Lo que no leí el otro día

Exhaustivo que es uno. O falto de tiempo que está para escribir novedades, que mira que las hay. Lo cierto es que en el recital del otro día me presenté con bastante incertidumbre: no sabía cuánto público habría, ni siquiera cuántos recitadores más, ni qué tan impuntual iba a ser o cuánto se iban a demorar las sucesivas lecturas. Para evitar que fuera a terminar demasiado pronto -al menos en estos casos, los defectos son mucho más difíciles de corregir que los excesos-, llevé en el bolsillo una copia de este cuento viejo, que no era propiamente de terror pero al menos tiene susto con fiambre. Al final no tuve que leerlo, qué alivio (¿para quién?).

Es de bien nacido comentar que debo la historia a G.L., entrenador deportivo de mi época escolar que, en lugar de guardarme justo encono, se convirtió en un ameno interlocutor literario durante mis días universitarios a bordo de los cotidianos trenes o autobuses que hacían la línea El Berrón-Oviedo (más que ninguna biblioteca, fueron FEVE y los fenecidos autobuses Arrojo -cualidad que era imprescindible para subirse a algunos de ellos- quienes más cobijaron mis lecturas de estudiante).

Arrojo

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