Opera aperta

Borges decía, no sé con qué palabras, que el escritor publica para dejar de corregir. Le doy la razón, como en tantas cosas. Llega un momento en que hay que decir basta, someter lo que has escrito a la prueba definitiva de la exhibición pública, y empezar a escribir otra cosa. Las palabras y los tonos mejorables del texto son interminables como las pelotillas del jersey, cada corrección crea nuevos detalles corregibles. Así que, una vez publicado, lo mejor es ni siquiera releerse y así no llevarse el disgusto de lo irremediable.

Ahora bien, la cosa cambia con la autoedición bloguera sobre la que tanto llevaba sin reflexionar. Ahora es posible corregir el texto publicado, por más que las mejoras las podrán notar pocos de tus primeros lectores, como no sea pasándose a la anhelada especie de los relectores.

La tentación de corregir la da no solo la posibilidad de hacerlo, sino la propia forma del blog o de algunos blogs. La periodicidad, la conciencia de unos seguidores fijos con los que, además, se pueden intercambiar comentarios, acercan los escritos blogueros a la conversación. Y uno de los sellos de calidad de la conversación es terminarla, como no sé si todavía sostiene el Dr. Villar Flor de la Universidad de La Rioja, con la sensación de que aún quedan cosas por decirse.

Así pues, lo mejor sería volver a un texto solo para rectificar datos falsos o enmendar erratas. Pero uno es puntilloso en demasía, y es que no para. Entiéndanme: es difícil dejar de pensar en un texto recién colgado en la red, después de haber tenido la cabeza, las manos y la vista varias horas ocupados con él. Es la primera vez que sale de casa (y ya estamos otra vez comparando al texto literario con el hijito), y uno se inquieta como gallina clueca: si llevará el equipaje suficiente y la lección bien aprendida para triunfar lejos de casa, pobrecito; y le persigue repeinándolo y dándole nuevos consejos.

Es el caso –y aquí quería llegar, arf, arf- de mi entrada Nostalgia dramática”, a la que he llegado a cambiar el título por otro menos relamido (¿por qué no me di cuenta antes de lo relamido que sonaba?) y a añadirle un segundo párrafo entero. Podría haber dejado la idea de este para otra entrada posterior y más liviana, pero quiá. No, ese era su lugar y era lo que faltaba para hacer redonda la entrada. Así que dedico un buen mordisco de mi tiempo a redactarlo y encajarlo lo mejor que sepo. Me tomo en reescribir una paciencia que no sé si otros se tomarán para releer.

En todo caso, les invito nuevamente y prometo desde ahora intentar, más que corregir, corregirme. Porque ahora mismo que escribo, lo hago gruñendo mentalmente de pensar en toda aquella fatiga para expresar la superioridad de la recepción teatral sobre la de otras artes: dos días más tarde, el DVD me mostraba a la aspirante a actriz teatral Kathy Selden / Debbie Reynolds espetar al galán de cine Don Lockwood / Gene Kelly (transcribo en inglés para dármelas de algo):

You’re nothing but a shadow on film… just a shadow. You’re not flesh and blood.

Ahí sí que está dicho todo.

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2 pensamientos en “Opera aperta

  1. “Me tomo en reescribir una paciencia que no sé si otros se tomarán para releer”. Para ese tipo de dudas, a mí al menos me sigue siendo inspiradora, y útil, la frase de Séneca, en la carta VII “a Lucilio”: “Bellas también son las palabras de aquel, fuera quien fuese, ya que son de autor dudoso, el cual, preguntado por qué ponía tanta solicitud en unas obras que habían de llegar a poquísimos, dijo: «Me basta con esos pocos, me basta con uno, me basta con ninguno»”. En otros términos, éstos machadianos, “el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”. Si lo que llevamos entre manos nos importa de veras, hay que trabajar en ello por la perfección posible de la obra misma, que es lo que depende de nosotros. El cómo vayan a apreciarlo los demás, y cuántos, si es que hay alguno, es cosa suya, no nuestra. Yo lo veo así, al menos.

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    • Hombre, nunca se me había ocurrido interpretar por ese lado el proverbio de Machado. Incluso sin él, tienes mucha razón. Por suerte, no se me ocurre -ni creo que a nadie- publicitar cada corrección de nuestro texto ya leído: lo dejamos como sorpresa para quien nos quiera releer algún día. También como discreto engaño: en algún momento tal vez piense que cierta [nueva] parte no la recordaba, o que no recordaba tan bueno el conjunto…
      (Perdón por la demora en aceptar y contestar: llevaba días sin asomarme)

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