Nostalgia del teatro

La falta de librerías se suple con bibliotecas públicas y personales; afortunadamente, no soy de los que se preocupan por las novedades editoriales (más bien peco de lo contrario). Con el cine, me pasa más o menos algo parecido. Tampoco extraño conferencias ni otros saraos literarios porque nunca falta algún amigo con quien hablar de buenas letras, y en todo caso yo lo hago unas cuantas horas a la semana ante una clase en que tampoco falta quien me escuche y hasta lance sus preguntas. Lo único que me encuentro incapaz de reemplazar es el teatro.

No hay identificación entre “texto” y espectador como la de la escena. Ante la ficción de un drama bien representado, se pierde la conciencia del propio mundo de manera mil veces superior a la que se puede encontrar en el cine. Quizá no debiera ser así, porque este dispone de muchos más recursos para embobarnos, a los que el teatro apenas ha aprendido a aproximarse. Pero tal vez por eso mismo se acaba creando una distancia entre el público y la pantalla que el drama puede vencer. En la sala del teatro no podemos olvidar que los actores y la historia están ahí, en ese mismo momento y nuestra presencia justifica su actuación. No fueron ya registrados para repetirse con solo accionar una máquina: los vemos respirar, tropezar, sufrir o conversar delante de nosotros, sabemos que podríamos intervenir (de lo que algunos se aprovechan), que escucharán nuestros aplausos al final (esos aplausos que tan raro es escuchar al final de una sesión ordinaria de cine).*

Yo, a lo largo de mis años de estudiante en Oviedo, aproveché en el teatro Campoamor temporadas suculentas, aunque intermitentes porque antes o después siempre volvía a entrarles la manía de las orquestas, la ópera y de la zarzuela (sí, se nota que no sirvieron para aficionarme, pero es que para esas no recuerdo que hubiera tarifas económicas). Luego hubo más: recuerdo mi vida en la Rioja como un prolongado festín de arte dramático, además de haber tenido la suerte de tratar en la Universidad con personas que, o estaban subidas al oficio de las tablas, luego se subieron a ellas y encima triunfaron.

Acá en Piura, lo que digo en mi último y complacido artículo que adjunto: existe ante mi casa un teatro en el que rara vez se representa teatro, cuyo aforo jamás se completa (la capacidad de aforo, como se escribe en consolidada redundancia) porque todo el segundo piso lleva años clausurado por Defensa Civil. En la Universidad hay chicos a los que a veces se les consigue animar para llevar a la escena alguna pieza clásica: he visto encantadoras versiones de Molière, de Cervantes o de La cantante calva, entre otros, pero la esperanza de continuidad es mínima una vez que pasan el curso de Literatura Universal. Se abandonan los cursos de Humanidades, y parece que la especialización, las prácticas, los exámenes y los trabajos sepultan talentos y pasiones incipientes.

En todo caso, creo que siempre guardan buen recuerdo de la experiencia. Espero que algo más: como profesor, estoy convencido de la utilidad y conveniencia de soltarse en la actuación, aunque sea solo como amateur. Pero mi interés en poner a actuar alumnos no es solo altruismo pedagógico. Es también hambre atrasada: cada nuevo semestre vuelvo a ser espectador por unos minutos, y espectador absorto –como debe de ser- no pocas veces.

*La última de Batman fue una excepción notable.

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7 pensamientos en “Nostalgia del teatro

  1. Y en realidad falta cultivar este arte del Teatro, me atrevo a decir que en Piura una buena obra teatral no se presenta todos los días o casi nunca, tal vez porque no sería rentable para los organizadores, la gente no acudiría por la escasa cultura, como lo mencionas, pero en cambio si se presentara en el teatro algún espectáculo banal (incluyendo desnudos) que no tiene denominación de obra teatral, (sin embargo se presenta como tal), estoy seguro que faltarían graderías. Bueno, al fin y al cabo es la idiosincrasia de la gente (hay excepciones, por supuesto) y luchar contra ello es una tarea por así decirlo: titánica…

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  2. En lo del espectáculo banal, César, tienes razón, y no hay más que ver cuando vienen Carlos Álvarez o los de Al fondo hay sitio… Ahora, que el desnudo de por sí no basta, porque ni siquiera el insinuante cartel de “La Chunga”, que tanto prometía anatómicamente de Stephanie Orúe y Mónica Sánchez (que, dicho sea de paso, me parece una actriz mediocre), bastó para llenar el teatro. De hecho, hubo una representación menos de las previstas por falta de público.

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  3. Kataplún ofrece en el año varias alternativas: Para muestra de este año, “Lorenzo y Concepción”; “Sólo se trata de Vivir”; “Impro”; “EL Dolor” dirigida por Alberto Isola; “Soledades” danza contemporánea de Ecuador; Teatro de acrobacia Francés; “Circo a medida” actor argentino; “Al Tran Tran” improvisación musical desde España; “Chester” mimo clown actor de Lima; y en noviembre: “Santiago el pajarero” y “Hay que deshacer la casa”. En ensayo: Muestra anual de circo, De callejón. Cada vez hay más público que viene a ver estos espectáculos, incluyendo la crítica escrita de don Manuel Prendes, dueño de este blog, que tanto nos quiere y al que queremos.

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    • La verdad, Rafael, es que en los cuatro años que median entre mi “nostalgia” de este artículo y este momento en que conversamos, el panorama se ha enriquecido notablemente. ¿Diré que gracias a Kataplún? Creo que debería.

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