi mucho más padre. O hermano. Como de la familia, vamos.

La primera cita parece esconder su algo de nostalgia, confirmada por el deseo de retirarse en 2005 que manifestó en público y en privado (remito a su carta a Olegario González de Cardedal, que el teólogo mencionó en El País del 17 de abril de 2009), abandonado ante su elección como pontífice. Al aceptarla, bien sabía que sus nuevas responsabilidades lo abocaban a visitar aún menos los archivos, y probablemente a rezar muchos más rosarios.

Tras aquellas jugosas entrevistas, fui buscando afanosamente más libros de Benedicto XVI. Me sorprendió (y, esta vez, creo que sí extrañó un poco) coincidir con Mario Vargas Llosa  en el agrado de leer a Joseph Ratzinger. También -con cierta pena por mi parte, pero qué le vamos a hacer- en no haber llegado a disfrutar la prosa y hasta el verso del titánico Juan Pablo II.*

Ahora sí que se retira, aunque no como planeaba hace ocho años. A este macetero que escribe, que es del mundo pese al páramo, le hubiera parecido de mayor justicia poética verlo trasladarse a una abadía de los Alpes, benedictina por elemental coherencia, para sumirse en libros y papeles. Sin embargo, se queda en el Vaticano, por lo visto en estricta clausura y entregado a la oración. Se va del mundo y guarda silencio.

Asume que ya no es el mismo de entonces, que quien ha sido papa difícilmente puede volver a ser un sacerdote como los demás. A fe de tolkienófilo, yo noto claramente que quien ha sido portador del Anillo del Pescador no puede encontrar acomodo fácil en la tierra. Sólo le queda dejar en otras manos la barca de Pedro, y aguardar otra definitiva, hacia el descanso, en los Puertos Grises.

*Javier Velasco Yeregui, inolvidable presbítero y profesor de la UR a quien debo mi primera semblanza de Ratzinger, me adelantó una clave cultural: lo que iba del alemán que razona ordenado y rectilíneo como su propio idioma, al eslavo que lo hace “en espiral”.

Añadido el 17 de marzo:

Recién concluida la lectura de Don y misterio, retiro lo dicho sobre la obra de Juan Pablo II. Ya veré por dónde le vuelvo a hincar el diente (me recomiendan Memoria e identidad, y me previenen contra Persona y acción, lectura considerada por el clero polaco como una posible pena del Purgatorio).

Añadido el 12 de julio:

Quien ya sí que descansa es el sacerdote a quien recuerdo en la nota final de la entrada. Supe al poco de la publicación de su muerte repentina, a poco de haber regresado a la Rioja. En el tan decaído arte de la oratoria sacra, Javier era un maestro: pocas veces habré visto juntas tanta emotividad de ánimo y tanto rigor intelectual expuestas de manera tan sencilla. Citaba demasiado a Rahner para gusto de los más “carcas”, y demasiado a Ratzinger para comodidad de los más “progres”. Tenía una frase agradablemente goliardesca: “De vez en cuando hay que hacerse un homenaje”.

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4 pensamientos en “El transbordo

  1. Me sorprendió la noticia de la racionalización del papado. Como tantos, tengo el alma confusa y dividida. No comparto la dureza de Dante que sitúa a Celestino V en el infierno aunque me irrita la idea de un Papastro, un segundo padre aparecido en ausencia del primero. Es tiempo de rezar y de implorar acierto entre tantos caminos abiertos. Comparto contigo -tu artículo no merece reproche salvo quizá por los artistas invitados (Cardedal, Vargas, el Pais)- que esta crisis es de santidad, de un pelo o una melena más de santidad, que nos reclama a todos y no solo el Vicecristo.

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    • Küng dice que Ratzinger debería haberse retirado a Alemania porque así él le hubiera ido a visitar. En sus memorias, Küng dice que no recordaba haberse fijado en Karol Wojtyla durante el Concilio pero que seguro que éste sí se había fijado en él por ser el padre conciliar más joven, rubio y vestido de seglar; valorando el pontificado de Juan Pablo II, salvaba solo sus ideas opuestas a la guerra “porque coincidían básicamente con las mías”. Me parece que el distinguido teólogo considera la virtud de la humildad como una más entre las muchas cosas del viejo cristianismo que han sido superadas por el mundo moderno.

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